El sostenido crecimiento de la izquierda
En pocos países se ha dado un fenómeno político como el que viene ocurriendo en el nuestro desde la salida de la dictadura: el crecimiento sostenido y aparentemente irreversible de una opción electoral de corte progresista, cuya propuesta se ubica en la izquierda del abanico ideológico y resulta un desafío al establishment.
Surgido en 1971 como respuesta al autoritarismo y a la crisis económica que se profundizaba día a día, el Frente Amplio logró unificar política y electoralmente a la izquierda clásica junto a agrupamientos provenientes de los partidos tradicionales y de otras vertientes. Pero en su primera experiencia electoral obtuvo un resultado global que no era sino la sumatoria de las fuerzas de cada grupo; se trató de un salto cualitativo pero no cuantitativo.
En las elecciones de 1984, la coalición de izquierdas mantuvo grosso modo el porcentaje de adhesión recibido en la elección anterior al golpe de Estado, pero en la siguiente (1989) se produjo un hecho de especial relevancia: el acceso al gobierno municipal de Montevideo, además de registrarse un leve aumento en su caudal electoral.
A partir de entonces, la opción de izquierda no hizo sino crecer de manera notoria. En 1994 llegó a disputar la elección con los dos partidos tradicionales en un virtual triple empate. Era el fin del bipartidismo tradicional y el comienzo del diseño de un mapa político que desembocaría en un nuevo bipartidismo. El porcentaje alcanzado por la izquierda en esa elección (cercano al 30 por ciento) fue una luz roja para el holgado predominio que hasta entonces habían ostentado los partidos tradicionales. El llamado de atención tuvo una respuesta inmediata en la reforma que introdujo el balotaje. En la elección siguiente la izquierda aumentó considerablemente su caudal electoral y se convirtió en la primera fuerza del país, con un 40 por ciento de adhesiones.
Desde su nacimiento en 1971, la izquierda creció de manera exponencial pasando de 18 a 40 por ciento en las preferencias del electorado: un crecimiento de más del ciento por ciento.
Las últimas encuestas dadas a conocer recientemente muestran a la coalición de izquierda con 48 por ciento de intención de voto. Es decir que está a un paso de obtener el gobierno ya en la primera vuelta sin necesidad de definir en un balotaje.
El hecho es por demás significativo pues el fenómeno del crecimiento de la izquierda en Uruguay aparece como totalmente independiente de la coyuntura internacional, pues se da en un contexto mundial unipolar, y últimamente en medio de un marcado retroceso de las opciones socialdemócratas en Europa.
Obviamente, ese aumento de la adhesión ciudadana se debe en primer lugar a virtudes propias de los conductores de las fuerzas progresistas, que han sabido transmitir una imagen de credibilidad, de honradez y de audacia que la población ha sabido valorar debidamente. Sin duda también ha influido en el fenómeno la experiencia positiva de doce años al frente del gobierno municipal de Montevideo, donde a pesar de las dificultades y contratiempos inherentes a toda labor gubernativa, los montevideanos se muestran mayoritariamente conformes con la gestión comunal llevada a cabo por el Encuentro Progresista-Frente Amplio.
Pero además de los méritos de la dirigencia progresista, hay que tener en cuenta la inocultable incidencia que han tenido los defectos, desatinos e inoperancia de los partidos tradicionales para conducir al país.
No es solamente el desgaste natural que produce el poder. Ha sido una constante de prácticas muy arraigadas pero muy desprestigiadas, junto a una orfandad de ideas para salir adelante. Allí está la clave del descontento popular que se expresa políticamente en la adhesión a la única propuesta de cambio. *
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