Sobre la política y los políticos

MARCELO JORGE FILOMENO

 

Formula algunas reflexiones –que queremos comentar– el señor Alejandro Pareja, en «Bitácora» de LA REPUBLICA, del jueves 13, páginas centrales, mirando a nuestro país desde España –no sabemos si en calidad de emigrante o de turista–, con críticas realizadas aparentemente para los oficialistas de la coalición de colorados y blancos, pero abarcartivas de todo el espectro político nacional, en nuestro modesto parecer.

Dice a cierta altura de su nota: «Tercero, creo que los españoles nunca hubieran elegido como presidente a alguien que fuera capaz de proponer a un aprendiz de brujo, de la calaña de Domingo Cavallo, para que coordinara la política monetaria europea. Aquí los presidentes son gente más seria y ningún jefe de gobierno europeo ha tenido que sentir vergüenza propia, ante una intervención de Aznar en foros regionales. Aquí no hay lugar para las payasadas». Las referencias a las locuras de Batlle y a los desaguisados dogmáticos y reaccionarios de Bensión son evidentes. Pero, en tren de ejemplificar sobre las prácticas de los políticos de los países del primer mundo –como España hoy lo es– podría agregar el articulista una faceta no muy difundida de los mismos: la superación de las demostraciones por la ambición del poder, como sucede en estas latitudes, donde se pelean internas feroces en todos los lemas partidarios, masacrando a buenos dirigentes y ciudadanos, que podrían aportar al bienestar común. Así, Sanguinetti «mató» a Lombardo en su interna, Lacalle «mató»a Ramírez en la suya, y quizás también a Larrañaga, y Gargano «mató» a Laguarda en interna partidaria de la izquierda.

En España, hace un par de meses, el presidente Aznar, estando su persona y su partido en la cumbre de popularidad, ejerciendo simultáneamente la presidencia «pro témpore» de la Unión Europea, siendo interlocutor calificado del mundo, con un país en auge en casi todos los órdenes, renunció a postularse nuevamente como candidato para las próximas elecciones, en las cuales –seguramente– ganaría cómodamente. Se podrá decir que, dada su juventud, se reserva estratégicamente para el futuro, pero no es un hecho aislado. Adolfo Suárez, artífice de la transición española, nunca más volvió a la actividad pública al perder frente a Felipe González, como asimismo este último, todavía joven –y brillante frente a los oscuros aparatistas que le sucedieron en su partido–, aun cuando sigue pesando políticamente, no aparenta angustiarse demasiado en la búsqueda de cargos institucionales. El único que sigue al firme es el gallego Manuel Fraga Iribarne –ex ministro de Franco y amigo de Fidel Castro– con sus más de 80 años a cuestas, presidiendo todavía el gobierno autónomo de Galicia.

Lo que sucede en España –reflexionado a raíz del artículo mencionado– nos parece sucede en general en los demás países europeos. Y ni que decir, desde luego, ante fracasos tácticos y/o estratégicos, reflejados en resultados electorales adversos. Allá, los responsables inmediatamente se van. Acá, por el contrario, redoblan los esfuerzos hacia adentro, para eliminar posibles rivales internos, aun cuando ello opere un debilitamiento conjunto hacia afuera. Y cuando hablan de renovación es para poner a algún joven dinosaurio, funcional a las viejas ambiciones. Tal como hizo, por ejemplo, Fidel, designando al joven secretario personal Felipe Pérez Roque como canciller y «purgando» al antecesor, Roberto Robaina, cuando este comenzó a ser respetado por la comunidad internacional, despertando los celos del comandante. Para los enajenados del poder no cuentan íntimamente las diferencias ideológicas y las concepciones políticas, y mucho menos, desde luego, la propia gente. Solamente cuenta la satisfacción de la ambición por el poder. Esto ha sido así desde siempre, desde antes de Maquiavelo, pero se agudiza en determinadas condiciones sociales y políticas.

De acuerdo a lo antedicho va una hipótesis sobre el porqué de las diferencias reseñadas, en los ámbitos políticos de los países desarrollados, con las prácticas políticas de los países subdesarrollados o emergentes, y adicionalmente en grave crisis como el nuestro. Aún a riesgo de parecer pueril vemos a los primeros como sociedades donde hay posibilidades de realización personal, obteniendo el reconocimiento colectivo de la sociedad, expresa o tácitamente, en los ámbitos más diversos de actividad y en grados más o menos extensos. En cambio, en nuestras sociedades decadentes y en crisis, la política se vuelve, pese a su desprestigio, en un centro de atención para toda la gente, angustiada por su peripecia vital, oteando desesperadamente una salida. En aquellos países la gente, si no quiere, no se expresa políticamente: no vota, por ejemplo, sin que ello los afecte en demasía, por el momento. En los nuestros, la gente se ve obligada a recurrir, necesariamente, a la política y a los políticos, como última alternativa de vida. Y si la política y los políticos van matando, en la lucha por el poder, a las ideas y a las personas, aun de su propio cuño, como aquí sucede, terminarán matando a toda la sociedad. *

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