Un paso más hacia la verdad
Poco a poco, paso a paso, a pesar de todos los pesares, contra viento y marea, los uruguayos vamos aproximándonos a conocer la verdad sobre el terrorismo de Estado a cuyo amparo se torturó, se dio muerte y se hizo desaparecer a tantos compatriotas.
En nuestra edición de ayer se informa de las últimas conclusiones a que llegó la Comisión para la Paz, que confirman –según datos obtenidos por fuentes militares– la muerte por torturas de cinco compatriotas y la ejecución de un sexto, todos militantes del Partido Comunista y considerados hasta hoy como desaparecidos. A medida que se va conociendo la verdad, los uruguayos nos enfrentamos a la confirmación de las vesanías más atroces, a la certeza del horror. Pero a pesar del dolor, siempre es positivo conocer la verdad y asistir al triunfo de la memoria sobre el olvido.
Dice Borges en uno de sus memorables poemas: «Sólo una cosa no hay: es el olvido./ Dios, que salva el metal, salva la escoria…» Porque la memoria implica el enfrentarse con el todo, es decir, asumir todas las aristas de los hechos que se recuerdan sin omitir lo penoso ni lo abyecto; recordamos lo bueno y lo malo: el metal y la escoria.
Hasta la asunción del doctor Batlle, el país había vivido durante quince años con una herida que ni la Ley de Caducidad ratificada por el cuerpo electoral, ni la recomendación sanguinettista de no tener ojos en la nuca, ni la pasividad y omisiones ostensibles que caracterizaron a las dos administraciones de Sanguinetti y a la de Lacalle, ni el mero paso del tiempo pudieron cerrar.
La Comisión para la Paz, una creación del doctor Jorge Batlle, ha proseguido, en medio de críticas provenientes de sectores diversos y hasta opuestos, su ardua labor para desentrañar las circunstancias en que se produjeron las desapariciones.
Esa tarea desarrollada por la Comisión ha tenido la virtud de echar por tierra el razonamiento sofístico a que recurrieron los presidentes postdictadura según el cual, a partir de la ratificación de la ley de impunidad, «el tema de los desaparecidos ya está laudado». Esa gran falacia presentada como verdad indiscutible se resquebrajó y cayó irremediablemente con la decisión del presidente Batlle de buscar los mecanismos tendientes a determinar la situación de los detenidos desaparecidos y con ello «sellar para siempre la paz entre los uruguayos». El doctor Batlle –más allá de sus desaciertos en la conducción económica del país– será recordado como el primer presidente que demostró una verdadera voluntad para propiciar que la sociedad uruguaya rindiera esa asignatura pendiente.
Es cierto que la Ley de Caducidad impide la comparecencia ante la Justicia de los acusados de violar los derechos humanos; y es cierto que el reclamo de «verdad y justicia» se vio amputado así de uno de sus dos elementos.
Nos queda pues seguir luchando por que la verdad resplandezca. Saber qué pasó es una condición sine qua non para sellar la paz. Es preciso conocer los nombres de los responsables de las desapariciones; es preciso que se confirmen o desechen los nombres que han estado en danza desde los años de plomo y que innumerables testimonios señalan como terroristas de Estado.
Conocer y confirmar los nombres de los esbirros también forma parte de la verdad reclamada; y sólo sabiendo quiénes fueron será posible otorgar un perdón. *
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