La arterias endurecidas de la democracia
Aunque el lenguaje metafórico no siempre es el mejor para el comentario político, la imagen de una democracia con dificultades de «irrigación», donde la ideas y las noticias circulan con lentitud y no siempre se instalan en los centros de decisión, tiene una cierta pertinencia.
La nuestra es una democracia con serias dificultades de circulación: el sentir popular, la opinión ciudadana, tienen muy pocos cauces por los cuales expresarse y muchos menos aún para lograr que su opinión sea tenida en cuenta.
Veamos, por ejemplo, lo que ha ocurrido con la movilización cívica tendente a la convocatoria de un referéndum contra dos artículos del presupuesto nacional los ya célebres 612 y 613– que habilitaban la privatización de algunos servicios de Ancel.
Siguiendo las prescripciones emanadas de la «escuela del poder» que blancos y colorados han venido construyendo en estos años de co-gobierno estrecho, de verdadera simbiosis en el poder, durante los primeros meses de la campaña, desde el oficialismo se ignoró la iniciativa: las arterias tapadas para la recolección de las firmas necesarias para la consulta democrática.
Pese a eso, a corazón batiente, las firmas se alcanzaron y el alto número exigido por la Constitución fue sobrepasado largamente y antes de la fecha indicada.
Dieron inicio entonces otros movimientos gubernamentales destinados a lograr el mismo objetivo: evitar un pronunciamiento ciudadano sobre las privatizaciones anunciadas.
¿Qué caminos quedan para transitar? ¿Qué instancias de deliberación y decisión se le ofrecen a la ciudadanía?
Las decisiones del bloque blanco y colorado en el poder son democráticamente inapelables.
Como surge de las actas parlamentarias cuando la iniciativa de privatización de Ancel recibió su sanción legislativa, tampoco el debate en el Poder Legislativo significó una instancia que permitiera un conocimiento público exhaustivo, circunstancia que fue reconocida por los propios legisladores de la mayoría blanca y colorada.
Una reflexión análoga se podría hacer con relación a otras decisiones del gobierno del Dr. Jorge Batlle, donde la iniciativa y la última palabra la tiene invariablemente el Poder Ejecutivo. Una vez producidas las consabidas reuniones entre Batlle y Lacalle una mayoría parlamentaria apática y sumisa, sanciona en silencio las normas que vienen de las cimas del poder.
A resultas de todo esto, y de su errática política exterior, y a su incapacidad para avanzar en soluciones, el gobierno de Batlle que ganó la elección a caballo de su negativa de votar nuevos impuestos, conoce ahora un momento de caída en picada del apoyo popular.
Sin embargo, en esta democracia de arterias taponadas hay muy pocas posibilidades para que la población exteriorice sus reclamo, dé rienda suelta a su protesta y su disgusto.
Una parte considerable de la información política está en manos de emisoras de televisión cuyos propietarios son dependientes del poder político. Permanentemente el espacio en la pantalla chica está ocupado por los que desde dentro o fuera del gobierno tienden a reproducir sus puntos de vista.
La excepción son las radios o mejor dicho algunas radios de Montevideo y de un buen número de ellas en el Interior: los programas que se abren a la participación de los oyentes son cada vez más numerosos, cada vez más escuchados, cada vez más ricos en la calidad de la comunicación que producen.
A diferencia de la televisión, las radios que así actúan funcionan como mecanismos de «irrigación», como arterias que vivifican al cuerpo social.
Es algo. Frente a eso sigue faltando la vida interna de los partidos en el gobierno y tantos otros atributos esenciales a la democracia.
Cabe preguntarse: ¿qué pasa con los devotos de la elecciones libres?
¿Por qué ni los blancos ni los colorados realizan elecciones para elegir autoridades? ¿Por qué no se reúnen públicamente sus convenciones para discutir, por ejemplo, de política económica, ajuste fiscal y otros temas de interés nacional?
Serían también buenos mecanismos para contrarrestar el endurecimiento de las arterias de nuestra democracia. *
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