Debemos perderle el miedo al FMI y a sus mandaderos nativos

JOSE BALBO

 

En Julio de 2000 don Jorge Batlle afirmaba: «El Presidente tiene que ser el gerente general, y la función del gerente es darle manija a la gente para que se tire al agua». Lo que no dijo es que previamente nos iban a atar las manos y un bloque de cemento a los pies.

El mes de julio de este año nos trajo «buenas nuevas»: ya no deberemos soportar la asquerosa arrogancia del ministro de Economía asesor de banqueros.

La nueva situación nos obliga a analizar con cautela el resultado del acuerdo de la «tríada», dado que los cambios realizados en el equipo económico pueden no variar la política económica, sino todo lo contrario: está la posibilidad de que intenten profundizarla en un sentido regresivo para los intereses de la mayoría de las uruguayas y uruguayos.

Mas allá de esa duda razonable, debemos reconocer el avance de no tener al frente del Ministerio de Economía a alguien tan cínico que fue capaz de afirmar que el gobierno no es responsable de cuatro años de feroz recesión (los culpables son los vecinos), que en nuestro país la salud y la educación funcionan «con normalidad», que es auspicioso que el Estado alimente a 250.000 niños, obviando algún comentario sobre por qué existe esa necesidad de dar de comer en vez de generar oportunidades para que la gente, mediante su trabajo digno, satisfaga sus necesidades básicas, ignorando olímpicamente la existencia de más de 200.000 desocupados, de los cuales el 85% no tiene prestaciones sociales.

Para aquel ministro, los que nos detenemos en esas «pavadas» somos ignorantes, no vemos lo importante: lo verdaderamente importante, según aquel asesor de banqueros, es que las cuentas públicas cerraron en el mes de junio en equilibrio y que ya van dos meses de crecimiento de las exportaciones. ¿Se dan cuenta? Y nosotros deteniéndonos en esos datos menores que apenas afectan a 800.000 uruguayos, en vez de tomar conciencia de lo contentos que deben estar los burócratas del FMI con estos dos grandes éxitos del entonces ministro.

Somos tan bobos la mayoría de los uruguayos, que no nos damos cuenta de que «o usted va a los organismos internacionales y está en buenas relaciones con ellos, o no tiene crédito internacional. Es tan simple como eso».

Aunque parece que la «bobera» es contagiosa, porque cuando se le pregunta al Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, qué hacer con el miedo al FMI (Bitácora del 17 de junio), responde: «Ya le dije: primero, reconocer que lo que va a atraer a los inversores a la larga es el éxito. Y el crecimiento. No se atrae inversores cuando hay depresión. Y si el FMI le aconseja tener depresión no le va a servir para nada».

De igual manera podemos considerar las apreciaciones de Pierre Salama (Bitácora del 24 de julio), sobre la situación argentina: » Hay posibilidades que no implican una ruptura con el mercado. Sería necesario, por ejemplo, implantar provisoriamente un monopolio del comercio exterior, que permitiera al Estado repatriar los ingresos de las exportaciones.

Además, habría que aceptar un déficit presupuestal y suspender, durante un período dado y en el cuadro de una negociación, el pago de la deuda externa. Y no hay solución sin una política de reactivación económica».

Cuatro años de recesión en nuestro país no admiten continuar con la misma receta del FMI. No sólo hay que transmitir tranquilidad a los organismos internacionales de crédito. La amplísima mayoría de los uruguayos no somos banqueros ni especuladores y tenemos derecho a estar tranquilos.

Miremos a nuestro alrededor, en cualquier barrio de nuestro país, y veremos que mayoritariamente somos «gente de bien», gente que vive (o trata de vivir) de su trabajo. Por ahí vemos al carnicero sentado en el taburete esperando que alguien esté dispuesto a «invertir» en un pedazo de carne, al del puesto de verdura cruzado de brazos acomodando las papas (quietas, demasiado quietas), al «bolichero» que conversa con el único parroquiano, al sanitario que da vueltas y vueltas con su valija sin encontrar una maldita canilla para arreglar, mientras pasa el ómnibus semivacío a toda hora del día (ya no hay «horas pico»), más allá una familia desgarrada que va a despedir a su hijo al aeropuerto. Finalizando quizás largos periplos de emigración interna primero, del campo a la capital departamental, de ahí a Montevideo y finalmente Europa.

De donde surge como imprescindible cambiar el rumbo de la política económica ahora, para no quedarnos en un simple cambio de ministro. ¿Cómo procesar los cambios? Entre todos, en un verdadero diálogo por el trabajo, la producción y el consumo nacional. Para lograrlo, debemos juntarnos todos, todos los que vivimos de nuestro trabajo. Somos la inmensa mayoría y debemos demostrarlo. Las necesidades están, las organizaciones sociales y políticas tienen disposición y, lo que es más importante, propuestas. Existe una base de acuerdo importante entre el PIT-CNT y las gremiales empresariales nucleadas en la Concertación para el Crecimiento, que puede ampliarse con otras organizaciones y partidos políticos para expresar propuestas y para manifestar claramente los desacuerdos con las políticas instrumentadas hasta el momento.

Tenga seguridad el nuevo ministro de Economía que los uruguayos estamos dispuestos a tirarnos al agua; ahora eso sí, sin las manos atadas y sin bloques de cemento, por favor. *

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