La(s) reforma(s) educativa(s) de la ANEP
ALBERTO DI CANDIA
Son ampliamente conocidas –porque las sufrimos cada día más– las principales líneas que orientan (?) la política social, económica, etc., de nuestro gobierno. Por ende, no es extraño que dichas orientaciones o «filosofías» inspiren también la política seguida en materia de educación pública, vistos el régimen legal de nombramiento de los miembros del Codicen y sus Consejos desconcentrados, que está en manos del poder político, mientras el orden docente carece de la más mínima participación en dichas designaciones, así como de representantes que merezcan la denominación de tales en el seno de todos los mencionados órganos. Se explica fácilmente, pues, que por lo menos desde 1995, año en que comenzó la autodenominada reforma educativa cuyos impulsores han pretendido darle tanta o mayor importancia histórica que a la reforma vareliana, la educación a cargo de la ANEP haya entrado en una fase que justifica ser llamada «la reforma neoliberal», como ya se ha hecho.
Esto último no es el resultado de una simple adjetivación peyorativa, sino una descalificación muy bien fundada de dicha reforma. El propio trámite que se siguió para aprobarla fue llevado adelante autoritariamente por el Codicen, amparado en la particular forma de designación e integración de los principales órganos de la ANEP y en los poderes jurídicos que la ley le ha otorgado al Codicen, todo lo cual ha sido objeto de consideración en otras notas que hemos publicado en LA REPUBLICA («La representación docente en la educación»; «La ANEP, un Ente politizado»; «Del Conae a la ANEP»).
Al comenzar la reforma, presidía el Codicen el exprofesor G.W. Rama (la coincidencia de las iniciales de sus nombres con las de los nombres de G.W. Bush es una sugestiva casualidad), persona que es dueña de un estilo arrogante y ninguneador de toda opinión diferente a la suya.
Con el argumento de poner al día la educación administrada por la ANEP –lo cual es en sí mismo inobjetable– la reforma colocó en el centro de gravedad del sistema educativo a la informática, en desmedro de todo lo demás. Nadie puede siquiera discutir la importancia de la informática en el mundo de hoy, pero es inaceptable que se la convierta –con ímpetu obsesivo– en la columna vertebral de la educación. Por otra parte, la reforma dio un fuerte impulso a la enseñanza de cinco idiomas aparte de nuestra lengua, lo cual también es en sí mismo indiscutible; pero no se ha puesto el mismo empeño en la enseñanza del idioma español, a juzgar por los pésimos resultados en lo relativo a la expresión oral y escrita de los estudiantes, ya muy vapuleada por los malos periodistas, por los locutores y demás comunicadores de la radio y la televisión, así como por el idioma (de alguna manera hay que llamarlo) de los culebrones y «entretenimientos» televisivos originarios de países de habla española o –peor aún, si cupiere– doblados del inglés. Además, la reforma sustituyó el régimen de asignaturas específicas colocando en su lugar el engendro denominado «enseñanza por áreas». Y así podríamos continuar.
Lo cierto es que la tan promocionada reforma está llena de, por ejemplo, innovaciones en las cuales resulta difícil discernir entre lo que es novelería, «invenciones», del propio Codicen, clonación de elementos procedentes de sistemas educativos insertos en contextos muy distintos a nuestro medio, o consejos e imposiciones de supuestos técnicos de organismos internacionales (generalmente crediticios) que asiduamente visitan e inspeccionan a la ANEP.
Mayúscula sorpresa causó la propuesta formulada hace poco tiempo en el ámbito de la ANEP, de suprimir la asignatura Astronomía (!), tema comentado de modo excelente por el periodista de este diario Juan Mendieta en su habitual contratapa de los sábados, en el correr del mes de mayo pasado. El estupor y hasta la indignación aumentan ante la iniciativa reciente de suprimir nada menos que la enseñanza de Literatura, o incluirla entre las materias optativas (!), según ha difundido en la prensa un crítico literario y docente del prestigio de Jorge Albistur en su artículo «Hacia el nuevo bachillerato. Una reforma en tiempos de sospecha» (semanario Brecha, 14/VI/2002, páginas 16 a 18). Ya estamos en pleno campo del ridículo; parece que tuviéramos ante nosotros –para decirlo con las palabras que Shakespeare pone en boca de Macbeth– «el cuento de un idiota, lleno de sonido y de furia», frase que Faulkner recogió para titular su célebre novela «The Sound and the Fury» (1929), aludiendo al monólogo de uno de sus personajes, el retrasado Benjy. Nada más se necesita para convencernos –si aún no lo estuviéramos– de que se quiere transformar la educación en una beocia preparación para el mercado, ponerla al servicio del «marketing», sustituir la formación integral del estudiante en una simplista preparación para integrarlo en el mercado neoliberal (¿es casual que hoy se utilice más la expresión «persona preparada» –aunque no se sepa bien para qué– que la expresión «persona culta»? Por supuesto, no. ¿Han sido exageradas las autoridades de la Universidad de la República cuando, hace cierto tiempo, lamentaban el bajo nivel educativo de la mayoría de los estudiantes recién ingresados en aquella casa de estudios? Desde luego, no.
Y en concordancia perfecta con la orientación dada por la ANEP en lo docente, en lo administrativo tiende a asimilarla a una empresa. Un ejemplo de ello es la multitud de «gerencias» creadas a todo lo largo y ancho de la ANEP (gerente es, como dice cualquier diccionario, quien dirige una empresa o sociedad por cuenta ajena). El vocablo «gerencia» era desconocido hasta hace escaso tiempo en el Derecho Administrativo, cuando se trataba de servicios sociales a cargo del Estado como lo es la educación, y únicamente se utilizaba en materia de organismos estatales de naturaleza industrial, comercial o bancaria.
Además de todo lo antedicho, es imposible una reforma educativa con los salarios miserables que perciben los funcionarios docentes y no docentes de la ANEP, obligados por sus necesidades económicas esenciales a ejercer el pluriempleo (si tienen la gran suerte de conseguirlo). Tampoco es posible una reforma educativa con un presupuesto de gastos e inversiones tan esmirriado como el que dispone la ANEP. Y concluimos: se impone una rectificación muy drástica en todo lo relacionado con la educación brindada por la ANEP; de lo contrario, antes de lo que algunos creen llegará la hora de entonar una solemne endecha fúnebre por la muerte de nuestro sistema educativo, asesinado con premeditación y alevosía. *
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