Entre la violencia y la depresión
En los últimos meses, los uruguayos estamos sufriendo las consecuencias del derrumbe del país que edificaron nuestros antepasados, que reformara José Batlle y Ordóñez y que conocieran y disfrutaran nuestros padres y nosotros mismos.
Lo que empezó a moldearse bajo la presidencia de un Batlle, está concluyendo, definitivamente, durante esta administración de otro Batlle. Pero, claro está, esto no es obra de un solo hombre. No lo fue la construcción anterior y mucho menos lo es esta destrucción sistemática de la casa y de las esperanzas; porque en esa casa habitábamos nosotros y también allí albergábamos nuestros sueños. Este descalabro tiene responsables y éstos contaron con apoyo político permanente de la coalición de colorados y blancos.
Hoy los uruguayos estamos «en la lona», económica y anímicamente hablando; entre la violencia y la depresión. No olvido que también existe y campea la corrupción, pero eso será motivo de otra nota.
Desde hace unos años, el modelo neoliberal que venimos padeciendo y que fue carcomiendo las bases de esa casa que era el país, fue gestando esta realidad que se mide en algunos resultados dolorosos: infantilización acelerada de la pobreza; destrucción del aparato productivo; inactividad generalizada; desocupación alarmante y creciente; aumento de los delitos y particularmente aquellos más violentos; angustia generalizada; desintegración social, entre otros logros…
Cada vez son menos los uruguayos optimistas. Casi no quedan y si los hay, se cuidan de exhibirse para que no los internen por «raros» o terminen siendo asaltados por entender que sólo quien tiene mucho puede expresarse en forma tan delirante.
Pero ahora comienza a evidenciarse en forma inocultable y alarmante, la grave depresión que sufren cada vez más compatriotas y que hace que –entre otras terribles manifestaciones- asistamos, impotentes y desconcertados, al suicidio como un hecho cotidiano; que convivamos con la muerte. Esto está cobrando notoriedad porque ocurre ya con lamentable frecuencia en diferentes lugares y porque –además– el hecho de tener como escenario algunos sitios públicos lo vuelve inocultable.
Pero la desesperanza, que es algunas veces causa y otras veces consecuencia de la depresión, del bajón cada vez más generalizado, se expresa también en aquellos orientales que emprenden vuelo para intentar, lejos, lo que aquí se les niega: trabajo y oportunidades. Por supuesto que ninguno de ellos se va contento y tampoco sueña –como sí lo hicieron muchos antes– con «hacerse la América». Ni es la codicia o un afán de superación constante el que los empuja a emigrar; no, se van porque acá ya no pueden resistir ni esperar.
Si hay algo en lo que todos los ciudadanos coincidimos, es en que este gobierno no está resultando divertido. Peor aun; se ha vuelto trágico por demás. Más allá de la frivolidad, de la arrogancia, de la incompetencia o la irresponsabilidad de los gobernantes –y aun del eventual manejo de una posible «inimputabilidad» que no faltará quien la maneje o la utilice para exculpar o atenuar los cargos que la historia se encargará de tipificar– lo cierto es que en poco tiempo hemos perdido lo que costó más de una vida forjar, porque fue fruto del esfuerzo de varias generaciones.
Nadie está tranquilo porque todos tememos convertirnos en la próxima víctima de la violencia (tanto externa como intrafamiliar) como de la depresión. Esta es la realidad y no se combate solamente con medidas puntuales; es imprescindible –además– procurar y alcanzar medidas de fondo. No se puede salir de esta situación o siquiera mejorarla, si no se comienza a transitar el camino de la reactivación, que sea capaz de generar riquezas, trabajo y empleo. Que se recomponga la cadena de actividad donde plantando –a partir de créditos que hoy no llegan– se cosechará más; donde a través de industrias como la de la construcción (actividad verdaderamente multiplicadora de actividades) se genere también un resurgir del comercio, desde las ferreterías a las panaderías, pasando por carnicerías y tiendas.
Será, lamentablemente, un proceso largo y posiblemente penoso, por las dificultades que presentimos, pero habrá que comenzar hoy mismo porque cada día que se pierda significará retroceder otros casilleros en el «ludo» del progreso, que luego costará más recuperar; y porque, en última instancia, cada casillero puede ser una vida truncada. Por supuesto que esto no nos exime de problemas, pero por algo hay que empezar.
El comienzo tal vez sea algo así como apelar a la sensatez, al respeto por uno mismo y por los demás; por la tolerancia, pero también por algo que se llama justicia social o lo más aproximado a la misma. Para reinstalar la esperanza imprescindible que es la que da motivo y fuerzas en la lucha por el diario vivir. En esto nos va la vida, literal y realmente hablando.
Estamos advertidos y creo que ya todos lo vemos con claridad: no se puede seguir por este camino que no es otra cosa que volvernos cada vez más generosos con los ricos y poderosos, pero a la vez implacables con el resto de los uruguayos, especialmente los más pobres y desprotegidos.
Empecemos hoy; mañana puede ser tarde. *
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