¿Y ahora qué?
Comienzan a despejarse las aguas.
El ministro de Economía Alberto Bensión, luego de una desastrosa gestión producto de un dogmatismo ideológico a toda prueba, debió arriar bandera. Sin embargo ese logro, fruto de los vaivenes políticos y, por supuesto, de la creciente repulsa popular paralela al ahondamiento de la crisis, no puede ser considerado como un éxito en sí mismo, pues la política económica que llevó al país a la ruina sigue vigente.
Una política económica que es coincidente, además, con el pensamiento del presidente Jorge Batlle, que en una de sus últimas apariciones en público siguió insistiendo en que la prioridad de su gobierno es salvar al sistema financiero, sin mencionar para nada a los sectores productivos que siguen derrumbándose pues las políticas recesivas aplicadas acentúan el ciclo negativo. ¿Entonces? La respuesta es difícil y habrá que esperar quizás algunas horas más para que se aclare el horizonte.
Más allá de la afirmación del doctor Batlle estableciendo las prioridades del gobierno, parece innegable que existe una cada vez mayor comprensión de que el camino emprendido lleva irremediablemente a la cesación de pagos, extremo que –objetivamente– ni siquiera los más ortodoxos economistas, inclusive los que actúan al servicio del FMI, quieren.
Por ello lo que ocurrirá en las próximas horas será trascendente. El nuevo ministro, Alejandro Atchugarry, tiene en sus manos el timón de un país que vive la mayor crisis de su historia, extremo que es reconocido hasta por el propio Batlle. A la creciente marginalidad, a la multiplicación del déficit fiscal, a la caída del salario real, del Producto Bruto Interno, a la desocupación se suma uno de los procesos migratorios más terribles que haya vivido este país.
Frente a esos síntomas que muestran las brutales falencias del modelo económico aplicado, el gobierno hasta ahora ha respondido con más de lo mismo, adoptando una tras otra medidas recesivas que no mejoraron ningún aspecto de la problemática.
Los indicadores siguen mostrando el paulatino deterioro del país llegándose hoy a una situación extrema, en la que sólo quedan en caja reservas que son el producto de los aportes del FMI. El país está en default técnico, lo que es indiscutible, manteniéndose transitoriamente «con vida» gracias al creciente endeudamiento a que estamos sometidos.
Por ello la tarea de Atchugarry no es nada fácil. El modelo aplicado hasta hoy no tiene destino. Ha mostrado su ineficiencia y el dramatismo que provoca su desplome (el ejemplo argentino es paradigmático). Más de lo mismo sería una acción tan irresponsable como suicida, además de dejar al país caer en las profundidades de un abismo que hará crecer la tragedia que vivimos desde hace cuatro años los uruguayos.
Esperemos que exista cordura y se tome por el camino que nunca se debió desechar para lo que es necesario un gran acuerdo político, sin exclusiones, en base al cual se logre que «todos» pongan el hombro para evitar el derrumbe.
Por ello son alarmantes algunas afirmaciones, como la del presidente del Partido Nacional, que en una expresión de desacertada, despectivamente informó que ya no era necesario incluir a representantes de la izquierda en los organismos del contralor.
Una afirmación grave que refleja una sorprendente estrechez de miras y, además, una total incomprensión de los caminos que debemos emprender los uruguayos para reconstruir nuestra patria. *
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