Luctuoso aniversario
En un día como hoy, en el año 1973, el presidente de la República, con el respaldo de la Junta de Comandantes en Jefe, disolvió las Cámaras y dio inicio a un largo ciclo de gobiernos dictatoriales.
Es bien cierto que ya antes de esa fecha nuestro país dejaba bastante que desear en materia de institucionalidad democrática: ya existían, antes de la alcaldada bordaberrista, los presos políticos, la «justicia militar», las clausuras de radios y periódicos por decreto, los presos sin proceso, las torturas y las desapariciones, el avasallamiento de las decisiones de los jueces y el desconocimiento de las resoluciones del Parlamento.
Todos esos atropellos los habían cometido gobiernos colorados: el presidido desde diciembre de 1967 por Jorge Pacheco y el de su sucesor, Juan M. Bordaberry. En ambos casos, la mayoría colorada que controlaba el Poder Ejecutivo contó con el respaldo de minorías blancas para la sanción de algunas iniciativas legales. Acerca de los integrantes de este sector más de una vez en el país y en el Parlamento se escucharon las ácidas invectivas del líder del sector mayoritario del Partido Nacional, don Wilson Ferreira Aldunate, que los llamaba «los blancos baratos».
El día 27 de junio debería ser recordado también por la acción de resistencia a la dictadura más extendida y con más amplios apoyos: la huelga general convocada por la CNT y que se desarrollara luego con el apoyo de la FEUU y del Frente Amplio a través de algunas breves y contundentes cartas de su presidente por entonces, el general Líber Seregni.
Prologado por cinco años de atropellos autoritarios sobre las instituciones, el ciclo iniciado el 27 de junio de 1973 sobrepasaría en crueldad y ensañamiento a todos los episodios precedentes del siglo veinte.
La represión se ejerció no solamente sobre las fuerzas políticas contestarias y las organizaciones sindicales que enfrentaron a la dictadura sino sobre toda la sociedad.
En un trabajo colectivo realizado por mujeres en el que se evoca la vida cotidiana bajo la dictadura, «Memorias para armar», se pasa cuidadosa revista sobre un buen número de situaciones en las que la acción vigilante y punitiva del Estado terrorista uruguayo ejerció su tutela deformante e intimidatoria: la vida en el hogar y en el barrio, la acción sobre los alumnos escolares y sobre los niños, la presencia represiva en las calles y la vigilancia contra la cultura.
En una primera fase tanto Bordaberry como los mandos militares revistieron el proceso autoritario que se iniciaba de la retórica por entonces en boga en el Chile de Pinochet y la Argentina de Videla: ellos estaban, decían, desarrollando un proceso «revolucionario», una acción destinada a depurar a fondo y para siempre el sistema institucional, la vida cultural y educativa, y fundar o, mejor, re-fundar la realidad institucional del país.
La entronización del despotismo en el Uruguay actuó como un desafío y como una prueba. Muchos entusiastas «demócratas» de los viejos buenos tiempos de las vacas gordas llamaron a «desensillar hasta que aclare». Es decir, no actuar, no resistir, no criticar públicamente a los que detentaban el poder. Otros, que también alardeaban de demócratas, no tuvieron mayores reparos en aceptar cargos en el Estado o asumir ilegítimamente cargos legislativos.
Como contrapartida a esta gama de conductas obsecuentes, desde la huelga general en adelante nunca faltaron las muestras de resistencia, las expresiones de rechazo al autoritarismo, la reivindicación de la democracia para todos. Una y mil veces, dentro y fuera de las cárceles, dentro y fuera del país, se alzaron voces reclamando por la libertad de los presos políticos, contra la desaparición forzada de personas, contra las proscripciones políticas, contra el aherrojamiento de la prensa, contra el despotismo en las aulas, en la música, el carnaval y la cultura.
Los efectos de la dictadura en la vida de los uruguayos fue más profundo y más grave de lo que en un comienzo se pensó.
Por mil caminos de esa situación se ha ido saliendo y la reconstrucción histórica en curso nos permite, cada día con más amplitud y más precisión, tomar conciencia de realidades que desde el propio poder del Estado se intentó opacar. *
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