Diálogo con Víctor Rossi: el corte transversal

RICARDO J. LOMBARDO*

 

El diputado Víctor Rossi tuvo la gentileza de ocuparse de mis declaraciones efectuadas a LA REPUBLICA el domingo pasado, cosa que valoro y agradezco. Sobre todo porque recoge el espíritu de las mismas en cuanto a «generar consensos entre la gente de todos los partidos que pensamos lo mismo, que tenemos la misma actitud frente a los problemas». Aunque discrepa en lo que hemos llamado: «el corte transversal», igualmente su observación nos permite profundizar en el tema, con la aquiescencia de este diario.

Lo afirmado por el diputado Rossi es muy estimulante y me permite ingresar de inmediato en dos de los temas que considero esenciales para el éxito de este proceso: a) la necesidad de establecer diálogos y no monólogos entreverados, y b) la tolerancia y la persistencia en la búsqueda de la verdad, es decir la adopción de una nueva ética política.

Monólogos entreverados

Don Miguel de Unamuno en una de sus cartas a Carlos Vaz Ferreira en que comentaba el libro «Ideas y Observaciones», preguntaba: «¿y no le parece a usted (…) que los más de los diálogos no son en la vida más que monólogos entreverados? Yo mismo ¿no me estoy aprovechando de escribirle sobre su tan sugestivo libro para inferirle mis propias ideas?»

Es un riesgo que todos corremos al ingresar en las discusiones públicas sobre temas políticos. En su columna publicada en LA REPUBLICA, titulada «Dialogando con Lombardo», Rossi hace alusión a las virtudes de su organización política, a sus aciertos de diagnóstico y a las responsabilidades del Partido Colorado en abandonar los acuerdos de la Conapro. En definitiva, parece desarrollar una suerte de monólogo donde expone sus propias ideas. Si a mi vez destacara los innegables méritos del Partido Colorado en el período a que refiere Rossi, no sólo encontrando una salida posible a la dictadura militar sino logrando la estabilidad que la nueva democracia requería, ingresaría también en mi propio monólogo. De allí a entreverar esos monólogos habría un paso y la sabia reflexión de Unamuno encontraría un ejemplo innegable. Estaríamos incurriendo, sin intención, en uno de los más persistentes errores en que los uruguayos hemos estado cayendo.

Un diálogo es algo bien distinto al entrevero de dos monólogos. Adquiere vida propia, desarrolla nuevos valores, expresa otros significados y suena con otros silencios. Termina consolidando una nueva identidad.

Tomar conciencia de eso es abrir un camino a la tolerancia y a una nueva ética.

Una nueva ética

Karl Popper señalaba que la antigua ética política se basa en la idea del conocimiento personal y del conocimiento cierto como fuente de autoridad. «El ideal antiguo» –dice– es poseer la verdad, la verdad cierta, y, si es posible, garantizar la verdad por medio de una prueba lógica».

Tener razón es considerado una fuente de autoridad, por eso no se admite el error que sería un cuestionamiento a esa autoridad. Agrega Popper: «La antigua ética no deja lugar al error. Sencillamente no se toleran los errores. Por consiguiente, no han de reconocerse los errores:» Además dice: «No tengo que subrayar que esta antigua ética profesional es intolerante. Siempre ha sido intelectualmente deshonesta: conduce (especialmente en medicina y en política) al encubrimiento de los errores con el fin de proteger la autoridad».

Esa ética antigua es intolerante, en la medida en que cada uno se siente dueño de la verdad; es deshonesta porque conduce al encubrimiento de errores; es improductiva porque deriva en situaciones de estancamiento; y es, esencialmente, antidemocrática, porque no permite obtener los entendimientos armónicos que derivan del humilde proceso de búsqueda de la verdad.

¿No cree el diputado Rossi que ya estamos en tiempo de proclamar una nueva ética? ¿No cree, como Popper, que presumiblemente ninguno de nosotros sabe más sino que simplemente sabemos cosas diferentes? ¿No cree usted que ha llegado el momento de levantar la mira y en lugar de dejarnos llevar pasivamente por la marea de las luchas de legítimos intereses debemos anclarnos de ciertos valores inherentes a la tolerancia?

Iría más lejos: ¿no cree usted que ha llegado el momento de promover una revolución en el comportamiento político?

Popper aconseja introducir tres principios básicos de toda discusión emprendida en la búsqueda de la verdad, que según él constituyen los principios éticos esenciales: a) El principio de la falibilidad (quizás yo estoy equivocado y quizás tú tienes razón. Pero es probable que ambos estemos equivocados); b) El principio de la discusión racional; (se trata de intentar sopesar, de forma tan impersonal como sea posible, las razones a favor y en contra de una teoría) ;c) El principio de aproximación a la verdad. (en una discusión que evite los ataques personales, casi siempre podemos acercarnos a la verdad. Puede ayudarnos a alcanzar una mejor comprensión, incluso en los casos en que no alcancemos el acuerdo).

Estos temas han estado subyacentes en las discusiones sobre filosofía política donde las posiciones han sido tan opuestas como las de Sócrates y Maquiavelo. Pero en estos tiempos de posmodernidad, en que contamos tantas víctimas del «conocimiento cierto», tal vez haya llegado el momento de incorporar esos principios que enuncia Popper como prueba de tolerancia y honestidad intelectual.

El corte transversal

Incorporados estos elementos: la especificidad del diálogo y la necesidad de definir una nueva ética política, estamos en condiciones de avanzar más cabalmente en la idea del corte transversal.

En el reportaje de LA REPUBLICA del domingo pasado, el periodista Legnani me desafió a que rápidamente le ejemplificara algunos nombres con los cuales podrían tenderse esos puentes interpartidarios. La mención de algunos de ellos –nómina necesariamente parcial y no debidamente analizada– puede inducir a error al caracterizar ese corte transversal.

No se trata de pactos políticos entre ciertos dirigentes a la vieja usanza o de «coaliciones» que no terminan de ofrecer modelos convincentes. No olvide el diputado Rossi que, hoy por hoy, ningún partido logra la voluntad de la mayoría de la población por más méritos que se atribuya en sus monólogos (¿no le llama la atención al diputado Rossi que en este momento de la más aguda crisis de la historia, el Encuentro Progresista no supera en la intención de voto lo efectivamente logrado en 1999?).

Se trata de iniciar acuerdos sin exclusiones sobre los temas que deben integrar una agenda nacional y constituir políticas de Estado que transciendan los gobiernos y sean el marco para generaciones enteras de empresarios, estudiantes, profesionales, trabajadores, dirigentes políticos y sindicales. Y esto que si lo inicia un gobierno puede parecer «sospechoso», no lo es si surge conscientemente desde distintos sectores que podrán o no ser gobierno, pero en todo caso han decidido permanecer en la vida política y asumir la responsabilidad que ello significa. Primero es necesario explorar la viabilidad de acordar esos compromisos. Siempre habrá tiempo después para buscar los instrumentos que permitan implementarlos.

¿Podemos ponernos de acuerdo en una estrategia agroindustrial exportadora que apunte al largo plazo?

¿Podemos definir una política que aumente la competitividad y aliente la inversión pública y privada?

¿Podemos acordar un plan de desarrollo tecnológico con un horizonte de una década?

¿Podemos o no embarcarnos en una firme campaña contra la pobreza?

Podemos, claro que podemos. Si es que somos capaces de entablar un diálogo (en lugar de monólogos e
ntreverados) y asumimos entre todos una nueva ética política más allá de las disputas electorales, que es lo que la gente, intuitivamente y con la profunda sabiduría popular, está reclamando de sus dirigentes.

* Ex Presidente de Antel

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