Las consecuencias del triunfo amarillo

Desde 1958 hasta 1973, nuestro país vivió quince anos de punzantes enfrentamientos entre las clases sociales antagónicas en esta sociedad. La forma de acumulación capitalista que había prevalecido en la primera mitad del siglo se derrumbaba y el capitalismo uruguayo –así como a nivel regional e internacional– entraba en una crisis estructural de proporciones y las distintas clases sociales se alineaban, buscando una salida que se fue polarizando, teniendo puntos álgidos en la lucha por la automonía universitaria, el Congreso del Pueblo-Fundación de la CNT, anos 68-69 con las movilizaciones obreroestudiantiles y 1971 con la fundación del Frente Amplio y su primera presentación electoral y 1973 con el golpe de Estado cívico-militar y la resistencia del movimiento popular al embate reaccionario.

Por un lado trabajadores organizados para defender sus salarios, sus fuentes de trabajo, derechos sindicales y democráticos, junto a ellos, los estudiantes desarrollaban poderosas movilizaciones –con similitud a lo que sucedía en todo el mundo–, no sólo reclamaban una mejor ensenanza, sino también «un mundo mejor» y empujaban –junto al movimiento obrero– una propuesta democrática, popular y antiimperialista. Los partidos blanco y colorado se dividían en torno ya no sólo a la salida económica a la crisis, sino frente a la represión con la que el gobierno de Pacheco respondía a los reclamos del movimiento popular. Así, distintos dirigentes de los partidos tradicionales e incluso militares que no estaban dispuestos a participar de la represión, rompían con la derecha y pasaban a engrosar la columna política que luego junto a la izquierda tradicional conformarían el Frente Amplio.

Del otro lado, la derecha se dividía entre una propuesta fuertemente represiva –que terminaría primando–, que confluiría en el golpe de Estado cívico-militar y sectores más liberales –como el de Gutiérrez Ruiz– que terminarían, además de estafados electoralmente, sin espacios políticos propios reales y reprimidos también.

La lucha de clases, inherente al sistema capitalista, «salió a la superficie». No hubo una guerra en el sentido convencional de la palabra. Para ello se necesitan dos ejércitos en similares condiciones. No se puede apelar a ese concepto, o al de los «dos demonios» o a otros preceptos similares, porque en medio de enfrentamientos armados laterales, en el centro de la escena política estaba la lucha del movimiento popular, en defensa de la democracia, que tenía como «herramienta» principal, la movilización y organización de la gente. Y sobre todo porque la derecha más recalcitrante, en confluencia con los mandos del ejército, usó el aparato del Estado, que en teoría es de todos, contra la misma sociedad, instalando un estado de terror, persecución, cárcel, tortura, desaparición y muerte. Y esto no fue en medio de ninguna lucha armada de nadie y para probarlo, simplemente habría que recurrir al currículum de todos los desaparecidos, muertos y torturados por la dictadura y el pachecato, para ver cuántos de ellos habían participado de la lucha armada.

La inmensa mayoría dirigentes obreros, funcionarios y estudiantes; maridos o mujeres de éstos; hijos recién nacidos o aún en el vientre de sus madres; comunistas, anarquistas, trotskistas, nacionalistas. Y estos companeros y companeras no eran ni son culpables de nada. Y quienes luchamos por una propuesta democrática, popular antiimperialista y socialista para nuestro país no tenemos ningún tipo de responsabilidad en lo sucedido. Los responsables, los que cometieron delitos de lesa humanidad, son los responsables y ejecutores de la dictadura, que debieron ser juzgados, para lo cual la Ley de Caducidad fue un poderoso obstáculo.

La aparición de la nieta del poeta argentino Gelman, y la estrategia de Batlle respecto de los desaparecidos, nos coloca frente a disyuntivas complejas. La recuperación de un desaparecido siempre nos llena de una profunda alegría personal, social y política. Lo ha sido con todos, pese al dano irreparable que se ha hecho con ninos –hoy adultos–. Y la primera pregunta que resurge: ese dano individual, familiar y colectivo ?es sano que quede impune? ?No es el único remedio juzgar –en sus diversas formas– a los responsables de las atrocidades?

Todas las propuestas que se oyen, excluyen la justicia. Las más serias, insisten con la verdad, por lo menos. Las más moderadas en la actualidad, sólo se preocupan con los aspectos legales de declarar muertos a los adultos y buscar a alguno de los ninos. La propuesta de Batlle, además es utilizada como «cortina de humo» para su propuesta político-económica. El nuevo look de la derecha hegemónica es un «Batlle refundador de la nación oriental» y distinto de Sanguinetti. Ya conocemos a este Batlle, es la otra cara de la «moneda Sanguinetti». Dicho sea de paso Lacalle aparece en «chiquito» en ambas caras. El relevo de su cargo –como sanción– del general Manuel Fernández, jefe del Estado Mayor Conjunto por sus declaraciones en el Semanario Búsqueda, no debe encubrir que lo fundamental son los graves conceptos que vierte en ese reportaje, que muestra que los militares no sólo no están arrepentidos, sino que se preparan para una guerra contra el 40 % de la población –la encuentrista– que consideran «el enemigo», que no sólo no quieren dar datos, sino que no tienen en cuenta la discusión porque saben «que a la larga o a la corta, vamos a tener que pelear de vuelta».

El teniente general (r) Daniel García, más «democrático él», dice que todos debemos arrepentirnos. Hubo miles de companeros/as que sin ser culpables de nada pasaron por las mazmorras de la dictadura, en tanto que ningún militar torturador asesino y/o secuestrador, pasó ni media hora en una celda por ello.

La Ley de Caducidad dejó como principal consecuencia la impunidad. La sociedad tiene derecho a reconsiderar la «rémora amarilla» a la luz de una nueva época y de las consecuencias de todo tipo que ha traído la impunidad. Depurar un organismo del Estado de ese «cayo gorila», es un paso ineludible para construir cualquier democracia.

(*) Miembro del CC del PST e integrante de la Mesa Política del FA representando a la Corriente de Izquierda

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