Fútbol: otra frustración

Nadie duda que el sufrido pueblo uruguayo no se merecía el fracaso de nuestra Selección mayor. El fútbol –que algunos intelectuales consideran equivocadamente el opio de los pueblos– es uno de los pocos ámbitos en que la sociedad uruguaya en su conjunto puede recuperar la alegría y encontrar un motivo para festejar.

En medio de la crisis brutal que padecemos, con una juventud sin horizontes que elige el exilio, con un gobierno que no ofrece perspectivas creíbles de recuperación, un campeonato de fútbol puede resultar la oportunidad no para anestesiar a las masas sino para devolverles algún motivo de regocijo.

No es cierto que los éxitos deportivos sean capitalizados por el gobierno y sirvan para que la gente olvide las penurias de una administración frívola e inepta. El Mundial de 1978 que conquistó Argentina en medio de la represión más feroz desatada por la dictadura militar no fue óbice para que la resistencia continuara hasta terminar con ella cinco años más tarde. La vieja consigna romana de mantener al pueblo sometido y de evitar toda protesta dándole «pan y circo» se repite irreflexivamente sin advertir que la realidad indica otra cosa. Si los motineros uruguayos creyeron que la obtención de la Copa de Oro (o Mundialito, como se le llamó) por la Selección celeste en 1980 los afianzaría en el poder, buen chasco se llevaron en noviembre de ese año, cuando su proyecto de perpetuarse mediante una constitución abominable fue aplastado por el voto negativo del electorado.

Es que la gente, aun en medio de las peores crisis –y tal vez especialmente en épocas aciagas–, tiene derecho a vibrar con los éxitos deportivos. A gozar con la habilidad de un mediocampista, a disfrutar de una jugada bien hilvanada, a emocionarse con el balón impulsado por un delantero inflando la red de la valla adversaria.

Después de doce años sin intervenir en lides mundialistas, la Selección nacional logró –aunque agónicamente, bueno es reconocerlo– participar en la justa. Nadie sensatamente se hacía demasiadas ilusiones respecto de la performance del combinado, pero todos los uruguayos, en su fuero íntimo, abrigaban la esperanza de que el cuadro hiciera por lo menos un papel decente.

Sin embargo, al igual que en México en 1986 y en Italia cuatro años después –y a pesar de contar con jugadores de buen nivel– nuevamente hoy, una dirigencia errática y los desaciertos en el ámbito de la dirección técnica hicieron que se frustraran las expectativas y esperanzas de la hinchada. Los partidos de este Mundial que hemos visto por televisión han mostrado que, salvo excepciones, hay un nivel bastante parejo y que ninguno de los participantes se destaca muy notoriamente del resto. Sin embargo, los caprichos –o los intereses extradeportivos en juego– las rencillas, los enconos fueron suficientes para que una vez más se malograran esfuerzos y se desperdiciara la oportunidad de pasar la serie y seguir disputando la copa. El último encuentro ante Senegal (el segundo tiempo) demostró que la Selección nacional podría haber hecho otro papel, más decoroso, menos timorato. Y demostró además que la famosa garra nada tiene que ver con el juego brusco, sucio o desleal, sino que debe ser tomada como sinónimo de templanza, de coraje y de vergüenza.

Hacemos votos por que este fracaso que no nos merecíamos sirva para hacer reflexionar y para no repetir errores. *

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