La juventud sin horizontes
Hace unos días, LA REPUBLICA informó de un encuentro propiciado por el Iname en el marco de Día Nacional de Lucha Contra el Maltrato Infantil.
Se proporcionó en esa ocasión una serie de datos, cifras y estadísticas que deben movernos a todos –no solamente a las autoridades– a una profunda reflexión sobre los modelos que la sociedad uruguaya actual está ofreciendo a niños y adolescentes.
Nos enteramos, por ejemplo, de que han aumentado las consultas por violencia en la clínica psiquiátrica del MSP del 9 al 25 por ciento; que los maltratos a menores –sobre todo entre los 6 y los 12 años– vienen incrementándose de manera alarmante (el Iname lleva contabilizadas 2.200 denuncias en poco más de un año); y lo más preocupante, el altísimo número de suicidios de menores: en los tres primeros meses del año, 14 jóvenes uruguayos entendieron que la vida no valía la pena vivirse.
Este último dato, sobre todo, impone una urgente toma de conciencia de un problema grave que debe verse como síntoma de una sociedad desestructurada.
Se nos dirá, obviamente –con ese espíritu tan propenso a la resignación–, que en definitiva la violencia es una condición inherente al alma humana, y que siempre los seres humanos han observado comportamientos violentos.
Sin embargo, el fin de siglo ha venido exhibiendo un descaecimiento vertiginoso de valores y certezas que opera en el sentido de promover la falta de metas y razones para la existencia.
Sostiene Camus en El mito de Sísifo que de todos los problemas filosóficos, el más importante es el del suicidio. Es decir, resolver si la vida vale o no la pena ser vivida.
Y si un suicidio es siempre un suceso trágico que despierta una particular congoja –independientemente de la edad del suicida–, cuando un joven llega a la conclusión de que su vida ya no tiene sentido, estamos ante una situación francamente dramática. La ausencia de otros objetivos que no sean el acceso al consumismo desenfrenado junto a un individualismo insolidario son características esencialmente violentas que promueven a su vez respuestas violentas. Las autoridades y la sociedad toda deben abocarse a rever las pautas y los disvalores que nos han impuesto. Es el primer paso para revertir esta dramática realidad.
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