El mundo mira a Brasil

Hoy, el pueblo brasileño está convocado a concurrir a las urnas para elegir nuevas autoridades de gobierno.

Hoy, el pueblo brasileño tiene la oportunidad de llevar –por primera vez en la historia– al Palacio de Planalto a un representante de las fuerzas progresistas.

En su cuarto intento por acceder a la primera magistratura del Brasil, un ex dirigente sindical, sin formación universitaria y con una imagen auténticamente popular, tiene reales posibilidades de lograr en la primera vuelta electoral los votos suficientes para ser ungido sin necesidad de balotaje. Pero también hay que tener en cuenta que en caso de no llegar al porcentaje de votos requerido, es muy probable que en la segunda vuelta reciba el apoyo necesario para derrotar a su oponente y llevar al PT al gobierno.

Es cierto que, como coinciden en señalar los observadores, tanto Lula como el partido que lidera se han alejado un tanto de las posturas radicales de hace unos años, tal vez como forma de resultar más atractivos a los ojos de un electorado temeroso de los cambios. Pero el hecho es que la sociedad brasileña está aceptando –de hecho y de antemano– que Lula da Silva y su PT pueden conducir los destinos del país sin que su acceso al poder signifique un cambio traumático. Y esto a pesar de la campaña más o menos desembozada llevada adelante por las fuerzas conservadoras y digitada por los centros del poder económico mundial para desprestigiar al candidato progresista y sembrar inquietud entre la población.

El triunfo de Luiz Inácio da Silva puede tener consecuencias de enorme trascendencia no sólo para los brasileños –los primeros beneficiarios de un gobierno progresista– sino también –y esto nos importa especialmente a los uruguayos– para la región e incluso para toda América Latina. El peso inocultable del gigante sudamericano, en razón fundamentalmente de su potencial económico, puede decidir virajes hacia la izquierda en los países del resto de América Latina.

Pero sobre todo, Brasil reúne las condiciones para ejercer un liderazgo legítimo en Latinoamérica de modo de asumir un papel protagónico en el enfrentamiento con los centros de poder mundial. Y sólo un gobierno de corte progresista es capaz de cumplir ese papel. *

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