Las dificultades crecientes de la economía estadounidense

Días pasados, el calificado analista español José Vidal-Beneyto planteaba a sus lectores en el diario El País una serie de reflexiones encabezadas por la pregunta ¿Fin del imperio americano?

Con cuidado y recurriendo a fuentes serias, Vidal-Beneyto acumula una serie de datos que alientan una reflexión pertinente y oportuna. El eje de las reflexiones del español apunta a la extrema dependencia de la economía de los Estados Unidos con relación al resto del mundo.

En este año, para mantener su nivel de consumo y su calidad de vida, dado que no puede limitarse a su propia producción, tiene que recurrir cada vez más a la importación. Esto ha llevado a un extraordinario incremento de su déficit comercial que, entre 1990 y 2000, ha pasado de 100.000 a 450.000 millones de dólares.

En ese marco, el analista subraya la importancia del llamado déficit industrial que ha pasado del 5% en 1995 al 11% en la actualidad. Este declive se produce no sólo en bienes industriales básicos sino que ha alcanzado ya a los de tecnología avanzada, cuya balanza comercial ha pasado de un excedente de 35.000 millones de dólares en 1990 a sólo 5.000 en 2002 y será deficitaria al final de este año.

Vista desde otra perspectiva. En 1930, la producción industrial de los Estados Unidos suponía el 50% del total mundial; hoy, su posición es inferior a la Unión Europea y apenas superior a la de Japón. Este debilitamiento industrial es, entre otras razones, lo que explica que en California haya escasez de electricidad y en Nueva York falta de agua potable.

A partir de una serie de razonamientos como los anteriores, Vidal concluye que «la satisfacción de la demanda estadounidense ha exigido la no satisfacción de la demanda global».

Al análisis básicamente económico realizado por el intelectual español podría agregarse lo que han sido dos de los rasgos políticos y éticos que vienen caracterizando a la gestión del gobierno republicano presidido por el señor George W. Bush.

Por un lado la sucesión de espectaculares escándalos financieros que revelan extendidas tendencias al fraude en empresas de gran porte y situadas en los primeros puestos de la pirámide empresarial, como Enron, WorldCom, Dynegy, Xerox, Adelphia y hasta Disney.

Una buena parte de estos escándalos financieros ha golpeado fuertemente la imagen de algunos de los principales dirigentes políticos, como es el caso del señor Bush y de su belicoso vicepresidente, Dick Cheeney.

Los vínculos de estos jerarcas con la poderosa industria del petróleo han puesto en cuestión el otro eje que viene caracterizando la gestión del gobierno republicano: su amenazante política hacia el jefe del gobierno iraquí, el dictador Saddam Husseim.

Contra la opinión creciente en amplias capas de la población y la dirigencia política norteamericana, que pueden llegar a compartir la hostilidad de su gobierno contra Husseim pero que no aceptan el clima perentorio y la agresiva intransigencia de Bush, día a día se suman elementos explosivos a la situación en el mundo árabe y en las regiones de gran producción petrolera.

Estos elementos parecen justificar la pregunta que, hacia el final de su nota, realiza el analista español que comentamos: «¿Puede un país que ha sacrificado su sentido del universalismo y que ha renunciado a los valores que son el fundamento de su civilización y de la nuestra seguir imponiéndonos un tributo en dinero y en ideología imperial?» *

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