El colapso de un modelo
En recientes declaraciones a la prensa, la diputada argentina Elisa Carrió definió mejor que nadie la situación que vive su país (y el nuestro, y Brasil, y la región, y en general el mundo pobre). Dijo la líder opositora que, más que de crisis, era preciso hablar de colapso de la economía.
En efecto, las crisis son inherentes al sistema capitalista, y todos sabemos que tienen una cierta periodicidad o frecuencia cíclica. Pero precisamente en razón de ello, las crisis se superan, es decir se sale de ellas para ingresar en un periodo de bonanza de duración más o menos incierta. Se tenía la sensación –confirmada por los teóricos y estrategas del capitalismo– de que el propio sistema generador de tales crisis disponía de recursos y mecanismos que permitían la dinámica de conjurarlas y superarlas. Incluso en situaciones extremas como la guerra –concretamente las guerras europeas y mundiales–, fue posible la reconstrucción de los países beligerantes que en pocos años superaron la devastación en que habían quedado.
Pero lo que está ocurriendo en nuestra región y en los países en desarrollo en general ha asumido características inéditas que no permiten avizorar una salida ni siquiera a mediano plazo. El nivel a que hemos caído torna prácticamente imposible cualquier recuperación razonable si no se produce una ruptura con el modelo, o por lo menos una revisión seria de sus postulados.
El liberalismo a ultranza –o capitalismo salvaje, como con acierto lo llama Juan Pablo II– ha sido capaz de promover un relativo crecimiento de los indicadores macroeconómicos, exhibiendo logros en el aumento del producto bruto. Por supuesto que ese modelo liberal y aperturista siempre tuvo como contrapartida la característica de ser concentrador y excluyente; es decir que esa mayor riqueza sólo es usufructuada por unos pocos y no alcanza a todos los actores sociales, generando por tanto la exclusión de las mayorías de los beneficios del crecimiento de la economía. Desde hace treinta años aproximadamente, los popes del neoliberalismo de la escuela de Chicago aconsejan dejar todo librado a la regulación del mercado afirmando que éste por sí solo se ocupará de redistribuir la riqueza. Los alumnos criollos de tal teoría se esmeraron en repetir la misma cantilena con machacona insistencia, y a pesar del relativo crecimiento constatado en el último decenio del siglo XX, la redistribución no se produjo. Por el contrario, la brecha siguió profundizándose, el salario real fue cayendo y el desempleo siguió en aumento. Los fieles discípulos respondían que se trataba de «costos sociales» inevitables para lograr el crecimiento.
Sin embargo, en los últimos tiempos la población siguió pagando esos costos –cada vez más duros– pero ya a cambio de nada. Porque el desempleo siguió aumentando, el empleo precario también, el salario siguió bajando pero el crecimiento se detuvo. Los indicadores macroeconómicos comenzaron a mostrar un estancamiento primero y un retroceso después, hasta llegar a la debacle en que cayó el país, con productores, industriales y comerciantes arruinados, con un sistema financiero debilitado, con un grado de inversión negativo y con un alto índice de riesgo país.
El modelo está agotado. La situación uruguaya, la argentina, la brasileña, son la prueba concluyente de que ni siquiera para exhibir indicadores medianamente aceptables el modelo es eficiente.
Es un modelo perverso no ya por las brutales injusticias que conlleva sino porque se ha demostrado incapaz de generar crecimiento. *
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