Los optimistas pronósticos de De Brum

El flamante presidente del Banco Central, Julio De Brum, afirmó que el punto de inflexión de la crisis financiera podría comenzar a verificarse dentro de 60 días. Expresó, con todas las letras, que ese punto de equilibrio que fue el buscado afanosamente durante siete meses por el anterior ministro Alberto Bensión se concretaría –utilizó, claro está, el condicional– en un plazo de dos meses.

Esperamos que el economista no se equivoque y que el país salga del atolladero en que está inserto lo más rápidamente posible. Sin embargo existen algunas interrogantes y otras que ya no lo son. Una de ellas surge de lo que ocurre y se acentúa en nuestra sociedad en el marco de un panorama donde empresas de distintos ramos y actividades se encuentran en una situación desesperante, algunas al borde del cierre y otras concretando reducciones de personal y/o salariales. ¿El país verdaderamente podrá hacer desaparecer los problemas del sector financiero en el marco de una crisis social de estas características?

Además: ¿cómo es posible que se restablezca la confianza en nuestro sistema financiero, si su funcionamiento determina intereses del 150 por ciento en los negocios call que se realizan con el Banco Central, en los créditos, que en buena medida ya no son una operación corriente, y que cobra en los redescuentos de cheques el límite máximo tras el cual se considera usura (162 por ciento)?

A ello debemos sumarle que han quedado en manos del Banco Central cuatro empresas financieras hasta hace unos meses privadas (Galicia, Comercial, Montevideo y Caja Obrera), que sumados a los bancos ya estatales, y al que funciona en acuerdo con la Corporación para el Desarrollo (de Crédito), determina que casi el 80 por ciento de la actividad financiera está bajo la dirección del gobierno.

Esperemos, por el bien del país, que De Brum no se haya equivocado y su afirmación sea el resultado del análisis meditado de las distintas variables y no, como ocurrió durante toda la gestión de Bensión, nada más que una expresión de deseos. La defección del sector privado a nivel del sector financiero, además de ser ostensible, debería ser catastrófica para el pensamiento neoliberal. Esa defección, en algunos casos producto de acciones delictivas, mostraría desde el pique lo difícil de llegar a ese punto de equilibrio –cuyo plazo parecería demasiado breve para la tarea que se debe emprender y concretar– si no se reestructura la actividad y se logra un funcionamiento eficiente, en la escala del país, destinado a apoyar la necesaria reactivación económica.

La confianza en que el Estado uruguayo seguirá apoyando al sistema financiero para que pueda reintegrar, indefinidamente, los depósitos es una tarea que tiene el límite de las reservas que, con el nuevo tramo del préstamo se duplicarán superando apenas los 1.500 millones de dólares, lo que pese a ser una cifra cuantiosa para los niveles uruguayos, es pequeña para la magnitud del problema.

Por ello reiteramos que en todo el asunto existe un elemento vital y éste se expresa en el funcionamiento mismo de la política económica. Si se siguen adoptando medidas recesivas y sigue cayendo el nivel de vida de los uruguayos, es difícil que la «profecía» de De Brum se haga realidad.

¿Por qué se pide a los que todavía tienen depósitos en el sistema financiero, que crean que en 60 días se revertirá una situación que tiene una vieja historia que comienza con los errores de Sanguinetti-Mosca, luego de la devaluación brasileña, y cuyo declive final comenzó con el gobierno de Batlle y la gestión de su ministro Bensión? Ya van cuatro años de caída del PBI en un marco de creciente recesión económica.

Si no se reactiva la economía, si se mantienen las medidas estampadas en la Rendición de Cuentas, el déficit fiscal que es producto del avance de la pobreza, seguirá creciendo.

¿Por qué creer, entonces? *

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