Uruguayos con trabajo
Apartándonos de la línea negra de la carretera, nos internamos en el camino de tierra mejorado con balasto, unos cuatro kilómetros. A continuación, abriendo una portera, la camioneta comienza a recorrer un sendero insinuado en la pradera. Pasamos por matorrales, algunos novillos, una yegua con su potrillo, hasta que llegamos al borde del campo forestal de pinos y nos internamos por su vera.
A poco de andar encontramos un camión aparcado al lado de una chata tirada por un jeep. En ella está instalada una cocina de campaña que lleva incrustada una olla de hierro muy grande de la que sale el aroma característico del guiso.
La cocina de campaña tiene su historia. Proviene del ejército argentino; estuvo en la guerra de las Malvinas. En la última campaña electoral la obtuvo un candidato a intendente con poderes de manosanta, del ex presidente Menem. Fue utilizada para recorrer poblaciones ofreciendo guiso.
Los dejamos atrás. Vadeamos una calzada complicada, remontamos una loma –ya dentro del monte– y avanzamos unas cuadras, hasta que avistamos el grupo de dieciocho personas que se aplicaban en la tarea de manejo de los árboles.
El trabajo consiste en podar las ramas de los pinos hasta una altura de cinco metros. El tronco que crece recto y sin ramas, dará una madera superior, sin nudos sueltos. Es necesario, pues, elegir bien el árbol, desechando aquellos que están torcidos, o bifurcados. La rama se debe cortar en su nacimiento. Para ello el trabajador o trabajadora se vale de una pequeña sierra calzada al borde de una varilla de metal. Y desde el suelo, valiéndose de enérgicos movimientos de ambos brazos logra el objetivo. Es un trabajo duro, que no acepta treguas y descansos, puesto que la remuneración de cada uno se calcula a destajo, por árbol bueno podado. A mediodía detienen la tarea por una hora y media para almorzar. Por la noche duermen en unos galpones acondicionados que pertenecen a la empresa forestadora.
El contratista responsable, nos explica que la rotación de personal es muy alta, dado que el esfuerzo de una jornada de diez horas –repartida en dos tramos de cinco– no la soporta cualquiera. El conjunto poda un territorio que oscila entre seis y ocho hectáreas diarias, según la abundancia de ramaje de los árboles. Es necesario, por otra parte, aprovechar lo que queda de octubre, porque al picar noviembre no puede continuar la poda por el peligro de plagas en los montes.
Ellos se ponen la herramienta al hombro y se dirigen hacia la cocina. Nosotros nos retiramos. El monte se va pareciendo a una compañía de danza con múltiples bailarinas de falda cortita y patitas muy largas.
Todas las tareas de la zona están vinculadas con la madera. Menudean los pequeños aserraderos. Por la vía cercana pasa un ferrocarril con algunos vagones cargados de rollos de eucalipto
El jornal horario oscila entre los quince pesos y los treinta y cinco, según sea la formalidad de la empresa contratante. Supera notoriamente al salario rural fijado por decreto anualmente. Ni que hablar si lo comparamos con los nueve pesos por hora que perciben con retraso los guardias de supermercados y centros de compras.
La seguridad en el trabajo y la seguridad social son asignaturas pendientes. La organización sindical es incipiente. Sin embargo, despierta curiosidad el curso que se desarrolla en la capital cercana, organizado por el equipo de representación de los trabajadores, del Banco de Previsión Social. *
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