Un modelo generador de pobreza extrema

Más de una vez hemos hecho hincapié en la esencial inhumanidad del modelo económico por el que se rige el país desde hace aproximadamente treinta años.

Es el modelo que el economista Daniel Olesker ha caracterizado con la sigla LACE (liberal, aperturista, concentrador, excluyente) y que se ha profundizado en los tres últimos lustros trayendo consigo brutales efectos de empobrecimiento y marginalidad que los asépticos teóricos del neoliberalismo llaman con pudor «inevitables costos sociales»; así, las injusticias son presentadas como el peaje a pagar para transitar la senda del crecimiento que nos ha de conducir a un desarrollo siempre diferido, desarrollo que, una vez alcanzado, habrá de producir milagrosamente la redistribución más justa de la riqueza.

Todos sabemos que ese razonamiento es falaz y que el afán de lucro lleva a la acumulación de capital y por ende a profundizar la brecha que separa a privilegiados (cada vez menos numerosos y cada vez más ricos) de no privilegiados (cada vez más pobres y numerosos).

Casi a diario, las informaciones nos traen datos concretos de esa realidad ominosa, cuya última manifestación ha sido la situación límite a que llegó el Hospital de Clínicas, obligado a dejar de prestar su servicio de emergencia.

Sin embargo, lo publicado ayer en LA REPUBLICA a propósito de la situación extrema que viven niños montevideanos obligados a alimentarse de pasto los fines de semana –días en que no funciona el comedor escolar– supera todo lo imaginable. Que en un país esencialmente productor de alimentos, con suelos fértiles y bien regados, haya niños que pasan hambre es una ironía sublevante que debería hacer reflexionar a los gobernantes y a la clase dirigente en general, de modo de poner en tela de juicio las certezas teóricas que alegremente repiten para convencernos de que vamos por el buen camino.

La miopía (¿o habría que hablar de insensibilidad?) impide a los gobernantes advertir que entre los jóvenes que emigran buscando en otros lares lo que la patria les niega y los niños condenados a la desnutrición, a la deserción escolar y a la delincuencia precoz, se ha hipotecado el futuro del país.

Y ese problema no se resuelve mediante costosos equipamientos informáticos para las escuelas sino con pleno empleo para sus padres, con salarios dignos y con una labor social paralela que les permita insertarse en la sociedad.

Estos son los resultados que se han logrado con la aplicación ciega del modelo económico libremercadista durante demasiados años. ¿O acaso los niños herbívoros son consecuencia del crac bursátil de Malasia, del «efecto tequila», de la devaluación brasileña o del corralito argentino? No. A ese extremo brutal se ha llegado por efecto de una política económica que lleva a la práctica la exacerbación del capitalismo salvaje cuya meta no es otra que un afán de lucro cercano a la codicia, un sentimiento no demasiado cristiano.

Han sido años y años durante los cuales los mismos partidos que hoy integran la coalición gubernamental han dirigido los destinos del país, han aplicado las recetas tomadas como axiomas y han hecho y deshecho a voluntad. Ellos son los responsables del desquicio actual.

Los países ricos o desarrollados lo son no por haber abierto sus fronteras y por haber promovido la irrestricta libertad de mercado, sino por el contrario por haber practicado desde el Estado controles y regulaciones de modo de propender realmente al crecimiento y al fortalecimiento del mercado interno.

Desde luego que ante la monstruosa realidad de la niñez bajo la línea de pobreza se impone estudiar paliativos a esa trágica situación, y es preciso que actúen el Iname, el Inda y otros organismos que ayuden a mitigar el hambre. Pero paralelamente es imperioso buscar y hallar las respuestas verdaderas que apunten a combatir las causas de esa situación. De no ser así, la acción de organismos estatales y de organizaciones no gubernamentales no podrá hacer otra cosa que aplicar parches mientras la usina generadora de hambre y marginación seguirá funcionando implacable. *

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