El resurgimiento del tema de las desapariciones, a raÃz del caso Gelman y de las expectativas generadas por la actitud del nuevo gobierno, ha puesto nuevamente sobre el tapete el problema de la memoria colectiva y el recuerdo de la historia reciente.
Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, casi ininterrumpidamente a través de diversos medios y fundamentalmente del cine, la humanidad entera ha recibido un bombardeo permanente tendiente a reconstruir –la mayorÃa de las veces por medio de la ficción– toda la epopeya bélica y las atrocidades cometidas por el nazifascismo.
Todo aquel que ande hoy por la cincuentena habrá asistido sin duda a las matinées de los cines de barrio donde se exhibÃan pelÃculas alusivas al reciente conflicto. Tanto Hollywood como las productoras europeas se ocuparon de mantener vivo el recuerdo de los horrores asà como de que los más jóvenes –que obviamente no habÃan vivido ni siquiera a distancia a través de las agencias noticiosas o de los informativos cinematográficos esa peripecia– tuvieran una idea clara de lo que habÃa sucedido.
Fue asà que tanto hechos bélicos relevantes como anécdotas menores ubicadas en el contexto de la guerra fueron recreados en numerosÃsimos filmes en los que se solÃa intercalar trozos de documentales de época.
A nadie se le ocurrió que la exhibición de esos filmes podÃa perjudicar el proceso de paz.
Antes bien, se pensó que lo mejor era no olvidar, que lo que correspondÃa era tener ojos en la nuca para mirar un pasado reciente, doloroso y terrible, como única forma de poder asumirlo.
De la misma manera que los seres humanos individualmente necesitan conocer su historia personal de manera de salvaguardar su salud mental (aun a riesgo de sufrir desilusiones impactantes), los pueblos deben estar al tanto de las peripecias vividas por sus ancestros lejanos y por la generación inmediatamente anterior.
Hasta no hace muchos años, la enseñanza de nuestra historia terminaba oficialmente a mediados del siglo pasado (en las primeras presidencias o en la Guerra Grande) de manera que las guerras civiles, el militarismo, el batllismo, el golpe de Terra, el neobatllismo, eran sistemáticamente soslayados, en razón de que se trataba de temas polémicos sobre los que no existÃa unanimidad de criterios y de opiniones; del pasado reciente (o relativamente reciente) mejor no se habla. Tal parece haber sido la consigna, retomada con entusiasmo por el oficialismo posdictadura.
El hecho es que los jóvenes uruguayos, las últimas generaciones que cursan Secundaria, han oÃdo hablar más de la Guerra de Secesión que de la Revolución de las Lanzas, más de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto que del golpe de Estado de Terra, y más de la Guerra de Vietnam que de la represión en el Uruguay de los sesenta y la dictadura.
Los adolescentes uruguayos se conmueven con los campos de exterminio montados por los nazis, ignorando la vesanÃa del terrorismo de Estado en Orletti o en Punta Gorda.
Sin que ello signifique promover un regodeo morboso con el sufrimiento de los militantes antidictatoriales, ni menos aun un interés por reavivar odios, entendemos que es preciso tomar conciencia colectivamente de la necesidad de no olvidar nuestro pasado cercano.
Creemos que el nuevo giro impreso por el gobierno actual al problema puede ser auspicioso en ese sentido.
Es tiempo de demostrarnos a nosotros mismos, como pueblo, que tenemos la madurez suficiente para enfrentar ese pasado, pues es el único camino que nos permitirá asumirlo, reconocerlo y sentar las bases para un nunca más sólido y auténtico.
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