Dialogando con Lombardo
VICTOR ROSSI
El contador Ricardo Lombardo ha lanzado una iniciativa de carácter político que merece atención. El pasado domingo dijo en LA REPUBLICA que hay que proponerle al país «un modelo agroexportador», que sustituya a la actual política económica del gobierno de coalición. A la vez agregó que la forma de impulsar esa iniciativa pasa «por un corte transversal de los partidos» para «así generar consensos entre la gente de todos los partidos que pensamos lo mismo, que tenemos la misma actitud frente a los problemas».
Antes de entrar en el campo de las reflexiones es de destacar como un hecho positivo que un hombre como es Lombardo, con importante trayectoria en cargos de gobierno, en la Cámara de Diputados y en el Fondo Monetario Internacional, resuelva reintegrarse a la política activa, aunque sea dentro de un partido adversario al nuestro y que consideramos es el responsable de haber dejado de lado los acuerdos de la Conapro (1984) que apuntaban a que el país caminara por el rumbo de una economía productiva.
Que en un momento de crisis y de desesperanza haya gente como Lombardo que vuelve a abrazar la lucha política, que busca reconstruir corrientes de opinión de carácter progresista, que a la vez extiende el diálogo hacia otras colectividades políticas, no puede pasar desapercibido. Merece, sólo por eso, asumir el desafío que propone y encararlo con amplitud de miras, por encima de encuentros y desencuentros que puedan existir hoy.
En la primera parte de su propuesta Lombardo esboza la idea de consensuar sobre la necesidad de crear un modelo agroexportador que sustituya al actual que «está destartalando al aparato productivo» y que está llevando a «que el país esté cayendo a pedazos».
Con esas afirmaciones nos sentimos muy próximos a Lombardo, porque sólo bastaría recordar nuestras propuestas de la última campaña electoral o el Plan de Emergencia del Encuentro Progresista que presentó el 18 de julio de 2001, donde se afirmaba que «la política económica llevada a cabo por los últimos gobiernos y ratificada por la actual, ha conducido al Uruguay por un camino equivocado», provocando el «desmantelamiento del aparato produtivo».
También nos propusimos «reestablecer un ámbito de concertación», «un espacio de diálogo nacional» y que por ello se debe apelar » a la búsqueda de amplios consensos», con el fin de establecer un «plan de reactivación productiva», «mejores condiciones para el crédito de prefinanciamiento de las exportaciones» y –entre otros más– el «aumento de las tasas de devolución de impuestos indirectos a las exportaciones». Todo apuntando a un país de economía productiva, teniendo como base un modelo agroexportador.
Similar planteo hizo el 13 de diciembre de 2001 la Concertación para el Crecimiento, quien en su manifiesto fundacional señaló que «el gobierno debe hacer el esfuerzo para reconocer que sin correcciones en la actual política económica, con sus resultados a la vista, es muy improbable arribar a un verdadero acuerdo productivo nacional». En ese texto también se destaca que «la competitividad del sector agroexportador es un eje fundamental» de ese acuerdo.
Tanto en las propuestas del Encuentro Progresista como en las de la Concertación para el Crecimiento, hay un especial énfasis en la necesidad de la reactivación del mercado interno, cosa que no aparece formulada en las declaraciones de Lombardo, a pesar de que al rechazar el modelo de atraso cambiario imperante en los últimos años, no está jerarquizando la apertura indiscriminada de la economía, que es la responsable del colapso del aparato productivo y del aumento de la desocupación.
Por encima de algunos matices en materia de cómo hacer jugar los factores –aumento de las exportaciones y reactivación del mercado interno– decimos que en lo sustancial estamos de acuerdo con la iniciativa de Lombardo, porque así lo marca la historia de las propuestas de nuestra colectividad política.
La segunda parte de su iniciativa nos genera dudas. Cuando dice que este consenso o acuerdo productivo sólo se puede lograr «entre todos», cosa sobre la que estamos totalmente de acuerdo, agrega algo con lo que discrepamos y es cuando propone «un corte transversal» en los partidos «para tender puentes entre quienes pensamos lo mismo», porque «los partidos no están funcionando».
En esa segunda parte de su propuesta, Lombardo parece transferir los problemas del Partido Colorado al resto del sistema político, en el cual nos incluimos. No es justo sugerir que el Encuentro Progresista-Frente Amplio no funciona. El EP-FA como tal tiene un funcionamiento regular de su organismo de dirección, de sus comisiones y de sus bancadas de legisladores y de ediles.
En este año el Frente Amplio ha realizado un congreso de delegados de base y elecciones internas, donde votaron 200 mil uruguayos. ¿Es perfectible su funcionamiento? Claro que sí, pero que la colectividad política que nuclea al progresismo y a la izquierda funciona, no hay la menor duda.
Tampoco se ajusta a los hechos objetivos al señalar, para el caso de nuestra fuerza política, que «los partidos están siendo conducidos por tres o cuatro personas» y que no hay renovaciones generacionales.
Puede ser –lo es– que necesitemos más gente joven en los organismos de conducción de nuestras filas, pero que hay movilidad política interna y que nos hemos renovado en materia de liderazgos, no hay la menor duda.
Si tomamos el período de la dictadura a la fecha, tenemos que nuestra fórmula presidencial –Tabaré Vázquez y Rodolfo Nin Novoa– recién es de a partir de 1994. Que los dos intendentes electos en Montevideo –Vázquez y Mariano Arana– no integraban organismos de dirección de ningún partido político antes de 1984, es una realidad.
Que el ingeniero Jorge Brovetto, actual vicepresidente del FA, es un dirigente nuevo en la dirección de la izquierda, no queda la menor duda. Que las bancadas de ediles de todo el país, así como la de los parlamentarios, se han renovado varias veces desde el retorno a la democracia, también es verdad. Que hoy surgen y se consolidan como líderes naturales distintos dirigentes políticos que antes no teníamos en el interior del país, no se puede discutir. Como no se puede discutir que, aún con insuficiencia, la mujer uruguaya ha irrumpido con lucidez en las estructuras del EP- FA.
Con esto no estamos negando que aún falta renovarnos más en materia generacional.
Sabemos que tenemos que rescatar a muchas mujeres y hombres de 1982, los de la salida de la dictadura, y que nos falta vibrando, actuando y opinando, la muchachada de hoy en los niveles que nos exige la lucha política y la democracia uruguaya. Pero no somos una fuerza dominada por uno, dos o tres caudillos.
Como prueba de ello está la creación en 1994 del EP-FA, que en los últimos dos años ha tenido nuevas incorporaciones y que aspiramos a tener más. Otra prueba son las conversaciones con el Nuevo Espacio, quien propone acuerdos para crear nuevas mayorías en el país.
Sería contra natura aceptar que para dialogar con otros sectores progresistas –siempre hemos dicho que no todos los progresistas están en nuestras filas– tengamos que aceptar un corte transversal de nuestra colectividad política. En materia de consensuar un modelo agroexportador de largo aliento, Lombardo debe sentirse tranquilo porque en ello está jugado todo el EP-FA.
Eso no impide que Lombardo busque el diálogo con quien se sienta más cómodo para intercambiar ideas, participar de reflexiones conjuntas e incluso de establecer confluencias coyunturales o duraderas.
Pero dicho con toda franqueza: no creemos que la solución de fondo de los problemas del país sean ajenos a
la construcción de un movimiento político y social, que necesariamente contendrá a todo el EP-FA, para proponerse el desafío de alcanzar el gobierno y desde allí realizar las transformaciones que perduren en el tiempo.
El EP-FA es un fuerza con un programa, con candidaturas únicas desde su nacimiento, con estatutos que establecen derechos y obligaciones, lo que lleva necesariamente a un pacto de disciplina. Pero eso no quiere decir que sea una fuerza cerrada, sectaria, que no dialogue con todos los uruguayos, particularmente con los que tienen, como Lombardo, una sensibilidad progresista.
La Alianza Progresista, la Lista 738 que integro, tiene en su matriz genética ese espíritu de diálogo y de amplitud, lo que le ha dado un perfil muy particular desde su gestación.
En los últimos meses no sólo hemos conversado con todos los sectores encuentristas, sino que además escuchamos con atención y respeto al doctor Juan Andrés Ramírez, al senador Rafael Michelini, al ingeniero Gonzalo Gaggero, a todos los integrantes de la Concertación para el Crecimiento, entre otros.
Con ese mismo respeto y atención estamos dispuestos a escuchar a Lombardo, sin que con ese gesto estemos favoreciendo algún corte transversal de nuestra fuerza política porque, sinceramente, no lo necesitamos y nos sentimos muy cómodos dentro de ella. *
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