Se ha abierto la caja de Pandora

Jueves 06 de abril de 2000 | 12:00
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El encuentro de la nieta de Juan Gelman, que tan hondo significado ha tenido para la gente en nuestro país, que tanto ha estimulado y conmovido, ha alborotado el avispero de la prensa y de algunos bienmandados del carrerismo político.

En la valoración de lo actuado en el caso Gelman por parte del Poder Ejecutivo y en el tratamiento de los temas pendientes (el resto de los ciudadanos desaparecidos) se va produciendo una suerte de singular deslizamiento.

Este deslizamiento consiste en sentar en el papel de “obstáculos” a las víctimas, es decir, a los familiares de los desaparecidos y en el papel de víctimas a los responsables del silencio oficial durante quince años.

A partir de afirmaciones tan extravagantes y descocadas como la que estampa como comentario editorial El Observador de ayer miércoles: “los encuentristas se relamen al considerar a Sanguinetti mal parado”.

¿Qué se está sintiendo o se está pensando sobre el drama de los desaparecidos y la lucha por saber de ellos cuando se pretende el reduccionismo politiquero y publicitario de una cuestión de la “izquierda versus Sanguinetti”?.

Hasta qué punto de frivolidad y ligereza se ha dejado llevar el alma quien se pregunta si “Junto al propósito de esclarecer el paradero de la joven, ¿estuvo presente de una u otra parte la intención deliberada de perjudicar políticamente a Sanguinetti?” (El Observador, 5-04-00)

En esta misma línea no están faltando quienes pretendan endilgar responsabilidad “a quienes obtuvieron los datos y no se los pasaron a Sanguinetti”.

Este desopilante peregrinar retórico apunta a concluir que Sanguinetti fue víctima de una maniobra urdida para perjudicarlo.

Tal alegato da vergüenza ajena.

¿Por qué el ex Presidente no puso nunca en funcionamiento los mecanismos habilitados por la jerarquía y el reglamento para preguntar real y efectivamente qué tenían para decir los oficiales enunciados por Juan Gelman en 1999 y por organismos de derechos humanos y familiares desde 1976?

¿No hay acaso, en las declaraciones presentadas ante la comisión especial de la Cámara de Representantes que funcionó en nuestro país en 1985, referencias por demás claras a ciudadanos, hombres, mujeres y niños, secuestrados en Argentina y, en algunos casos, trasladados a Uruguay?

Poner el acento en cuáles son las pistas y los datos y las circunstancias que se manejaron en este caso, pretender que el momento que se vive es una suerte de capítulo de una novela de detectives, es contribuir a perder de vista el hilo principal del problema: aquí sigue en juego el problema de la búsqueda de la verdad y en el camino para encontrarla hay hechos que hablan por sí mismos.

Durante largos años Sanguinetti hizo todo lo posible porque la situación de los detenidos desaparecidos fuera olvidada, sus nombres y su recuerdo enterrados, las aspiraciones de sus familiares desoídas. ¿O no ha sido así?

Para hacerlo deformó la realidad, escondió datos, protegió y ascendió en las Fuerzas Armadas a hombres acusados de secuestrar y desaparecer uruguayos. ¿O no es así?

El nuevo titular del Poder Ejecutivo ha marcado una actitud completamente distinta, esencialmente distinta.

Desde su primer discurso, hasta la receptividad a Gelman y su búsqueda, a Gelman y a su hallazgo.

El tema es de índole moral. Es ético. En ese campo, terreno de la conducta que existe, por si algunos lo han “posmodernamente” olvidado, no tiene el menor sentido pensar que alguien pueda ser “jorgista” porque reconoce lo positivo de los cambios y que –contrario sensu– a alguien lo vaya a motivar en estas peripecias el anti-sanguinettismo. Plantearlo en estos términos, no es más que una ordinariez.

Dicho de otro modo: no falta quien pretende que existe gente, prensa y partidos de izquierda a quienes les interese más señalar las responsabilidades culposas del “hombrecito de las cejas en ramas”, como lo describe un diario argentino, que la búsqueda de la verdad.

Estos “divertimentos” están destinados al fracaso.

Aquí se ha abierto la caja de Pandora.

Ahora hay que bregar para que salga a luz la verdad.

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