Un recuerdo para el contador Bernhard

NIKO SCHVARZ

 

Me impactó la muerte del contador Guillermo Bernhard, que pasó casi desapercibida. Hace mucho que lo había perdido de vista. Se me dice que desarrollaba una actividad periodística sobre temas de su especialidad. Este podría ser el momento adecuado para sacar a luz un aspecto relevante de su trayectoria, que en aquellos lejanos tiempos se mantuvo en una discreta reserva.

Tiempos que nos remontan a 1956. El 4 de junio de ese año el diputado Rodney Arismendi mocionó para que se designara una Comisión Investigadora sobre los costos de producción y las ganancias de las empresas frigoríficas extranjeras. La propuesta apuntaba al Swift y Artigas (Armour)) en el Cerro, ambos yankis e integrantes del pool, de la carne de Chicago, y el británico Anglo de Fray Bentos. La preinvestigadora de rigor, integrada por los diputados Bove Arteaga (nacionalista), Geymonat (colorado) y Cassinoni (socialista), aconsejó por unanimidad la investigación.

Esta desbordó ampliamente los marcos de la industria frigorífica y conmovió a la sociedad. Enalteció al Parlamento, que cumplió en esa instancia uno de sus cometidos esenciales. Homologó, a escala uruguaya, la investigación emprendida por el senador Lisandro de la Torre en la Argentina, que desenmascaró los turbios manejos de los frigoríficos imperialistas del otro lado del Plata.

El informe de la investigadora, extremadamente minucioso y documentado, demostró: a) que las empresas extranjeras obtenían enormes ganancias, que año a año eran remesadas a sus casas matrices, sustrayéndolas al proceso de reproducción ampliada en el país; b) que a esos fines utilizaban un sinfín de métodos fraudulentos, tales como inflar artificialmente sus costos de producción, sobre cuya base reclamaron permanentemente al Estado (y lo obtuvieron siempre) elevadas sumas por concepto de subsidios, primas, adicionales y diferencias de cambio; c) que sucesivos gobiernos entregaron a las empresas todo lo que reclamaban, sin verificar jamás un solo dato, sin controlar sus libros de contabilidad, que eran llevados de manera deliberadamente confusa e inverificable, en inglés y con anotaciones a lápiz; d) que las empresas jamás devolvieron un centavo de las sumas sujetas a posterior reliquidación; d) que burlaron de modo sistemático la Ley de Ganancias Elevadas, estafando a la oficina recaudadora.

Los métodos utilizados para abultar los costos de la conserva eran un desafío a la imaginación. Allí se cargaban los gastos de los viajes de los gerentes, la cancha de golf que el Swift tenía en el Cerro, comisiones a los agentes en el exterior, gastos de la administración en Chicago, obsequios varios, algo tan esotérico como un reloj con barómetro y termómetro, etc., etc.

De más está decir que las empresas reaccionaron con violencia ante la investigación. Pretendieron recusar la participación de Arismendi en una nota que firmaban sus abogados (vaya tomando nota): Jiménez de Aréchaga del Anglo, Gervasio A. de Posadas Belgrano del Swift y Lezama Muñoz del Artigas. pero no pudieron controvertir uno solo de los datos ni las conclusiones del informe de la Comisión, que motivaron una campaña sostenida de El Popular a cargo de un calificado equipo responsable de su sección económica, que escribían con seudónimo y que vale la pena dar a conocer. Juan Carlos Pérez Ortega (Lionel Lenoil), Carlos A. Di Landro (Cornelio Rivas), William Osaba (Lucio N. Revo) y Camilo Pasturino. Hoy están todos muertos y Zelmar Michelini nunca pudo saciar su curiosidad por conocer la identidad de estos periodistas-economistas, sobre todo del primero. El segundo firma un extenso artículo en el número 8 de la revista Estudios, que compendia el informe de la Investigadora.

Debe saber que nada de esto hubiera salido a luz sin el trabajo sagaz, apasionado y técnicamente insuperable del contador Guillermo Bernhard. *

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