¡Buen provecho señor ministro!
JORGE R. BRUNI
Se comía. Se bebía. Era el almuerzo organizado por los dirigentes de marketing reunidos en ADM. Esa fue la oportunidad elegida por el ministro Bensión para descargar otra andanada de barbaridades económicas y sociales sobre el país.
Tal parece ser la nueva moda de nuestros gobernantes neoliberales: en tanto algunos empresarios y ciertos políticos comen y beben delante de pantalla de TV, al mejor estilo de Mirtha Legrand, el gobierno da a conocer medidas de consecuencias brutales para la vida de la inmensa mayoría de los uruguayos. ¡Qué frivolidad! Hace tiempo que lo venimos viendo.
Quizás a los concurrentes a ese tipo de almuerzos se les pueda desear ¡buen provecho! Seguramente la ingesta no les va a caer mal o tan mal.
Para otros, los del pan duro y mate con yerba usada, que comen salteado y en privado, otra es la historia. Algunos quizás tengan pan y yerba fresca, pero tendrán que tomar algún digestivo, si es que pueden comprarlo, cuando le descuenten el aumento y la prolongación del IRP anunciado por Bensión.
Otros ni se enterarán de lo que dice el ministro, «frivoludeces», como decía Inodoro Pereira, el Renegau, el inolvidable personaje del querido Fontanarrosa, ya que ni TV tienen.
Nada debería asombrarnos. Los uruguayos presenciamos y soportamos un día sí y otro también hechos intolerables, entre los cuales destacamos la elevación, como valor supremo de la sociedad a la actividad financiera bancaria, con su correlato, el secreto bancario, principio fundamental de nuestras vidas, que ha permitido entre otras cosas, vaciamientos de bancos, desviaciones de fondos, etc., etc..
Años atrás, algún banquero decía que los mercados financieros desempeñarían cada vez más el papel de gendarmes financieros y que los políticos deben comprender que están bajo el control de dichos mercados.
Pero es a otra cosa que apuntamos en esta nota. Queremos hablar de los valores sociales que trasmite este sistema corroído por la superficialidad, consumismo, ligereza, trivialidad o como se le quiera llamar, y de lo cual es un ejemplo contundente esa frívola costumbre de anuncios tremendistas dados a conocer ante ¡gente linda! que come y bebe delante de cámaras.
Alguna vez conté lo que presencié hace un año en Río de Janeiro, cuando deambulando por Copacabana, 8 de la mañana más menos, debajo de un porche de un moderno edificio, dormía lo que los uruguayos llamamos un linyera o bichicome. Cuando me enfrento a él, saca dentro de sus ropas un celular desde el cual hace un par de llamadas. ¡Así nomás!
O aquello que contaba Galeano: en pleno centro de Buenos Aires, un transeúnte cruzaba distraídamente la calle hablando por un celular. Murió aplastado por un autobús. El teléfono era de juguete.
¡A lo que se ha llegado con estos valores del consumismo!
Y ya que hablamos de almuerzos, cualquier día de estos, cuando el ministro ya no tenga más de donde sacarle plata a los pobres, capaz que se nos descuelga con algo parecido a aquella frase escrita en alguna pared de Buenos Aires por uno de esos formidables escritores anónimos que, felizmente, abundan por el mundo: ¡Combata la pobreza. Cómase un pobre! Yo no me asombraría.
¿Acaso no hace unos cuatro o cinco años aproximadamente, un presidente de Indonesia no le pidió por la TV a su pueblo que no comiera los lunes y los jueves, para poder así superar la crisis económica? ¿Cuál es la diferencia?
Qué razón tenía aquel jerarca del B. Mundial cuando decía que si las cosas seguían así (era el año 1996), en 30 años habría 5.000 mil millones de pobres en el mundo y que se producirían estallidos tal cual bomba de relojería.
Capaz que nos lo anuncian por TV ante gente comiendo y bebiendo. ¡Total! *
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