Desde que a fines del año pasado la situación en el vecino paÃs se saliera de cauce y la crisis se expandiera como una pandemia contaminando todos los aspectos de la sociedad, las autoridades no han encontrado aún –seis meses después– las vÃas adecuadas para superar la emergencia.
La crisis económica produjo una crisis de credibilidad, de confianza, que no se limita al sector financiero sino que abarca otras facetas de la vida, incluyendo al sistema polÃtico, el responsable visible del caos y el colapso.
Desde entonces, y sin olvidar las notorias diferencias entre Argentina y Uruguay pero teniendo en cuenta la estrecha relación entre las dos economÃas, ha sido inevitable comparar ambas situaciones y predecir que el camino emprendido por el equipo económico liderado por el contador Bensión puede conducirnos a un colapso similar al vivido por Argentina.
Por más que el doctor Batlle haya puesto el grito en el cielo cuando se insinuó desde medios argentinos que Uruguay podrÃa sufrir una situación similar, la realidad, tozudamente, ha encendido una luz roja para desmentir el optimismo gubernamental.
El fantasma del default, el aumento del riesgo paÃs, la pérdida de reservas, el aumento de la desocupación, la caÃda del salario real, el recorte de gastos y el ajuste fiscal como única respuesta a la crisis, el aislamiento del gobierno, la misma actitud mendicante ante los organismos financieros internacionales, son todos elementos que permiten afirmar –mediante un razonamiento por analogÃa– que el paÃs está siguiendo los mismos pasos que llevaron a Argentina a la situación actual. Lo que nos diferencia de manera más notoria es quizá el hecho de que el Estado argentino ya no tiene empresas públicas; porque las malvendió y porque los recursos obtenidos sirvieron para crear la falsa ilusión de una prosperidad general que pronto se desinfló y dejó al desnudo la cruda realidad.
Pero además de mirarnos en el espejo argentino, muchos uruguayos dirigen su mirada hacia el pasado, concretamente a los años sesenta, y comparan la agitación social producto de la crisis de entonces con la crisis actual. Sin embargo, vale la pena recordar que cuarenta años atrás el movimiento sindical exhibÃa una solidez de la que carece hoy dÃa.
Precisamente a fines de junio de 1968, luego de decretadas las medidas prontas de seguridad, el gobierno de Pacheco Areco implantó por decreto la congelación de precios y salarios. Como la medida fue adoptada pocos dÃas antes de que se homologaran aumentos salariales ya previamente acordados, nadie duda de que se trató de una congelación de salarios lisa y llana. Actualmente, en cambio, ninguno de los gobiernos democráticos que se sucedieron desde el fin de la dictadura tuvo que recurrir al odioso mecanismo de las medidas de seguridad para congelar salarios. Y sin embargo, el deterioro del salario real ha sido constante y de hecho se ha producido más que una congelación: un retroceso.
En la realidad globalizada de fin de siglo, no fue menester un gobierno autoritario para despojar a los trabajadores; fue un proceso sutil pero sostenido de desmantelamiento del aparato productivo, con el consiguiente cierre de fábricas y de fuentes laborales en general, proceso que llevó inevitablemente a desarticular –de hecho y sin recurrir a la fuerza– al movimiento sindical.
Todo este proceso fue acompañado de una embestida ideológica que va logrando internalizar en la sociedad un sentimiento de resignación ante una realidad que “no se puede cambiar”. *
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