El suceso del liceo 32 como llamado de alerta

La agresividad entre los jóvenes

Viernes 07 de abril de 2000 | 12:00
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En estos últimos días un hecho conmovió a la opinión pública. En un liceo de un barrio de clase media se produjo un incidente que tuvo como protagonista a un joven de 14 años que “rapiñó” la merienda a otro estudiante mediante amenazas con un arma de fuego.

Es cierto que pronto se aclararon las circunstancias y las características del episodio, que en un principio apareció como un hecho de la crónica roja y generó explicable alarma entre la población. Aparentemente, todo no fue más que una broma más o menos inocente ideada por un adolescente que no había exhibido hasta entonces conductas violentas o peligrosas, y en modo alguno debe pensarse que estamos ante un liceal “infanto juvenil”. No se trata de marginales sino de jóvenes de clase media con una aceptable inserción social.

A pesar de tratarse de un hecho aislado, creemos que este tipo de conducta debe ser tomado como un toque de atención a toda la sociedad y, sobre todo, a las autoridades (MEC, Iname, Codicen) cuya responsabilidad es velar por la salud moral de la comunidad. Y decimos esto porque desde hace unos años se ha ido constatando un fenómeno preocupante: la paulatina instalación de ciertas pautas de comportamiento agresivo en el relacionamiento de los jóvenes entre sí; parecería que las normas de convivencia pautadas por valores considerados inconmovibles de respeto recíproco y de tolerancia han ido cediendo el paso a conductas que pretenden emular patrones ajenos en los que prevalecen la agresividad y la violencia.

Y conste que no nos referimos a la violencia de las actividades delictivas. No estamos hablando del auge de la delincuencia y de la aparición de nuevas formas delictivas que han generado la sensación de inseguridad reinante en la sociedad. Estamos hablando de conductas más sutiles o por lo pronto menos ostensibles que la violencia de un copamiento, por ejemplo, o de la agresión de una patota. Los jóvenes han encontrado una forma de relacionarse, de establecer vínculos, en que prima la agresividad verbal y en muchos casos física. Destrato, insultos, burlas hirientes, son moneda corriente en el relacionamiento de los adolescentes actuales. Incluso en ese contexto debe verse la costumbre ya definitivamente aceptada (importada vaya a saberse de dónde) de enchastrar con huevos y harina a quienes celebran su cumpleaños. Se trata de una práctica con un fuerte componente de agresividad, al lado de la cual, los tirones de oreja de antaño se convierten en una caricia inocente.

Sería ridículo atribuir este cambio en el comportamiento de los jóvenes al capitalismo salvaje o al neoliberalismo. Es cierto también que la violencia es un componente insoslayable del alma humana. Pero nadie puede dudar de que estamos ante un síntoma inequívoco de que la civilización está agotada.

Entendemos que más allá de la emulación de comportamientos foráneos a que se dedican los jóvenes merced a lo que muestra mayoritariamente la televisión, los valores (o más bien, los disvalores) propuestos como paradigmas por el mundo posmoderno y globalizado (individualismo extremo, espíritu competitivo) no son los más adecuados para generar conductas solidarias, tolerantes o, por lo menos, corteses.

Por lo mismo, consideramos equivocada la respuesta del nuevo ministro de Educación, para quien el suceso del liceo 32 exige “aplicar las sanciones más severas, las que deben repercutir en el infractor y en su familia”. Mientras se siga apostando a la represión y a las soluciones meramente punitivas, no se atacará la etiología del mal, cuya terapéutica demanda la adopción de polítcas culturales y educativas que apunten al rescate de los valores humanos.

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