El viejo liberal y Artigas
Escribe Rubén Martínez Huelmo
En los últimos días reapareció el artiguismo como modo de interpretar o vestir conductas del presente. Tal es la pretensión de aplicar, en el tema de los derechos humanos y de los desaparecidos, el principio inmortal enunciado tras la Batalla de Las Piedras por José Artigas, «clemencia para los vencidos», con lo cual el prócer impidió se ultimara a los enemigos españoles.
Vale revalorar las auténticas banderas artiguistas y hasta allí estamos de acuerdo. Pero cuando leemos que alguien que se autodefine como un «viejo liberal» llevando agua para su molino, nos quiere hacer creer que su ortodoxia aperturista es la de Artigas, tal presunción nos rechina por disparatada.
Es más que sabido que las preocupaciones económicas del artiguismo estuvieron regidas por el objetivo de crear condiciones para el desarrollo productivo de las provincias.
Los instrumentos idóneos planteados por Artigas fueron las aduanas y una política fiscal adecuada. Los pueblos profundizaron los principios de las Instrucciones de 1813, al punto que la versión santafecina de las mismas, en lo relacionado con la industria y el comercio, es categórica: «Que todos dichos derechos, impuestos y sisas que se impongan a las introducciones extranjeras serán iguales en todas las Provincias Unidas, debiendo ser recargadas todas aquellas que perjudiquen nuestras artes o fábricas a fin de dar fomento a la industria de nuestro territorio».
Esta es la concepción opuesta a la que durante 40 años ha sostenido el «viejo liberal», él lo sabe bien; lo que sucede es que posarla de artiguista deja buenos réditos. El artiguismo –guste o no– fue proteccionista, usando la aduana como instrumento fiscal de amparo a las industrias del país frente a los efectos competitivos de la importación. Y esto no se contradice con la apertura de los puertos a las naves y mercancías inglesas. El Río de la Plata sólo podía acceder por el intermediario inglés al resto del mundo, lo cual no significa que el pensamiento de Artigas, a diferencia del patriciado mercantilista de su tiempo, planteara que debía abrirse el mercado interno a todo tipo de manufactura indiscriminadamente.
El Reglamento que unifica la tasa de derechos para los puertos de la Federación, del 10 de abril de 1815; el oficio de José Artigas al Cabildo Gobernador de Montevideo sobre las condiciones de la apertura del comercio con los ingleses, dado en Paysandú el 12 de agosto de 1815; así como el Reglamento Provisional para la recaudación de los derechos en los puertos de las Provincias Confederadas, del 9 de setiembre de 1815, fueron actos de gobierno que sitúan el pensamiento económico del artiguismo en oposición a las aperturas indiscriminadas, tan en boga en nuestros tiempos.
Ciento ochenta y cinco años más tarde, el «viejo liberal» y sus seguidores rezongan un poco a los países que subsidian para quedar bien con la tribuna y, como son más papistas que el Papa, luego se abrazan a las teorías de la Organización Mundial del Comercio a esperar que dentro de un lustro o un decenio, quizá se nos dé.
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