Consecuencias de la gaffe presidencial

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

Por encima de las bromas de rigor y las ironías naturales que los exabruptos presidenciales produjeron en cualquier mente sensata, excluidos los partidismos tontos justificantes del despropósito, hay que medir las consecuencias de las expresiones –fueron varias y ninguna benévola– de nuestro Presidente Batlle.

El principal destinatario, la Argentina. No fue la clase política específica, sino todos los argentinos desde el primero al último. Sic. Si no lo hicieron, lo van a hacer y es sacar la conclusión por unanimidad del daño lógico ocasionado. Sin perjuicio de los aspectos patrióticos y el razonable «amor propio» ofendido por considerárseles una «manga de ladrones» (sic), en el momento más crítico en el que están sumergidos, un caos financiero espantoso, necesitando a nivel internacional créditos y ayuda desesperadamente, un Presidente de un país limítrofe, allegado afectuosamente a su historia, asegura hasta con énfasis y reconocida indignación que son un hato de ladrones, todos.

Por añadidura, asegura que no se puede confundir ni comparar a la Argentina con el Uruguay.

Aun cuando fuese cierto, que obviamente desde su punto de vista no lo es, ni al que asó la manteca se le ocurre decirlo.

Demuestra un desprecio supino y hasta un grado de superioridad moral e intelectual ofensivo fuera de lugar y disparatado. Flaco favor le hizo don Jorge a su «amada Argentina» ante los organismos internacionales y demás potencias crediticias a las que los porteños les están clamando ayuda.

Queriendo tapar el cielo con un harnero, se dice que el 58% de los porteños consultados le dan la razón a Batlle. Insisto: aunque sea cierto a medida que pasen los días y los ánimos se enfríen, ese 58% pensando, se darán cuenta de la enormidad y se indignarán como corresponde.

Esa factura no la tendrán que pasar. Una cosa es ganarles un campeonato o partido de fútbol, y chichonear con que Gardel, Leguisamo y La Cumparsita son uruguayos, cosa que es cierta, y bromas propias de rivalidades deportivas de vecinos, y otra muy distinta tocar el «honor nacional» que los argentinos tienen exacerbado y a mi gusto hasta con razón, como es el denigrar la dignidad y ética del pueblo.

Hoy no tienen más remedio que poner cara adusta, como hizo Duhalde. No están en condiciones ni siquiera de tomar represalias contra nosotros que somos «chiquitos». Pero algún día saldrán de sus problemas. Siempre que llovió, paró. Y ese día en cambio puede llovernos a nosotros. Un jefe de gobierno medianamente inteligente y preparado debe preverlo. Es su obligación. Pero además, sin perjuicio de lo afirmado sobre la Argentina, todo lo hecho a posteriori por don Jorge, es tan desgraciado, denigrante y hasta ridículo que deja al Uruguay ante el mundo en una situación de postración, angustia y humillación rayana en el ridículo. Corre como «gurí» chico a la casa del «patrón» a excusarse en actitud rogatoria.

Obsérvese la «triste» foto de Batlle de pie «inclinado» en actitud poco menos que babeante ante un adusto Duhalde, sentado, que le tiende la mano sin siquiera mirarlo. Es brutal. Pero más brutal, si pensamos que tienen razón.

Las carcajadas, no ya de Fidel, otro que Batlle quiso denostar tratándolo de «viejo chocho» a la vuelta de la reunión de presidentes, sino del mundo entero incluyendo programas satíricos como el de Tinelli, están recorriendo el universo entero. O sea, no es un presidente que dura un quinquenio y se va (por suerte) sino la imagen del país el que sufre el natural menosprecio que a nivel diplomático aunque se quiera negar por naturales razones políticas, queda sin dudas. Estos son hechos lamentables, que en países serios, no en gobiernos de republiquetas bananeras como el que ha dado la impresión el divertido Batlle, amerita renuncias.

El último capítulo es para el «impoluto» (según Jorge) sistema político uruguayo. Ha habido un silencio absoluto de los responsables de la coalicióin que puede muy bien ser tomado como solidario, aunque no lo sea razonablemente. Quien calla otorga. Da la impresión de que, como cuzcos rabones se escondieron en el pajonal, vichando de lejos para no ligarse una patada en el trasero. Es peor la enmienda que el soneto. Hay que reprobar la actitud presidencial que no tiene defensa ni justificación sin que ello signifique pegarle al caído, pues no conozco ningún colorado caído. Terminan revolviéndose y mordiendo como una cascabel o crucera. Hay que marcar distancia del despropósito; es salvar la responsabilidad del país. No con la pasividad del silencio sino con la activa discrepancia que manifieste que el pueblo oriental y sus dirigentes no son solidarios con semejante afrenta. Y en última instancia, llamar a responsabilidad a quien deja a la nación en posición desairada y de consecuencias futuras impredecibles. No es tremendismo; es sólo sentido común. *

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