Violencia habitual

CARLOS BOUZAS

 

Lo que le narraré a continuación ocurrió la semana pasada en un barrio de Montevideo. De esos que antes estaban poblados por familias obreras de las fábricas cercanas que hoy ya no existen. Los barrios donde la gente se ha reciclado en sus actividades para poder continuar con la vida familiar, sufriendo suertes variadas.

La calle es de bituminoso, las veredas de césped natural y ambas están separadas por una cuneta. Las edificaciones son unifamiliares y de muy modesta condición. En una de ellas un sastre que trabaja sobre pedidos de sastrerías del centro (cada vez más escasos) habilitó un galpón al costado de su casa para instalar un pequeño almacén y verdulería que atiende con su esposa.

En el momento del suceso el hombre no estaba. Había ido a entregar un trabajo. La señora atendió a los dos muchachos que compraron papas, zapallo, frutas y pan. Pero al cabo, en lugar de preguntar cuánto es, sacaron a relucir una pistola y exigieron dinero. La señora, ni corta ni perezosa, recogió el plato de la balanza colgante que está encima del humilde mostrador y golpeó con fuerza y repetidamente a uno de los asaltantes. Se dieron a la fuga y cuando llegó la Policía a requerimiento de los vecinos, solamente pudo tomar nota de lo acontecido.

Me explicaron que el barrio se había entusiasmado con la propuesta del ministro  que los visitó y conversó con ellos , al extremo que formaron la comisión vecinal requerida para trabajar junto a la Policía y dar más seguridad y tranquilidad a los vecinos.

Les presentaron al nuevo comisario que llegó trasladado desde otra zona con todo su equipo para asegurar un trabajo efectivo. Lamentablemente, a poco de andar se descubrió que el citado funcionario estaba implicado en un sórdido asunto de abortos clandestinos. Hoy, junto a su equipo, está detenido y procesado. Los vecinos renunciaron a la fe inducida por el ministro y dejaron de concurrir a la mentada comisión vecinal.

Pero como la violencia y la inseguridad continúan (recuerde el episodio narrado unos párrafos más arriba), muchos han optado por armarse; y lo que es más grave aún, algunos predican la necesidad de realizar acciones preventivas por iniciativa propia, castigando de manera ejemplar a los responsables de la violencia, que creen tener identificados. Como usted puede imaginar, con las mejores intenciones, podremos estar, en breve, ante una especie de liga de defensa vecinal o justicia por mano propia. Las fronteras se vuelven tan imprecisas en esos casos que, sin que nos demos cuenta, podremos asistir al nacimiento de especies de escuadrones de la muerte.

Fíjese usted si será necesario una acción eficaz y, más que eso, una confianza genérica en la Policía, la nuestra, la de todos los días, la civil. Los esfuerzos del ministro en ese sentido son encomiables y merecen el apoyo. Los resultados, sin embargo, han sido muy magros hasta ahora.

Y todo eso me viene al caletre porque los episodios como el que le conté ocurren a diario de manera repetida en Montevideo, principalmente, aunque no son extraños en el resto del país.

Sin embargo, mientras la coalición de gobierno no actúa decidida y positivamente para apoyar los esfuerzos del Ministerio del Interior que se realizan de manera civilizada y con vocación republicana, salta como pelota, agranda y hasta inventa oscuras intenciones desestabilizadoras frente a posiciones aisladas que se arriman al reparo de las legítimas protestas convocadas por las organizaciones populares más representativas, ante el agobio que produce la mezcla de terquedad y soberbia de que hace gala el gobierno que padecemos.

De ahí que me haga eco de las palabras de la esposa del sastre reclamando por qué no se dejan de embromar y en lugar de satanizar el descontento popular de sólida base real, se dedican a buscar soluciones entre todos para los problemas más graves y ponen un dique civilizado al crecimiento de la delincuencia con marginación.

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