Acerca de los economistas y el Banco Central

CARLOS BOUZAS

 

Hay mucha gente que niega a la economía el carácter de ciencia. Y los que más colaboran en reforzar esa teoría, son los propios economistas, que se han transformado en gurúes que anticipan el devenir de la suerte de la gente, en función de la interpretación que cada uno de ellos hace de lo que ha ocurrido hasta el momento y lo que está pasando en este mismo momento. Pero el lío es que lo que predicen son conductas humanas, que nunca son muy predecibles. El doctor Héctor Hugo Barbagelata nos aconseja que desconfiemos de un método «similar al que llevaría a conducir un automóvil a toda velocidad con la única guía del espejo retrovisor».

En este punto, usted puede detenerme y recriminarme aquello de «bueno: pero si yo le hablo de las mismas personas y las mismas situaciones…» Y me deja realmente inerme de argumentos para cuestionar las predicciones. ¿Verdad?

Ahora bien: usted ha visto, también, que de manera cada vez más abigarrada, los economistas se están posesionando en cargos de importancia política determinante. Tanto en nuestro país, como en el resto del mundo. Fíjese la conformación del Directorio del Banco Central (BCU), por ejemplo: está integrado nada menos que por tres economistas.

Sin embargo, a ellos se les pasó por alto que sería una barbaridad entregar el saneado banco La Caja Obrera (luego de ingentes sumas de dinero puestos por usted y yo desde 1987 en que fue intervenido, y a partir de entonces, gestionado por Estado) a los dueños del Banco de Montevideo. ¿Por qué? Pues porque se trataba de señores vinculados por parentesco filial con otros señores que, treinta años antes, habían provocado una crisis bancaria con la mala gestión del Banco Mercantil del Río de la Plata, al cabo de la absorción de dos bancos. La mala gestión consistió en prestarse dinero a ellos mismos y desviar depósitos hacia empresas de papel maché: Virtuales, dicen ahora.

Claro, a usted se le había olvidado aquel episodio o, simplemente, no tenía uso de razón en aquellas épocas. A veces a uno le cuesta trabajo recordar si el primer gol de Maracaná lo hizo Schiaffino o Migues.

Pero lo que yo le puedo perdonar a usted, por edad (poca o mucha) o porque no es su asunto, no puedo dejarlo pasar por alto a un director del BCU. Mucho menos si es economista.

Hoy sabemos todos que el Banco de Montevideo tuvo problemas porque sus directores se prestaron dinero a ellos mismos y desviaron depósitos hacia empresas de papel maché; Virtuales, dicen ahora. También nos enteramos que los directores del BCU dicen que comenzaron a preocuparse un mes después de haberles entregado La Caja Obrera por un precio irrisorio. ¿No huele a chamuscado todo eso? Tenían los antecedentes familiares. Sabían que los de hace treinta años, los iniciadores de lo que ahora llaman «el grupo Peirano» continúan vivitos y coleando detrás de los hijos, y, pese a todo, igual se tiraron al agua confiando en la de Dios que es grande, cuando –no tenga dudas– la situación del Banco de Montevideo ya estaba muy comprometida. Y nadie mejor que los directores del BCU, para saberlo.

Y por si todo esto fuera poco, la revista Búsqueda informa en primera plana, el jueves pasado, que el gobierno estudia una operación por la cual el Banco La Caja Obrera absorberá la parte sana del Banco de Montevideo. ¿Se da cuenta? El nene que no podía caminar solo, llevará de la mano a su nodriza para que no se caiga. Dicen que de esta manera se garantizan los dineros de los depositantes de ambos bancos.

Yo, que no soy economista, le digo que eso último es cierto; porque siempre ha ocurrido así, desde la segunda mitad del siglo veinte, en nuestro país. El Estado, con el aporte suyo y mío, ha dado solidez a la plaza financiera, sustituyendo a los banqueros que cometieron trapisondas. Y en todos los casos estuvo presente un jalvita muy metedor, al que no se le ha escapado ninguno, todavía: AEBU. *

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