Los fines de la educación
Una vez más, las autoridades de la enseñanza han aprobado –casi en sordina, como tratando de eludir los cuestionamientos– una nueva reforma educativa. Esta vez, le tocó el turno al bachillerato, es decir a los dos o tres últimos años de la Enseñanza Media o Secundaria.
La enseñanza, o el sistema educativo de un país refleja necesariamente la concepción del hombre que predomina en esa sociedad. Es por tanto un error pretender reformar la educación como si se tratara sólo de un problema teórico. La elección de las herramientas depende del material y del tipo de tarea que se deba abordar; sólo después de determinadas las metas, los objetivos a lograr, corresponde analizar los medios idóneos para ello.
En el caso del reformismo uruguayo, que tuvo su punto culminante con la RR (la Reforma Rama), no ha habido una sola instancia de análisis, de debate, de diálogo consultando la opinión de los involucrados; no se ha recabado el punto de vista de los docentes ni tampoco se ha ilustrado suficientemente a la sociedad sobre las propuestas elaboradas por las autoridades.
La formación de los jóvenes es un asunto demasiado delicado como para que su instrumentación quede librada al parecer de las autoridades. La educación (que preparará a los futuros ciudadanos) merece un debate en profundidad que incluya no sólo la carga horaria o los nombres de las asignaturas, sino fundamentalmente qué tipo de ciudadano esperamos formar. Como bien sostiene Ernesto Sábato, «qué es lo que se quiere de un pueblo y con qué fines hay que educarlo: si para lograr guerreros o humanistas, si para producir verdugos o seres respetuosos de sus semejantes».
Y habría que agregar: si para formar seres humanos sensibles y con espíritu crítico o para capacitar a hombres y mujeres en ciertas destrezas que los vuelvan aptos para servir al sistema; si para lograr seres plenos o soldados de un ejército de consumidores.
Para terminar, vale la pena volver al escritor argentino:
«No es descabellado ni utópico sostener que aun dentro de esta misma civilización en crisis pueden irse forjando los instrumentos que permitan remplazarla por una sociedad mejor».
De eso se trata. De no sucumbir al imperio del pensamiento único que aconseja –con su pragmatismo indecente– adecuarnos a la realidad, cuando lo que corresponde es luchar para cambiarla. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad