En medio del amplio espectro de reacciones suscitadas por el encuentro de la nieta de Juan Gelman han surgido las opiniones más encontradas, más opuestas en su contenido polÃtico y filosófico, cosa explicable y por demás deseable en una sociedad abierta y proclive al examen crÃtico de la realidad.
En medio de la exteriorización de este amplio catálogo de puntos de vista también irrumpió ayer, a través de un reportaje publicado en el semanario “Búsqueda”, la opinión de un alto oficial de las Fuerzas Armadas, el jefe del Estado Mayor Conjunto, general Manuel Fernández.
A diferencia de otras opiniones de procedencia militar (como las del general Daniel GarcÃa, ex jefe del Ejército, del general Antonio Cirilo o del brigadier Carlos Pache) los decires de Manuel Fernández provienen de un jefe en actividad, un militar con mando al que el ordenamiento institucional del paÃs prohÃbe expresamente “ejecutar cualquier acto público o privado de carácter polÃtico, salvo el voto” (artÃculo 77 de la Constitución de la República.)
Más allá de esta clara y fundada inhibición constitucional, que por sà misma habilita la inmediata remoción del jerarca, vale la pena detenerse no sólo sobre la forma sino también sobre el contenido de algunas expresiones del jefe militar.
Manuel Fernández, preguntado sobre si “la idea de Batlle es averiguar sólo el paradero (de los desaparecidos) y no seguir profundizando, responde: “No. Yo, como conozco al enemigo, pienso que no. (…) Le llamo enemigo porque no hemos hecho las paces. Aquà no hubo cese de hostilidades ni hubo absolutamente nada”.
Agrega que no sabe si el presidente Batlle se va a hacer eco de ese “enemigo”.
El enemigo (sostiene) cuya doctrina es el marxismo leninismo, cree que la “polÃtica es la continuación de la guerra por otros medios”.
Cree el general Fernández que “ellos (“el enemigo”) no pudieron obtener el poder por las armas y ven que se acerca el momento en que lo pueden obtener por la vÃa del sistema democrático republicano de gobierno (…)
Agrega que “a la mayorÃa de los militares (les) importa un pito cómo viene la mano (…) porque a la larga o a la corta, vamos a tener que pelear de vuelta. La cosa está pasando de claro a oscuro (sic). Ya hemos dejado muchas pilchas del apero por el camino. Está la enseñanza entregada, están todos los gremios en manos del enemigo, asà que esto es caótico y hay muy poco para hablar”.
Como se puede apreciar, el general Fernández tiene una visión de la realidad en la que el tiempo se ha detenido.
Para Fernández todo está igual a como él veÃa las cosas hace veinte o treinta años.
Más que un funcionario del Estado uruguayo, el general Fernández recuerda la saga de algunos soldados del Ejército japonés que durante los combates se perdieron en los bosques de algunas islas del Océano PacÃfico.
Quince o veinte años defendiendo sus armas en las selvas solitarias, apartado del mundo, sin ninguna noticia de lo que sucedÃa, el soldado del Emperador del Japón vuelve a la “superficie” en los años sesenta.
Y cree, el leal pero desdichado combatiente japonés, que la guerra continúa. No sabe nada de la paz, del desarme, de los nuevos alineamientos que en el mundo existen.
La mentalidad disciplinaria nipona, el adiestramiento feroz en el ejercicio de la obediencia y los silencios y asechanzas de la selva engendraron esa patética situación del combatiente de una guerra terminada.
No resulta tan fácil explicarse que un jerarca militar uruguayo no sepa lo que ocurre en el mundo y en su paÃs. Que ignore que “no es su enemigo” el 40% del electorado del paÃs. Que no es una “conquista del enemigo” el gobierno progresista de Montevideo que ya cumplió diez años.
La decisión del Presidente de la República, en acuerdo con el ministro de Defensa en ejercicio de las facultades de comando que le otorga la Constitución, es totalmente compartible. Las sanciones disciplinarias y el relevo del general Fernández es un acto de reafirmación del orden legal vigente y significa la primera expresión de ejercicio de las potestades del poder polÃtico institucional sobre los desbordes verbales de algunos individuos pertenecientes al estamento militar en muchos años.
No haberlo hecho, haber permanecido indiferente ante los excesos verbales del jerarca militar hubiera conllevado un factor de desmoralización sobre el conjunto de la institucionalidad democrática.
El hecho constituye un nuevo paso positivo y promisorio de esta administración.
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