El que no llora no mama….
JULIO CESAR MARTINEZ – Periodista
Sin lugar a dudas usted, señor Presidente, es el genio de los milagros. Lamentablemente para nosotros los orientales, no de los milagros que necesitamos, como por ejemplo podría ser el de una riqueza repartida equitativamente, o de una justicia social para todos, o de tantas y tantas cosas que usted y el sistema al que representa le deben desde hace infinidad de años a este sufrido y yo diría casi estoico pueblo oriental.
Su milagro ha sido, señor Presidente, lograr en plena disputa del Campeonato Mundial de Fútbol, acaparar las primeras planas de toda la prensa mundial, las mejores imágenes de las principales cadenas noticiosas mundiales y en el Río de la Plata (léase Argentina y Uruguay) conseguir que las casacas blanquicelestes con el Bati y su orquesta sinfónica y la celeste con el Chino y su conjuntito «de todos los ritmos», tipo bandita tropicalera, pasaran a ser noticias de segundo orden ante su intempestiva, inédita y sobreactuada declaración con respecto a su colega Duhalde y todo el pueblo argentino en su conjunto. Declaración, ya le digo, sobreactuada que fue luego rematada estrepitosamente por una lacrimosa entrevista de un sumiso individuo ante un arrogante interlocutor que por primera vez en la historia ha logrado que la figura de un Presidente de la República Oriental del Uruguay tenga que humillarse gratuita y dolorosamente ante un gobierno extranjero y los ojos asombrados de toda la opinión pública mundial.
Quizás, entre otras cosas, haya perdido usted, señor Presidente, su siempre ponderada buena memoria, por lo que quisiera recordarle, por ejemplo, la situación que debieron afrontar el doctor Federico Fasano y su hermano Carlos Fasano, acusados de ofender la moral y la dignidad de un presidente extranjero cuando el famoso caso Wasmosy, entonces primer mandatario de la República del Paraguay, que costó incluso un tiempo de reclusión para ambos colegas. O, para acercarnos más en el tiempo, su propia indignación cuando reaccionando ante las expresiones del gobernante cubano Fidel Castro, dirigidas pura y exclusivamente a su persona y no al pueblo uruguayo en su conjunto y en respuesta a otros dichos suyos fuera de lugar, usted manifestó que toda ofensa que se le infiriera al Presidente de los uruguayos era una ofensa a todo el pueblo, porque con su investidura representaba al conjunto de la comunidad nacional. Y, paso siguiente, ordenó apretar el gatillo de la ruptura de relaciones diplomáticas con el gobierno cubano.
Le pregunto, señor Presidente, de acuerdo a sus propios dichos y a sus propios conceptos de lo que es y no es una falta de respeto a los hombres y las instituciones de una nación, ¿qué cree que debió haber hecho el gobierno argentino?
Pero esta carta, señor Presidente, tiene otro motivo, no el de reprocharle sus dichos, porque usted a pesar de su humillación pública seguirá siendo soberbio y autosuficiente, profundamente egocéntrico y personalista en sus decisiones, sino para pedirle algo con toda la humildad posible: Por favor, limítese a gobernar, a «durar» este período en el que no tenemos más remedio que soportarlo en su cargo de primer mandatario, pero no nos siga comprometiendo con sus actitudes extemporáneas, fuera de lugar, absurdas, y por lo vivido estos días, indignas de nuestra historia, una historia transcurrida sin arrodillarnos jamás (hasta ahora) ante nadie, e indignas también en cierto modo de la historia de su propia familia, que supo darle a nuestro proceso cívico institucional hombres probos e inteligentes que fueron de los forjadores de nuestro desarrollo como país. A nadie le enternecieron sus lágrimas, señor Presidente. A nadie, le aseguro, y fueron esas lágrimas lloradas ante millones de telespectadores en el mundo, un hito histórico que deberá seguramente marcarse para dolor de nuestra soberanía y de nuestra realidad como pueblo independiente.
Y cuando termine su período presidencial, cuando la democracia imponga un severísimo voto castigo y reflexivo y termine la prevalencia de su partido en el gobierno, se hará un balance final y seguramente allí nos daremos cuenta de que entre otras tantas cosas a recuperar después de su administración, será necesario recomponer la imagen de un país que ha tenido muchas gestas gloriosas en su historia, muchos hombres dignos y los sigue teniendo, como para aparecer ante el mundo con una imagen distorsionada como la que ha recreado usted con su actitud. Si Discepolín volviera a escribir su Cambalache en el siglo XXI, quizás debería cambiar algunas cosas, pero, por lo visto, no aquello de que «el que no llora no mama…»
Si creyera en Dios, le pediría que lo perdone Sr.Presidente, pero para su desgracia, entre otras cosas, soy ateo. *
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