Pronóstico reservado

EDGAR BELLOMO

 

Dicen los médicos –y muchos más que no lo son– que vale más prevenir que curar.

Vale más y cuesta menos.

Ahí está la cosa.

A semejanza de lo que ocurre en la medicina, muchas veces, por carecer de atención oportuna o no realizar el tratamiento adecuado sucede que los gastos –enormes– de internación, de intervenciones y cuidados intensivos o intermedios durante períodos prolongados, terminan siendo infructuosos.

Y es entonces cuando nos asalta la duda: ¿pudo haberse evitado llegar a esta situación que se está volviendo irreversible?

Al final de cuentas ¿para qué tanta cosa cuando ya era imposible recuperar al enfermo?

Porque, aun sin conocer en detalle el estado del paciente, y concediendo que quienes estuvieron a cargo de la situación hicieran lo «humanamente posible», la interrogante persiste. Peor aun: la sensación de frustración, de impotencia y ocasionalmente de bronca, se instalan definitivamente en nosotros, los amigos y también en los futuros deudos.

Tampoco hay que olvidar la pregunta que está siempre a flor de labios: ¿por qué no consultaron a otro médico?

Tal vez sea esta situación la que hoy está atravesando la economía uruguaya.

Por supuesto que también es posible que los tratamientos intensivos a los que se ve sometida den sus frutos y entonces sane, o mejore, o simplemente «tire un poco más». Dicen que mientras hay vida hay también esperanzas, y debe ser así nomás.

Lo que parece seguro es que los costos en estas situaciones son siempre muy elevados, bastante mayores a los gastos en materia preventiva y se vuelve entonces al punto de partida; ¿pudo haberse evitado llegar así, en estas condiciones, a esta etapa terminal?

En este hipotético caso la economía, o este tipo de economías, por no usar el término «modelo», a semejanza de los humanos, también tendría destino manifiesto e inexorable y la conclusión sería que en algún momento «todo termina».

Aun así, tanto en la economía cuanto en la vida humana y más allá del fin inevitable, importa y mucho lo vivido, lo disfrutado, la calidad de vida y hasta las condiciones del propio desenlace que habrá de producirse algún día.

Que todo termine, no justifica vivir de cualquier manera, ni tener que sufrir necesariamente todos los días.

Pero hay también otras semejanzas o hipótesis a desarrollar, como por ejemplo, que el enfermo llegó igualmente a esta situación límite, habiendo estado previamente en manos del médico (o del «equipo» de médicos) con un control permanente. En ese caso –que no distaría ciertamente de la realidad– cabría indudablemente responsabilidad individual o colectiva de los médicos tratantes.

Lo cierto y asumido por todos es que el pronóstico es reservado y que a esta altura de los acontecimientos, viendo que el enfermo no evoluciona, tememos lo peor.

Creo que ya todos, hoy, sabemos que la situación no es pasajera.

Entre tanto, la mayoría de los uruguayos nos hemos convertido, por la vía de los hechos e independientemente de nuestra voluntad, en amables donantes de sangre.

Finalmente y aunque más no sea para dejarlo establecido: como no resulta suficiente el aporte sanguíneo también se vuelve evidente que todos los gastos ocasionados correrán, como ya es costumbre, por cuenta nuestra y que esos dineros no irán a parar precisamente a las arcas de Salud Pública ni al malherido Hospital de Clínicas, dependiente de la querida y siempre postergada Universidad de la República. *

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