A raÃz del vuelco innegable que el presidente Batlle ha impreso al tema de los detenidos desaparecidos, parece haberse reabierto la polémica Âcasi con las mismas caracterÃsticas que en oportunidad de la discusión sobre la Ley de Caducidad sobre las violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura.
La discusión abarca, como entonces, aspectos jurÃdicos, morales y polÃticos. Reaparece el argumento pueril de que al haber amnistiado a los guerrilleros se debÃa proceder de la misma manera con los militares, olvidando Âo no queriendo ver la enorme diferencia entre un individuo que sufrió torturas aberrantes y varios años de prisión en condiciones inaceptables y otro que, amparado en la inmunidad otorgada por el aparato represivo de un Estado en el que no regÃan las garantÃas constitucionales, jamás debió enfrentar un tribunal de justicia. Obviamente, no son cosas comparables.
Surgen asimismo voces que nos recuerdan cómo nuestra historia está llena de ejemplos que abonan la tesis de la amnistÃa, señalando que cada conflicto bélico que enfrentó a los orientales desde la Patria Vieja hasta Terra se resolvió con amnistÃas, con perdón recÃproco, con olvido. Este recurso también se manejó a la salida de la dictadura para argumentar a favor de la tesis que sugerÃa un perdón genérico, como si fueran equiparables la guerra civil del cuatro y el terrorismo de Estado de los setenta.
Esta posición peca de gruesos errores interpretativos. Los problemas que padeció el paÃs desde 1968 hasta 1984 (las fechas no son caprichosas pues abarcan desde el comienzo del autoritarismo y de la represión, con los primeros mártires estudiantiles, hasta el asesinato en una unidad militar del doctor Vladimir Roslik) no fueron una guerra civil. Hubo sà la aparición de grupos de acción directa concomitantemente con la escalada violentista desde el poder; y luego de desarticulados aquellos, con sus miembros muertos, en prisión o exiliados, hubo un quiebre institucional formal que instauró un régimen cÃvico-militar por doce años durante los cuales reinó el terrorismo de Estado más descarnado y se cometieron todas las atrocidades denunciadas, entre ellas, la desaparición forzada y la sustracción de bebés.
Pero más allá de las diferencias de enfoque o de interpretación de los hechos Âinevitablemente opinables por cuanto refieren a un pasado reciente hay una diferencia sustancial entre los conflictos bélicos que enfrentaron a nuestros ancestros y las recientes décadas infames: ninguno de los protagonistas de aquellos enfrentamientos intentó esconderse en el silencio o en un oprobioso anonimato; nadie eludió la verdad y se asumieron las responsabilidades correspondientes. Ni Anacleto Medina ni Gregorio Suárez pretendieron ocultar sus barbaries, y quizá los únicos hechos que quedaron impunes sean los asesinatos de Flores y de Berro. De manera que hay que rechazar por improcedente cualquier intento de asimilar la épica de la tierra purpúrea con la barbarie incalificable del terrorismo de Estado.
En resumen, si se trata de perdonar, bueno es saber qué estamos perdonando y a quién. Parece de toda lógica Âcasi una condición sine qua non para llegar al perdón que se sepa cómo, dónde y cuándo ocurrieron los hechos. Lo de quiénes vendrá por añadidura o no vendrá; de cualquier manera, se conocen los nombres de los jerarcas civiles y militares (las figuras que ocuparon cargos relevantes durante el proceso cÃvico-militar) que impulsaron, promovieron, ordenaron o toleraron Âcómplices, en este caso las acciones que enlutaron al paÃs y envilecieron a sus autores.
Hasta ahora, la verdad se conoce parcialmente. Es preciso conocerla toda.
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