La Paz será siempre La Paz
EDGARD BELLOMO
Fundada el 28 de febrero de 1872 por Ramón Alvarez, nuestra actual ciudad de La Paz está cumpliendo 130 años de vida.
Su nombre, sugestivo, emblemático y para nosotros muy querido, intentó ser una contribución más, sumada a muchos anhelos y clamores, a esa paz que sucedería a la «Revolución de las Lanzas» y que se alcanzaría poco más tarde, en abril de ese mismo año.
Era un enorme deseo y trasuntaba la voluntad firme y decidida de mucha gente que procuraba ese estado de normal y cordial convivencia entre los seres humanos. Un anticipo de lo que necesariamente sucedería.
Desde sus inicios, y tal cual ocurrió hasta el comienzo de la segunda mitad del siglo pasado, la entonces Villa La Paz, al igual que la mayoría de las poblaciones uruguayas, albergó a centenares de inmigrantes provenientes de los más diversos puntos del planeta, pero predominantemente europeos.
En el caso específico de nuestra ciudad, ella recibió un fuerte contingente de italianos que nos marcaron «a fuego» en cuanto a costumbres y sentimientos, cuyos nombres y apellidos parecen repetirse o perpetuarse en una especie de Macondo canario.
La actividad de las canteras de donde se extrajo buena parte del granito que se encuentra en la rambla montevideana, o de los mármoles que engalanan nuestro Palacio Legislativo– resultó tan preponderante como emblemática. Por eso es que no fue una mera casualidad el hecho de que el lema que resultara ganador en el concurso organizado con motivo del primer centenario pacense rezara: «La Paz centenaria, forjaste desde la roca camino hacia el futuro». Una de las más acertadas síntesis que pueda ahora recordar.
Sin embargo, este pueblo poseedor a través de los años de una identidad forjada a martillo y cincel, de bases tan sólidas como la piedra que en él subyace, y de cuya pertenencia me siento tan orgulloso como el que más, corrió el riesgo de perder su denominación.
Acude a mi memoria la campaña popular de resistencia al cambio de nombre que, a comienzos de la década de los 60, tuvo lugar. Recuerdo que se frustró la iniciativa de sustituir La Paz por el nombre de un prestigioso ciudadano, fallecido en el año 1959, abogado, líder de una importante colectividad política tradicional que en ese tiempo alcanzara el gobierno nacional y al que una calle pacense hoy evoca.
La consigna que presidió esta campaña, y cuyo cartel sostenía y lucía el flaco personaje de «Juan Canario» desde las páginas del ya legendario «Vanguardia», era que «La Paz será siempre La Paz».
Así ha sido y así esperamos que siga siendo…
Hoy, La Paz celebra sus jóvenes 130 años, procurando encontrar ese camino al futuro que se ha convertido en lema de este pueblo de características singulares, que difiere de las típicas localidades del Interior uruguayo, entre otras cosas por su cercanía con Montevideo, por integrar el Area Metropolitana, pero que tampoco es igual a un barrio montevideano.
Es como es, tan especial como la queramos ver y sentir. Tan parecida y tan común, humilde, sencilla y carenciada como cualquier otro rincón del Uruguay. Con sus luces y sus sombras; con algunos habitantes que disfrutan un buen pasar y con muchos más que viven angustias cotidianamente, porque somos parte de un departamento y un país que claman por trabajo y oportunidades que no encuentran y ni siquiera vislumbran. Porque el flagelo de la pobreza se ha instalado también en su geografía.
Vivir en La Paz me ha otorgado el privilegio de conocer a su gente. Conociéndola, uno aprende a quererla. Así, he tenido la fortuna de conocer y aprender a querer a muchos de sus hijos e hijas pródigas, que han trascendido la aldea y adquirieron relevancia, como también a otros, familiares y amigos, que me han transmitido enseñanzas tanto por sus ponderadas opiniones como a través de sus conductas ejemplares.
Sé que he recibido parte de un valioso legado que deberé traspasar sin menoscabo (y si fuera posible acrecentado) a mis hijos y a las generaciones que vienen pidiendo paso y que, más pronto que tarde, deberán asumir el liderazgo de ese tiempo nuevo que signifique cambios positivos sin perder la identidad.
Es mi propósito no hacer menciones en esta oportunidad, porque seguramente incurriría en omisiones tan involuntarias como injustas. Pero además, porque hoy es tiempo de La Paz, no de sus habitantes.
En este momento de recuerdos y celebraciones, la ciudad pasa a ser una especie de Fuenteovejuna…
Es nuestro lugar en el mundo.
Celebraremos, como corresponde, brindando por otros 130 años más, como mínimo, sin dejar por ello de hacer oír nuestra voz en defensa de los derechos y contra cualquier forma de injusticia cada vez que ella se presente.
Bajo ninguna circunstancia dejaremos de pertenecer a La Paz, de sentirnos pacenses.
Y La Paz, a no dudarlo, será siempre La Paz… *
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