A 16 años de la muerte de Olof Palme, un hombre inolvidable

HECTOR R. VERNENGO

 

Hoy se cumplen l6 años del asesinato de Olof Palme, aquel sueco inolvidable, uno de los grandes estadistas del siglo XX, cuando apenas rondaba los 60 años. Nunca se supo de sus asesinos, pero no es difícil detectar su origen.

Palme había nacido en Estocolmo, en un ambiente de clase alta. Se graduó como bachiller a los l7 años. Luego cursó estudios en Estados Unidos y posteriormente obtuvo la Licenciatura en Derecho de la Universidad de Estocolmo. Estuvo casado con una gran mujer, Lisbeth, con quien tuvo tres hijos.

Palme dijo con propiedad: «Yo no crecí dentro de la clase trabajadora, pero pertenezco a la misma». Las razones que impulsaron al joven de familia acaudalada a actuar en política y elegir la socialdemocracia fueron varias, según él mismo reconoció. Entre ellas, los debates sobre impuestos entre los partidos de derecha y la socialdemocracia en 1947, y las experiencias vividas durante sus viajes, primero a Estados Unidos, donde pudo observar las injusticias y las diferencias sociales allí existentes, y luego en Asia, donde pudo ver personalmente las peores secuelas del colonialismo, como la opresión y la falta de libertad. Comenzó a militar como estudiante y fue electo como presidente del gremio de universitarios. En 1953 empezó su andar político en serio, cuando Tage Erlander, aquella figura señera e histórica de la socialdemocracia sueca, lo llamara a actuar como su secretario político, cuando sólo tenía 26 años, puesto que ocupó durante 12 años. Fue sucesivamente legislador, miembro consultivo del gabinete, ministro de Comunicaciones y de Cultura y primer ministro, entre el 1969 y 1976, y desde 1982 hasta que fue asesinado. Lo mataron cuando salía con su esposa de una función de cine, caminando enamorado hacia el tren que lo llevaría a su casa.

Hasta ahora no ha habido forma de ubicar a su asesino. Quizás un sicario profesional, enviado y pagado por los criminales de siempre, esos de quienes se sabe años después, cuando desclasifican, sin pudor y sin vergüenza, documentos.

No es difícil detectarlos. Palme tuvo una gran actividad internacional, basándose en la tradicional «neutralidad activa» sueca, y dando apoyo, siempre, a los movimientos de liberación del Tercer Mundo y la lucha por la paz.

En ese sentido condenó siempre la intervención de las superpotencias, fue un combatiente contra las dictaduras de América Latina, como condenó también la invasión de Checoslovaquia y Afganistán, por los soviéticos de entonces. Su apoyo al pueblo de Vietnam y su condena a los bombardeos de Hanoi causó la ira del gobierno de Estados Unidos.

En la década del 80, Palme se había convertido en un verdadero símbolo en la lucha contra el apartheid. Su último discurso, 7 días antes de su muerte, fue una manifestación en apoyo al Congreso Nacional Africano, ANC en Sudáfrica.

Cuando en su país estuvo en la oposición, tuvo importantes actividades en el ámbito internacional, como representante personal del secretario general de las Naciones Unidas (ONU) en el Golfo Pérsico. Además participó en la Comisión Brandt para las relaciones norte-sur, y presidió la Comisión Palme sobre asuntos de Desarme y Seguridad en 1982.

Esto son, en breve síntesis, los datos que brinda generosamente el Instituto Cultural Suecia-Uruguay.

Pero hay algo –y mucho– que muchos de quienes vivimos en Suecia nuestro exilio llevamos grabado en nuestro recuerdo.

Haberlo visto actuar en la oposición o como gobierno, nos dio siempre esperanzas en el hombre y su futuro. Regalaba confianza, madurez y sapiencia, ofrecía calor y seguridad, miraba el futuro disipando los nubarrones de un porvenir incierto.

Era un sueco fenomenal, brillante polemista y una de las bases del trípode que en mi opinión formó con Willy Brandt y Bruno Kreisky, de una socialdemocracia de la que hoy algunos se avergonzarían. Nunca fueron mandaderos del imperialismo. Por autorrespeto intelectual y moral, jamás habrían sido laderos de un Reagan o un Bush.

Uno siente, hablando o escribiendo sobre Palme, una sensación de violar una democrática sacralidad.

Quiso mucho a las mujeres y hombres sufrientes de ese mundo injusto, del que era testigo lúcido, pero inspiraba esperanzas. Sembraba optimismo. Es de los hombres que hoy, en este mundo desorientado y suicidadamente globalizado, podría ayudarnos a encontrar un rumbo y una salida. Era, de veras, un estadista. Un estadista con mayúscula, que se acercaba fraternalmente al más humilde de los hombres.

Por eso hoy, quien esto escribe, se lamenta con dolor no poder estar presente, en el «Espacio Libre Olof Palme», en Batlle y Ordóñez, entre Solferino y Magenta, a las 20 horas, cuando hable Arana y depositemos una flor a la que indefectiblemente le agregaría una lágrima, guardada del llanto que me produjo su muerte. *

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