Sin la soberbia de los confusos
JOSE LUIS GUNTIN
La razón a veces prima hasta en los lugares donde parecía haberse extinguido. No sé si prima o si la hacen primar otros desde fuera. Por fin terminó el capricho de un solo hombre que quería mantener a su ministro en el cargo contra viento y marea. Las olas le pasaron por encima y con voz quejumbrosa anunció el retiro del jefe del equipo económico. Por suerte no volvió a llorar.
La elección del senador Atchugarry para asir este hierro caliente (sin alusión alguna al vicepresidente) cayó por su peso, como la manzana de Newton. En las actuales circunstancias es el hombre para el cargo (o habría que decir «la carga»). Es inteligente, independiente en sus criterios, una persona razonable y propensa al diálogo, al cambio de ideas; algo que le ha reconocido todo el espectro político y esto no es poca cosa. ¡Qué Dios lo ilumine al nuevo ministro!
Pero la tarea no admite la menor demora. Nuestra economía se tambalea al borde del precipicio y no hay otra solución que la reactivación. Sin embargo, las ideas para iniciar un proceso reactivador no abundan. A los legisladores de la coalición de gobierno es poco lo que se les ha ocurrido. A los colorados, nada y los blancos, después de mucho priorizar y analizar el tema, sólo han propuesto una iniciativa para dinamizar la construcción bajando los aportes al BPS. Esto es loable en su intención, pero no alcanza: la propuesta cojea. De nada servirá bajar los aportes buscando se construyan más viviendas y locales comerciales si no existe gente que los pueda comprar y fórmulas crediticias accesibles a ellos. Estas condiciones no existen actualmente. ¿No se puede imaginar que estas unidades serán financiadas en dólares con las fluctuaciones de un mercado libre? Nadie lo aceptará. Y si nadie quiere comprar, de nada sirve construir, serán castillos en el aire.
Este ejemplo del sector de la construcción nos sirve ya para extraer una conclusión primaria: no se puede abordar el problema sector por sector, como si fueran compartimentos estancos. El plan de reactivación que necesitamos debe partir de una visión general de la situación y de sus posibles proyecciones y luego ir a las soluciones sectoriales. El orden inverso irremediablemente nos llevaría al fracaso, es anteponer los intereses sectoriales a los generales de la economía.
Otra conclusión que ya se nos aparece es que es difícil sugerir medidas de reactivación. Todo el mundo se llena la boca con la necesidad de apoyar la producción, fomentar las fuentes generadoras de empleo. Nadie en su sano juicio puede estar en contra de ello, pero llegado el momento de definir qué se debe hacer todo parece oscurecerse. Se pierde totalmente la claridad o se recurre al silencio.
Realmente es difícil proponer medidas de reactivación para una economía tan postrada como la nuestra. La gente no confía en los Bancos, ¿puede aún confiar en el inicio de un despegue productivo? Sin esta confianza no puede haber despegue alguno, más bien seguiremos hundiéndonos.
Este nuevo marco de confianza, imprescindible para la inflexión que nos saque de la recesión, no podría existir si no se hubieran renovado las figuras conductoras de la economía. El equipo económico necesitaba de una transformación total. En sus figuras y también en sus rumbos y procedimientos.
Primero que nada hay que tener una idea del país que queremos y adecuarlo a nuestras posibilidades. Este es un ejercicio que requiere de una fina imaginación y esta materia no se compra en una universidad estadounidense. Hay que pensar el Uruguay, con sus limitaciones y su potencialidad. No podemos seguir creyendo esa máxima idílica de que el mercado todo lo arregla. Tenemos que actuar sobre la realidad, encausarla con nuestra acción para guiarla hacia los objetivos que nos trazamos.
Este plan de reactivación indudablemente debe surgir y tener apoyo, tanto en el sector público como en el privado de nuestra economía. Digo más: sin una positiva interacción entre los agentes públicos y los actores privados es imposible el ansiado despegue productivo. Tiene que surgir de ellos, ellos tienen que hacerlo propio. Si no se confía en él (en el proyecto), éste es inviable.
No tenemos tiempo. No podemos sentarnos tranquilos a cavilar cómo debería ser ese proyecto de reactivación. Esto sería lo mejor, pero es un lujo que no nos podemos dar por una razón muy simple: cuanto más demoremos en delinear el plan y comenzar a aplicarlo, más duras deberán ser las medidas, porque el tiempo corre en contra nuestra.
Hoy más que nunca todos debemos pensar en positivo. Aunar ideas y luego fuerzas para salir del pozo en que caímos. Hacerlo con humildad porque la situación que padecemos no tolera la soberbia de los confusos. Este estilo debe cambiar.
En el próximo artículo prometo internarme en algunos de los lineamientos que deberá tener ese proyecto reactivador que necesitamos. Todos debemos empezar a pensar en él. *
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