Paros sorpresa
Antonio Pippo
Algunas medidas gremiales suelen tener un efecto paradojal. Es el caso de los paros sorpresivos.
Por un lado obtienen eso que según su denominación buscan -la sorpresa-, pero por otro terminan provocando en la gente una reacción que no conduce al objetivo buscado.
Ayer, a media tarde, los montevideanos fuimos sumidos en la perplejidad. Una movilización de los trabajadores del transporte instaló en el centro de la ciudad un caos impresionante, irritando a quienes nos sumábamos en las paradas aguardando uno de esos vehículos no demasiado cómodos ni puntuales que nos trasladan de un lado a otro.
Mirando a mis compañeros de suplicio advertí cuán conmovedora puede ser la incomprensión de un hombre ante los desaguisados de algunos de sus congéneres.
Jamás inferiré a los movilizados el agravio de sugerirles que contraten a un asesor de ideas o que consulten a Botinelli -menos aún a Doyernat, a quien en una de esas le da por censurarlos-, pero… ¿no habrá llegado la hora, muchachos, de apelar a medidas más originales que conduzcan al apoyo de los demás? Algo, digo yo, que los aleje de esa concepción paleolítica de suprimir servicios, manifestar ruidosamente, cerrar calles y causar el sufrimiento ajeno. Algo que respete el sentido común.
Huxley decía que tendemos a reaccionar en función de lo aprendido en el pasado, en vez de reaccionar ante la realidad como es, aquí y ahora. La realidad hoy grita que nadie aplaude estos paros sorpresa; más bien les responde con aullidos de indignación y una gestualidad de talud de la Liga Metropolitana.
Ha de haber, seguramente, medidas mucho más efectivas, aun en su carácter de sorpresivas, que puedan ser mejor recibidas.
Ignorar a la gente común sería como imitar a aquel gaucho terco a quien un vecino, viendo que el perro le hacía pozos por todos lados, le advirtió: -Cuantito usté se descuide, ese bicho lo va a dejar sin campo.
Y el gaucho, caprichoso como Peralta, respondió: -No se preocupe, que abajo de ése tengo otro. *
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