Expectativas ante el cambio ministerial

Ayer asumió Alejandro Atchugarry como nuevo ministro de Economía, en medio de expresiones de apoyo político más que sorprendentes. Tanto el oficialismo como la oposición le abrieron a este político colorado una suerte de espacio de no agresión, de apoyo implícito, confiando en que sus primeras decisiones destrabarán la situación económica que nos abruma.

Claro, Atchugarry tiene un estilo muy distinto al de su antecesor. El nuevo ministro es un hombre de diálogo, que seguramente tratará de caminar con paso firme intentando el convencimiento en lugar de encerrarse entre las cuatro paredes de su despacho para actuar de espaldas a los intereses de la gente, como hizo siempre Bensión.

Sin embargo el modelo neoliberal, con todas sus consecuencias nefastas, se ha profundizado demasiado y el país se encuentra a pocos pasos de la cesación de pagos que sólo podrá ser evitada si se revierten los peores elementos de la política económica aplicada en forma implacable por el gobierno.

Por eso decimos que el espacio que le queda a Atchugarry es muy escaso y si, como siempre hizo hasta ahora, sigue impulsando la política que propone tozudamente Batlle, muchos de los que ayer fueron a saludarlo en su asunción se convertirán rápidamente en opositores de su accionar. La cuota de crédito que tiene el nuevo ministro es demasiado escasa y, además, sus antecedentes no permiten esperar cambios de rumbo.

Tal como lo exige la Constitución de la República, dentro de pocas semanas deberá estar aprobada la Rendición de Cuentas, que es una verdadera carta de intención neoliberal en cuyo articulado –de ser aceptado como está– se comprobará que tiene inserto otro pujo recesivo, quizás el final para el modelo que impulsa el gobierno.

La Rendición de Cuentas contiene una seguidilla de recortes, de cierres de servicios, de nuevas afectaciones de rubros, así como una cantidad de acciones contrarias a los intereses del funcionariado público que llega al absurdo de establecer un régimen de nueve horas de trabajo para varias oficinas.

El lector puede entender que es bueno reducir el peso del Estado para así trasladar recursos al sistema productivo e intentar su recuperación. Pero no es ese el objetivo de esta Rendición. Lo que se busca, por el mismo camino de los recortes salariales que se establecieron con los continuos incrementos del Impuesto a los Sueldos, es gastar menos para cumplir con las obligaciones que plantea el endeudamiento externo. Ni los combustibles, ni la energía, ni las comunicaciones reducirán su peso. Tampoco se prevé una menor carga impositiva ni alguna exoneración de aportes. ¿Entonces? Es que el modelo armado en nuestro país y que nos está llevando a compartir el trágico destino de los argentinos, no tiene en cuenta que para pagar lo que se debe, un país debe producir, multiplicar su riqueza, hacer que su gente trabaje y mejore su productividad. Esa es la única fórmula que se conoce para sortear el pantano en que está sumergido el país desde hace más de cuatro años.

Por eso decimos que la Rendición de Cuentas –si no ocurre algo antes que modifique el lapso de paz que todo el mundo le ha abierto a Atchugarry–, será el punto donde se le verán finalmente las patas a la sota. No nos podemos referir al proyecto de ley, llamado de reactivación, porque el mismo es endeble y producto de sueños irrealizables. ¿Quién se atrevería a invertir en obras en un país que está viviendo la declinación final del modelo neoliberal?

Seguir mencionando esos temas es como creer de viejo en los reyes magos. *

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