Félix Díaz, el portuario
Falleció Félix Díaz. A los 82 años, víctima de una cruel enfermedad, muere una de las figuras consulares del movimiento sindical.
Toda un trozo de la historia del movimiento obrero del siglo XX.
No quiero hacer una biografía sino pintar a grandes rasgos la vida de un obrero ejemplar, militante por la vida y por la unidad de los trabajadores.
Ya en 1952, durante las Medidas Prontas de Seguridad, con motivo de la huelga de transporte, decenas de sindicalistas son detenidos. Entre los dirigentes detenidos se encontraban, entre otros, Gerardo Cuesta y Félix Díaz. Todavía corrían los años de división del movimiento obrero, pero militantes como Cuesta y Félix hacían sus aprendizajes de lucha y unidad. En el sindicalismo le tocó hacer sus luchas en un ámbito nada fácil como es el Puerto.
Junto a hombres como Javier Larocca, Esteban Fernández, Humberto Rodríguez, el «Gallego» Blanco y otros, le tocó lidiar épocas bravas tanto en la ANP como en otros sectores del Puerto, para construir la unidad de los gremios portuarios.
De oficio calderero, lo vi soldando buques en el puerto, con su mono de trabajo y su enorme estatura, física y moral.
Félix junto a su militancia sindical siempre unió su militancia política y partidaria.
Emergió junto a Rodney Arismendi y a la dirección electa en el XVI CONGRESO DEL PARTIDO COMUNISTA de Uruguay, en 1955. En los tres decenios siguientes jugó un papel de primera línea. De cuadros obreros como Enrique Rodríguez, Enrique Pastorino, Gerardo Cuesta, Rosario Pietrarroia, fueron los pioneros. Fue un verdadero comunista. De alma. De los que no piden nada y lo dan todo. De los que vivió, soñó, luchó y nunca abandonó los ideales de construir una sociedad sin explotadores ni explotados. Cuando vino el golpe de Estado estuvo en la primera línea de la HUELGA GENERAL. Junto a dirigentes sindicales de todas las tendencias que conformaban la CNT,organizó la ocupación de fábricas y lugares de trabajo. Le tocó pasar prisión en 1973, pero no se amilanó y siguió en la lucha. En 1976, en el momento más difícil de la represión contra su Partido y cuando su vida corría peligro, se resuelve enviarlo al exilio. Ahí nuevamente puso todo su coraje, capacidad de trabajo e inteligencia ,para organizar los comités de la CNT en solidaridad con Uruguay, desde Cuba, a quien le unía un cariño entrañable por la Revolucion Cubana, por Fidel, el Che Guevara, Camilo y tantos militantes obreros que abrieron una cuota de esperanza para América Latina.
Quiero relatar tres momentos de su vida que lo pintan de cuerpo entero.
En 2000 se realizó un homenaje a Antonio Iglesias «El Gallego», frente al viejo local de los vidrieros, Laureles y Tellier. Félix tenía dificultades para caminar, se acompañaba de su infaltable bastón. Estaba dolorido. No había quien asumiera la labor de tomar la palabra y realizar el homenaje. Se le propuso. Subió cansinamente la frágil escalera y ahí desde el estrado, como en sus mejores épocas, abandonó el bastón y emergió su voz potente, la del lobo portuario, vibrante, fraterna para saludar al compañero de mil batallas. Parecía un milagro. En el homenaje que hace escasas dos semanas se realizó en la Plaza Gerardo Cuesta, el rector de la Universidad, El ingeniero Rafael Guarga, trajo la palabra de los universitarios. Hizo mención a la imagen que el ex-rector ingeniero Oscar Maggiolo, tenía en la retina, cada vez que subía Félix a una tribuna oratoria. Veía a un hombre corpulento que elevaba su brazo potente y parecía que se levantaba del suelo, que levitaba.
Un verdadero titán, que para no perder la fuerza se elevaba sobre la tierra.
También de este homenaje, el último en vida, rescato su gesto. En su casa andaba con dos bastones. Pero asistió todo el tiempo desde un coche, sobre la propia plaza. Cuando terminaron los oradores, Iguini, Castillo, Huguet, Pepe D’Elía, Guarga, no pudo con su genio y pidió la palabra para retribuir las palabras de homenaje. De a ratos su voz se quebraba, de a ratos parecía el Félix de siempre. Potente y vibrante, sacando fuerzas de flaqueza. ¡Como el Ave Fénix!
Entonces, consciente de que estaba ya en los descuentos, remató su alocución con la frase de Camilo: «Aquí no se rinde nadie, carajo». Por último, se acercó su amigo entrañable, compadre de tantos decenios de luchas y sueños, Pepe D’Elía y abandonando el bastón se estrechó en un fuerte abrazo, con un hasta siempre. Imagen imborrable para todos los asistentes. Vimos rodar lágrimas de los ojos de veteranos militantes, mujeres y hombres, y también de los jóvenes, por aquello de «endurecerse sin perder la ternura.» Chau «Canario» Félix, siempre te recordaremos y vaya para tu hermosa familia, compañera, hijas, tres nietas y nieto, bisnieta, un fuerte abrazo solidario. *
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