En los últimos dÃas –y contrariamente a lo que podrÃa esperarse– han surgido algunas voces que, en lugar de sumarse a la esperanzada alegrÃa que todos sentimos por el rumbo que ha tomado el tratamiento del problema de los desaparecidos, parecen obstinadas en reafirmar las dificultades para llegar a una solución.
Aunque parezca inconcebible, desde las páginas de El Observador, uno de sus habituales columnistas hace un llamado a la prudencia preocupándose por recordarnos todos los problemas a los que habrá de enfrentarse quien se proponga resolver sensatamente el tema.
Llevando al extremo la premisa según la cual “la polÃtica es el arte de lo posible”, premisa harto vidriosa por cierto y a cuya sombra se han cometido las peores traiciones a las ideas y a los compromisos, el columnista se afilia decididamente a lo que ha sido el discurso oficial de los últimos 15 años.
Por desgracia, la prédica machacona de las tres administraciones anteriores a la actual (Sanguinetti, Lacalle, Sanguinetti) parece haber calado en algunas almas convertidas en adictas al no se puede, es inconveniente, es inoportuno.
Algo similar ocurre con la polÃtica económica impuesta, que se presenta siempre como la única alternativa posible en el mundo globalizado, y se tacha de iluso o de utópico a todo aquél que pretenda humanizarla.
Con semejante abono, es explicable que fructifiquen la cobardÃa y el inmovilismo, dos caracterÃsticas propias de los gobiernos conservadores que, por ahora, el del doctor Batlle parece ir desterrando. Ocurre que a veces la prudencia no es buena consejera, y la falta de audacia en polÃtica puede ser fatal y ocultar los verdaderos propósitos de quienes adhieren a ese credo.
Recordemos que desde que asumió su primer gobierno, el doctor Sanguinetti fundamentó toda su real politik en lo que presentó como un axioma ineluctable –y como tal pretendió hacer que la sociedad lo percibiera y asimilara–: que la paz sólo se logra si olvidamos el doloroso pasado reciente; que toda investigación es inconducente además de imposible; y finalmente, que se mantiene latente la amenaza de una insubordinación castrense.
AsÃ, generando sutilmente un temor soterrado y pretendiendo internalizar la idea errónea de que una sociedad puede convivir y reconciliarse sin que hayan cicatrizado las heridas provocadas por el terrorismo de Estado, el oficialismo creyó haber resuelto el problema.
No otro fue el tono de la campaña a favor de ratificar la Ley de Caducidad. Y luego de confirmada la Ley en el plebiscito de abril del 89, ella fue el escudo detrás del cual se parapetó el establishement para negarse sistemáticamente a dar trámite a las investigaciones reclamadas. Toda una sucia y triste historia de cobardÃa, complicidades y renunciamientos.
También se ha recurrido al infame expediente de vincular los más que legÃtimos reclamos de los familiares a espurios intereses que obedecerÃan a la conveniencia polÃtica de ciertos grupos.
El ex presidente Sanguinetti no dejó lugar a dudas en su mezquina misiva a Gelman, cuando le reprochó haber elegido el momento de campaña electoral para hacer pública su carta, lo que habrÃa sido motivado por el afán de perjudicar su imagen. Pues bien, el columnista de marras llega a sostener que: “Existen sectores polÃticos que han hecho de este tema su razón de ser y que el ‘punto final’ les resulta intolerable porque cuestionarÃa su propia existencia”.
Es una percepción frÃvola e interesada, que resulta insultante para cualquier grupo, sector u organización que haya asumido la defensa de los derechos humanos y la lucha por conocer la verdad.
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