La empresa agradece un momento de cordura

CARLOS BOUZAS

 

El señor Presidente ha designado al senador Atchugarry ministro de Economía.

Todavía suenan, rebotando por las paredes, los ecos de las afirmaciones referidas a la inconveniencia de cambiar de cabalgadura en medio de un río de aguas agitadas. Todavía continúan los operadores turísticos argentinos, recordando a sus compatriotas sus palabras, para utilizarlas como arma disuasoria del turismo hacia nuestro país. Todavía se están peleando los decretos referidos a los impuestos a los cigarrillos, que benefician una empresa en detrimento de otra. Todavía está sin definirse la suerte de los incentivos a los exportadores. Todavía entrechocan entre ellos, las promesas de no aplicar un solo impuesto más, con los ajustes impositivos trimestrales que las sucedieron.

El senador Atchugarry tomó distancia y se llamó a silencio a partir de la andanada que nos descerrajó el Presidente en la noche del Día de la Madre. Desde aquella semana, otro parlamentario tomó la posta de ser el portavoz del cerno de la bancada oficialista.

Lo que tenemos  hasta ahora  son los antecedentes del nuevo ministro, como buen político, buscador de soluciones, articulador de consensos y mayorías. Su discurso de toma de posesión se inscribió en la línea de esos antecedentes. Cuidar el sistema financiero sí, pero para que sea útil a la reactivación económica, que baje la desocupación creando puestos de trabajo, dinamizando la inversión pública. Y no se olvidó de la necesidad de «cuidar de los más débiles», o «mirar si los precios se disparan y ayudar ahí, fortaleciendo los mecanismos de protección al consumidor». Prometió también que el método será el de abrir la discusión a todos, comenzando por todas las fuerzas políticas.

Tabaré había dicho hace algún tiempo, que la salida de la crisis debía encararse «En clave política». En aquel momento se hicieron todos los osos, y continuaron con las ocurrencias verbales del Presidente y el rostro hierático del anterior ministro, en tanto que los socios de la coalición no variaron en su actitud de oscilar entre el ninguneo y la ridiculización.

El tono del nuevo ministro estuvo en consonancia con los anuncios de propósitos. Ahora debe comenzar la parte de la implementación.

Porque yo creo que no será suficiente si, simplemente, estuviésemos en presencia de un neoliberalismo con rostro humano; dado que, en ese caso, el enorme crédito que se le ha abierto al nuevo Ministro   al extremo de pasar por alto el excesivo aumento de las tarifas públicas, aprobado en medio del jolgorio de los anuncios ministeriales y que esconden un nuevo ajuste fiscal   se gastaría en pocos días.

Todo gobernante electo dispone de un período de alrededor de cien días de estado de gracia. De la inteligencia, sagacidad y humildad con que se mueva el personaje, depende que ese período se acorte o se alargue. El caso de los ministros no es asimilable al del gobernante electo en general, salvo, cuando   como en esta circunstancia   la designación se realiza en medio de una gran incertidumbre y falta de confianza ciudadana.

Yo he conversado con usted anteriormente, acerca de que una cosa es la crisis y otra cosa el pánico; y que cuanto mayor sea el segundo, peor será la primera.

El discurso del nuevo Ministro ayuda a espantar el pánico. Porque dijo lo que todos estábamos esperando escuchar; tanto los gubernistas como los opositores.

Pero  el señor Atchugarry lo sabe mejor que usted y que yo  los efectos sedantes de un discurso de toma de posesión tienen una duración relativa, que será muy corta si los propósitos anunciados no se materializan, o puede ser muy larga, si el camino emprendido permite avizorar que hay correspondencia entre esos propósitos anunciados y los resultados que realmente se buscan. *

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