Un golpe al país llamado devaluación

Es posible que no falten, después, quienes en nombre del realismo o del espíritu pragmático, traten de justificar la actitud del ministro de Economía y del Presidente de la República.

Nos adelantamos a decir que no creemos que la actitud que denotan las afirmaciones realizadas en el jornada de ayer por el titular de Economía es absolutamente inadmisible en términos de lealtad, transparencia y ética democrática.

La ruptura de la lealtad a la palabra empeñada, la cancelación unilateral del compromiso asumido desde las más altas magistraturas del país hace apenas unas semanas comporta un golpe aleve a la moral pública, con incalculables efectos destructivos de corto, mediano y largo plazo.

El incumplimiento de los compromisos asumidos desde el poder administrador hiere la confianza de la ciudadanía, no sólo la depositada en los titulares actuales del gobierno que son quienes formularon las promesas de no alteración de las pautas cambiarias, sino en la misma, en la tan delicada, función de gobernar.

Quizá sea éste el rasgo distintivo de los efectos más duraderos en lo que refiere a las decisiones anunciadas en el día de ayer por el ministro de Economía.

Asumir -como hizo el gobierno- el compromiso de no devaluar, es decir, estimular el endeudamiento en dólares y luego trabajar en silencio para imponer la medida devaluatoria, es un estilo de gestión que sólo puede provocar, por la falta de transparencia, un incremento de la suspicacia pública ante las decisiones del gobierno.

En las primeras expresiones públicas difundidas desde tiendas políticas y de organizaciones de empresarios y trabajadores, aparecen matices importantes sobre los aspectos estrictamente cambiarios, no así ante lo inusitado del anuncio. El factor sorpresa, en este terreno, no puede ser sino altamente perjudicial para un sector amplio de la población que está endeudada en dólares y la mayor parte de las veces lo está porque no tuvo otra oportunidad de obtener crédito.

Por lo demás ¿qué tipo de desarrollo -o mera subsistencia planificada- puede desarrollar un productor o una familia si en el curso de pocas semanas se cambian las reglas de juego?

¿Cuánta incertidumbre puede soportar una empresa y cuánta capacidad de asombro puede absorber el país?

Según algunas apreciaciones inmediatas formuladas por dirigentes de la Unión de Exportadores apuntan a que una devaluación puede favorecer al sector exportador que lograría mejorar las condiciones de competitividad aunque aclarando que el tipo de cambio no es el único elemento que juega en las exportaciones.

Otras reacciones iniciales apuntaron a señalar el efecto que el aumento del precio del dólar tendrá sobre el proceso inflacionario.

Todo parece indicar, en ese sentido, que el fuerte endeudamiento en dólares que prevalece en nuestra sociedad habrá de asignarle un nuevo golpe al mercado interno, generará retracción de las inversiones y a partir de esos factores continuará erigiendo obstáculos a las posibilidades de reactivación.

Además, la composición de la canasta básica, en la que aparecen insumos gravitantes que son importados, como el petróleo, la hace muy sensible al alza del precio del dólar.

El rebrote inflacionario, cuando no están previstos mecanismos inmediatos de control de precios ni de ajuste en las retribuciones personales, no conducirá sino a un deterioro aún mayor del salario real, que viene cayendo en picada en los últimos meses, degradación que ahora se ha acelerado con la aprobación de las nuevas pautas tributarias de la Ley de Estabilidad Financiera.

Dificultades crecientes con el endeudamiento en dólares, restricciones por el achique del mercado interno, retracción de la inversión, aumento de la incertidumbre, todo el cuadro parece apuntado a acentuar el estancamiento productivo y a la postergación de la puesta en práctica de mecanismos efectivos que apunten a la reactivación económica.

El carácter sorpresivo e impopular de la medida tiene finalmente otra arista, también de gran importancia inmediata y a largo plazo.

Aunque en el momento que escribimos esta nota el Partido Nacional se encuentra reunido discutiendo, todo parece indicar que una buena parte de los respaldos políticos del gobierno darán muestras de malestar ante la concentración de las decisiones en manos del grupo de poder conformado en el entorno del Presidente y del equipo económico.

La impopularidad de las medidas difundidas en el día de ayer está llamada a seguir erosionando el patrimonio político del gobierno y de los principales aliados del coloradismo: los representantes del Partido Nacional.

Es sobre esta fuerza que caerá el peso principal del malestar político y sobre sus líderes y representantes se desarrollará el inevitable desgaste de la imagen pública y la credibilidad.

Un sector significativo de la dirigencia nacionalista ya ha dado públicas y reiteradas señales de rebeldía ante la inconfortable posición en que queda instalado el Partido Nacional en toda esta larga coyuntura y los efectos delicuescentes que sobre su imagen pública irradia el pacto de gobernabilidad con el coloradismo.

El estilo fuertemente personalizado del gobierno del Dr. Jorge Batlle, las descomedidas y arrogantes actitudes de su superministro de Economía parecen estar trabajando con «facturas al cobro» dirigidas al viejo partido de Oribe.

Que una colectividad política -que durante mucho tiempo apareció fuertemente ligada en el imaginario público a la noción de descentralización, jerarquización del Parlamento, defensa de la soberanía y la identidad nacional- se vea expuesta a soportar el endoso que le asigna su principal aliado no deja de ser una de las amargas paradojas del momento político.

Para la oposición progresista, aunque a primera vista la situación podría parecer menos riesgosa, no deja de ser altamente preocupante el mantenimiento por parte del gobierno de una línea de acción que sigue dilatando la recesión económica y el deterioro económico y social.

En una perspectiva de mediano plazo, cada vez aparece como más incierto el porvenir de la economía uruguaya. Cada vez son más y más graves los problemas que desde el gobierno se empujan para adelante, hacia el futuro, en la lógica históricamente irresponsable de «el que venga atrás que arree».

Con el deterioro de la salud, la educación y la seguridad pública, el que venga atrás que arree.

Con el estancamiento productivo, el que venga atrás que arree. Con el endeudamiento externo, el que venga atrás que arree. Y así en todos los terrenos.

El horizonte de un buen gobierno al que razonablemente toda fuerza democrática puede aspirar, cada vez más se presenta no como una tarea humana sino como un quehacer titánico, plagado de incertidumbres y acechanzas. *

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