Una Rendición de Cuentas que a nadie conforma

Por fin el Ejecutivo ha enviado al Parlamento la tan esperada Rendición de Cuentas.

Apenas conocido, el proyecto de ley suscitó de manera casi unánime críticas y rechazos de todas las tiendas políticas salvo el Quincismo.

Más allá de su contenido, de su articulado concreto, resalta la desprolijidad, la improvisación, la falta de consenso o al menos de acuerdos previos de manera que el partido de gobierno y su aliado en la coalición gubernamental ofrezcan una imagen sólida que transmita un mínimo de confianza a la población.

La sorpresa fue la tónica en las reacciones de foristas y blancos, con lo cual quedó de manifiesto que ni unos ni otros conocían las medidas propuestas en la Rendición, y al mismo tiempo quedó también en claro la soledad en que se encuentra el Presidente.

Podría admitirse, en última instancia, que no se haya consultado al Partido Nacional acerca de las propuestas contenidas en la ley, ya que esta colectividad es un aliado coyuntural del gobierno; pero lo menos que podría esperarse del presidente y del equipo económico es que hubiera llegado a un acuerdo dentro del propio Partido Colorado.

Las primeras reflexiones críticas provenientes de filas blancas son compartidas por la oposición y por los sectores sociales: no hay en todo el articulado del proyecto medida alguna que apunte hacia la tan reclamada reactivación económica.

La propuesta de liquidar AFE es otra muestra patética de incapacidad. El planteo de desprenderse de una empresa pública se basa en la ineficiencia del servicio y en el déficit que genera. Pero se oculta cuidadosamente que esa situación en que se encuentra el ente ferroviario es el producto de una política deliberada para desmantelarlo y tornarlo inviable. Una práctica ya conocida que consiste en no invertir de manera de dejar morir la empresa.

Ante esta realidad, ¿qué actitud asumirá el Partido Nacional? ¿Volverán a oírse las voces discordantes, las amenazas de ruptura para luego terminar votando la propuesta bensioniana?

Con el pretexto de asegurar la gobernabilidad, el Nacionalismo se ha avenido a votar todo lo que provenga del Ejecutivo, dejando de lado incluso aspectos sustantivos de su programa de gobierno. Pero ¿hasta cuándo?

¿No es tiempo de dar un parate a la ceguera del equipo económico, de poner un freno y decir no va más, aun a riesgo de poner en tela de juicio la estabilidad de la coalición?

El Partido Nacional tiene en sus manos la posibilidad de dar el vuelco que toda la sociedad reclama. Tiene la responsabilidad histórica de decir no a una política económica cuyos resultados son la demostración más clara de que el modelo se ha vuelto ineficaz; ya no es capaz de generar crecimiento y no tiene respuestas para enfrentar y revertir una crisis como la que vivimos.

El doctor Lacalle –en tanto actual líder de la vieja colectividad fundada por Oribe– tiene la posibilidad de pasar a la historia por su responsabilidad y por su adhesión a la vieja tradición blanca inconformista y levantisca. *

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