¿Quién le teme a Lula?
EMIR SADER
Brasil tuvo a lo largo de una década un programa de ajuste fiscal, como instrumento para estabilizar su moneda y, a partir ahí, retomar el desarrollo, distribuir la renta, desarrollarse tecnológicamente y fortalecer sus políticas sociales. Tres presidentes –Collor, Franco y Cardoso– enunciaron esos objetivos y pusieron en práctica políticas antinflacionarias y de estabilización monetaria que debieron llevar a Brasil a lograrlos.
Al final de la década, el candidato que representa la posibilidad de ruptura con esas políticas se vuelve el favorito para ganar las elecciones presidenciales. El llamado «riesgo Brasil» sube a niveles inéditos, más altos que Nigeria y apenas abajo de Argentina, mientras el presidente del Banco Central norteamericano, Alain Greenspan, se suma al coro de los que dicen que el riesgo Brasil es derechamente político, vinculado a la posibilidad de que Lula sea elegido presidente de Brasil.
¿Qué riesgo es ese? ¿Para quién es ese riesgo? ¿Es Brasil un país de riesgo? ¿Quién le teme a Lula?
El riesgo Brasil –o Argentina o Nigeria o Estados Unidos– es definido por las empresas asesoras de los inversionistas, especialmente de los inversionistas financieros, sea porque el 95% de los intercambios económicos en el mundo son financieros, sea por el carácter mismo de corto plazo y búsqueda incesante de grandes ganancias por parte de este capital, con su acentuado carácter especulativo. Las políticas de ajuste fiscal –en Brasil y en los otros países del continente– promovieron la hegemonía del capital especulativo, que pasó a detentar un fuerte y decisivo poder de chantaje sobre los gobiernos y las sociedades locales, rehenes de nuevos préstamos para cubrir los déficits permanentemente incrementados por las tasas de interés altas que la misma atracción de los capitales financieros requiere.
El caso brasileño fue el de un neoliberalismo tardío. Aun con una izquierda más débil que los otros países de la región, Brasil tuvo un golpe militar relativamente más temprano que, por ejemplo, Chile, Uruguay y Argentina, si tomamos en cuenta que el de 1966 en este último país fracasó rápidamente. El período de dictadura militar, iniciado en 1964, pudo contar con los últimos años del ciclo largo expansivo del capitalismo mundial, valiéndose de la disponibilidad de capitales para reconvertir la economía brasileña, imponiendo un nuevo ciclo de crecimiento a partir de 1967. Esto disminuyó con el paso del capitalismo internacional a su ciclo largo recesivo, todavía vigente, pero Brasil mantuvo un ritmo expansivo fuerte, especialmente en comparación con los otros países. Las otras dictaduras militares de la región se establecieron en un marco internacional de recesión. Así el período militar brasileño fue de crecimiento, en cuyo marco se estableció un proceso de indexación de la moneda, que posteriormente sirvió para neutralizar y/o camuflar la hiperinflación.
La fecha relativamente lejana de la derrota de la izquierda en el golpe militar (1964) y la renovación de las fuerzas sociales propiciada por la expansión económica durante el régimen militar explican las diferencias que Brasil presenta al final de la dictadura (1985) respecto a los otros países del cono sur. Brasil sale con una izquierda social y política como nunca había tenido, lo que, si no es suficiente para impedir que el liberalismo político imponga su sello al régimen parlamentario que sucede a la dictadura, por lo menos hace que la nueva Constitución (1988) afirme derechos sociales y políticos, a contramano del neoliberalismo ya en expansión en el mundo e incluso en América Latina.
Ese escenario, más el fracaso del primer gobierno expresamente neoliberal, el de Collor de Mello (1989-2992), hizo que Brasil se desencontrara con la ola neoliberal que ya se había instalado en Chile, Bolivia, Argentina, México y Perú. Su intento de rescate vino con la elección de Henrique Cardoso a la presidencia, en 1994, que puso en práctica el programa del Consenso de Washington en Brasil.
Ese programa impuso una rápida desregulación de la economía brasileña, buscando recuperar el retraso relativo de Brasil, en el momento en que la economía mexicana ya presentaba la primera crisis producida por la puesta en práctica de políticas neoliberales. Pero mientras las dos crisis de hiperinflación habían llevado a que la versión argentina del neoliberalismo adoptara la rigidez absoluta de la paridad monetaria, la brasileña adoptó un cambio fijo, pero sin atarse a él indefinidamente.
Los efectos sobre la economía más competitiva del continente fueron devastadores, con una apertura comercial rápida, con la atracción brutal de capitales financieros mediante la que fue, durante muchos años, la tasa de interés real más alta del mundo, de una represión directa al movimiento sindical y a todas las formas de movilización social de resistencia, de incentivo a la precarización de las relaciones laborales y de privatización de gran parte del importante patrimonio público en Brasil. La inflación fue contenida, pero transfiriéndola hacia la multiplicación de la deuda pública en 11 veces. Los grandes saldos en la balanza comercial brasileña fueron convertidos en gigantescos déficits, se promovió la hegemonía del capital financiero en la economía, en un proceso de «financierización» del Estado y de la economía en su conjunto.
Cuando explotó la crisis argentina, el gobierno brasileño, así como las autoridades del FMI se enorgullecían de que el mentado efecto expansivo de la crisis no se propagaba por el resto de la región. Pocos meses tardaron hasta que quedó claro que la crisis argentina se diferencia de la brasileña –o de la uruguaya– solamente en el grado, pero su naturaleza es la misma.
El caso brasileño tiene sus particularidades, dentro de los cuales la existencia de una candidatura de izquierda –la de Lula– es un elemento político importante. La transición del gobierno Menem al de De la Rúa, la del PRI al de Vicente Fox o la de Fujimori a Toledo –o incluso del de De la Rúa al de Duhalde– se dieron todas en el marco de la misma política económica. Los problemas que los nuevos gobiernos sufren son producto de la continuidad y no de la ruptura con las políticas económicas anteriores. Lo que se presenta como novedad en Brasil es la posibilidad de ruptura con esas políticas, representada por Lula y por el Partido de los Trabajadores.
Brasil jamás tuvo alternancia en el poder. Hay un impresionante proceso de continuidad de las elites en el poder en sus cinco siglos desde la llegada de los colonizadores. Su historia es marcada por pactos de elite, que cambian las formas de dominación para poder perpetuarse en el poder, en lo que Gramsci llama de «transformismo» o de «gattopardismo». En Brasil, lo que debería haber sido la primera ruptura significativa en su historia, la independencia política y la consiguiente instauración de un Estado nacional, en lugar de darse bajo la forma de las guerras de independencia de los otros países del continente, se dio bajo la forma de un pacto de elite, en que el monarca entrega a su hijo la corona de un país vuelto independiente como concesión de la metrópolis colonial y pasa a ser gobernado por el hijo del monarca.
Bajo esa forma se fundó el Estado nacional, que hizo que Brasil pasara de colonia a monarquía y no a república y, más grave aún, que no conociera de inmediato el fin de la esclavitud, que sólo se daría casi siete décadas después cuando el latifundio ya se había consolidado en el país, protegiéndoselo para que los esclavos vueltos libres no tuvieran acceso a la tierra. La cuestión
colonial y de la mano de obra esclava se perpetuaba así en la cuestión agraria, de la permanencia del latifundio, que hasta hoy afecta a Brasil y es responsable en buena medida por su situación de país más injusto del mundo.
Esos pactos de elite se sucedieron en el tiempo, en el final formal de la esclavitud, en la instauración de la república, en la llamada «revolución de 1930″, en el final de la dictadura, en 1985, así como en el Plan Real de combate a la inflación. Así se forjó una elite que nunca corrió verdaderos riesgos. La «revolución de 1930″, la más importante transformación que Brasil vivió, se hizo bajo la consigna de «Hagamos la revolución, antes que el pueblo la haga». Cuando, por primera vez los trabajadores empezaron a tener un protagonismo importante en la historia brasileña, a comienzos de los años 60 del siglo pasado, inmediatamente se reunificó la burguesía y propició el golpe militar de 1964.
Desde que retornó la democracia parlamentaria como régimen político a Brasil, en las tres elecciones presidenciales realizadas desde entonces –1989, 1994 y 1998– frente al «fantasma» de victoria posible de Lula, el candidato histórico de la izquierda brasileña surgida en la lucha de resistencia a la dictadura y consolidada en las dos últimas décadas, volvió a unirse la elite dominante para apoyar al anti Lula, quienquiera que fuera, un aventurero como Collor, o un ex intelectual opositor a la dictadura, como Cardoso.
El Plan de estabilidad monetaria de Cardoso se agotó y es el principal responsable por la fragilidad de la economía brasileña, al hacer reposar la estabilidad en la atracción de capital especulativo, promoviendo el endeudamiento creciente del Estado. El temor a Lula es comprensible por parte de esa elite y, en particular, del capital financiero, principal beneficiario del gobierno de Cardoso y principal víctima del programa de gobierno del candidato del PT.
Los grandes riesgos de Brasil en este momento de su historia son, por una parte, la aceptación del chantaje del capital especulativo, que amenaza con irse en caso de que no exista continuidad estricta de las políticas económicas del gobierno de Cardoso. Por otra, el riesgo de cambiar sin cambiar lo esencial, esto es, la política de estabilidad monetaria asentada en la atracción del capital financiero. Las trampas que dejan esas políticas son peligrosas. Nadie puede ser elegido presidente de Brasil de nuevo prometiendo la estabilidad monetaria, pero el que no se comprometa con ella corre el riesgo de aparecer como representando un peligro más de inseguridad, en la vida de gente que se siente cada vez más insegura en tantos planos (empleo, seguridad personal, salud, etc).
Por otra parte, ahí está el capital especulativo, que muy temprano inició su campaña de terror, amenazando con una huida masiva y demandando garantías de «cumplimiento de los compromisos». Esto tiene el sentido muy claro de cumplir con los pagos de la deuda, esto es, correr para obtener mil millones de dólares por semana, que es lo que corresponde a los pagos de la deuda brasileña el año próximo. Este camino representa el grave riesgo de reproducir en Brasil el camino de De la Rúa en Argentina, que dilapidó su caudal electoral en pocos meses, al mantener la política económica de Menem y los compromisos de la deuda argentina.
Los riesgos reales de Brasil hoy día son dos: seguir como está o hacer un simulacro de cambio. En el primer caso, no sólo se estará gestando una crisis económica y financiera peor que la argentina, sino que la crisis social profundizará hacia límites inéditos las fracturas sociales de la sociedad más injusta del mundo. La otra posibilidad, la victoria de un candidato opositor que no rompa con la política económica de Cardoso, podrá representar una frustración gigantesca, con la derrota política de la oposición y la apertura del camino hacia soluciones conservadoras más radicales.
Las elecciones brasileñas son las más importantes que vive América Latina en mucho tiempo, porque se agotó el consenso neoliberal en el país y en el continente –como se ve por el fracaso rápido de aquellos que intentaron prolongarlo, como De la Rúa, Fox, Toledo– abriéndose, por primera vez, condiciones de construcción de políticas alternativas a ese modelo. El PT y Lula presentan credenciales para protagonizar la primera gran experiencia posneoliberal en América Latina, con fuerza como para volverse referencia para otros países del continente e incluso de otras regiones del mundo.
En caso de triunfar, Lula abrirá el próximo Foro Social Mundial de Porto Alegre, en enero de 2003, como la esperanza viva de que «otro mundo es posible» encarnada en un gobierno popular y democrático. Los desafíos que tendrá por delante elevarán a Brasil al lugar de liderazgo antineoliberal en el plano internacional que el movimiento empezado en Chiapas y Seattle tanto necesita. Ese movimiento empieza con el plebiscito popular contra el ALCA, en setiembre de este año, como primer gran desafío que ese liderazgo tendrá que enfrentar. De su éxito depende el grado de movilización popular que la oposición habrá alcanzado para respaldar a Lula frente a la hegemonía norteamericana, oposición sin la cual un mundo posneoliberal no será posible.
Frente a la promesa de ese mundo, todos los miedos se vuelven pequeños. *
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