500 años del descubrimiento de Brasil

"Ecos del pasado esclavista, oligárquico y patriarcal"

Lunes 24 de abril de 2000 | 12:00
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En sus años mozos, el presidente Cardoso solía ocuparse de la fuerza de las estructuras.

Una estructura social y económica, explicaba, tenía fuerza propia. Actuaba más allá de la voluntad de los individuos.

En el curso de los acontecimientos, el sistema de propiedad, las relaciones de dependencia, el carácter del estado autoritario imponían su determinación por encima de las características personales de los actores, aun de aquellos tan poderosos como los presidentes.

Y así, el antiguo hombre de izquierdas, que por aquí y por allá se fue despojando de su antiguo arsenal de ideas y propuestas, renegó de lo que había estudiado y escrito, y finalmente llegó, no una sino dos veces, a presidente de Brasil.

Ahora, en la segunda presidencia de Fernando Henrique Cardoso, las viejas estructuras siguen produciendo las mismas injusticias, los mismos actos de protesta ahogados por más o menos la misma represión de aquellos años en que el sociólogo se exiliaba, enseñaba y publicaba sus investigaciones.

El país más injusto del mundo, dicen también los analistas internacionales.

La octava economía internacional y la de mayor injusticia en materia de distribución.

Más de treinta y seis millones de indigentes, violencia en los campos y en las ciudades contra los niños, contra los campesinos, contra los aborígenes.

Para el pasado sábado 22 de abril, el gobierno de Cardoso se aprontó para conmemorar los quinientos años del descubrimiento.

Según se informa, la preparación de los festejos fue realizada con obras espectaculares en la localidad de Porto Seguro, en el estado de Bahía, que insumieron más de ochenta millones de dólares.

Simultáneamente, las organizaciones sociales y de los pueblos indígenas convocaron a la realización de expresiones de protesta contra la situación actual de los indios y de los campesinos.

El poderoso Movimiento de los Sin Tierra (MST), que agrupa a cientos de miles de campesinos en todo Brasil, mostró una vez más su gran capacidad de convocatoria: en los días previos a la celebración, de acuerdo a su propia planificación, el MST impulsó una serie de disciplinadas ocupaciones de tierras, como expresión de la protesta de uno de los sectores más afectados por la actual estructura económica y social de Brasil.

Al mismo tiempo, representantes de más de 180 etnias aborígenes que agrupan a un número entre 300 y 400 mil indígenas que viven en medio de grandes dificultades y de los lacerantes efectos de la devastación ecológica, también convocaron a expresar su protesta frente a los palcos oficiales instalados en Coroa Vermella, cerca de Porto Seguro, el sitio mismo donde se produjo la llegada de los navegantes portugueses, a comienzos del siglo XVI.

Junto con los indígenas, que desfilaron acompañados por el presidente de la institución oficial que se ocupa de la problemática de los indios, la Fundación Nacional del Indio (Funai)y los campesinos organizados en el MST, desfilaron estudiantes y grupos cristianos solidarios con sus luchas.

En medio de la atención internacional suscitada por las celebraciones, surgió el rostro duro del viejo Brasil: el monumento erigido por los indios para realizar su conmemoración fue destruido por las fuerzas de seguridad.

El sábado, efectivos de la policía bahiana impidieron el desarrollo de la movilización. Hubo palos, gases, heridos y presos. El presidente de la Funai anunció su renuncia como señal de protesta.

En una actitud que parece ir volviéndose hábito, después de los garrotes, el presidente Cardoso pidió disculpas por los excesos.

Y, en medio de las protestas de los grupos que convocaban la manifestación, enunció estas significativas palabras: “Otras voces se hacen oír en esta celebración. Son ecos del pasado esclavista, oligárquico y patriarcal que hasta hoy pesa sobre la sociedad brasileña y hace de ella una de las más injustas del mundo”.

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