De cannabis y liberales

Si las puertas

de la percepción se depurasen,

todo aparecería a los hombres como

realmente es:

infinito. Pues el hombre se

ha encerrado en sí mismo hasta ver todas las cosas

a través de las estrechas rendijas de su caverna.

William Blake (1757-1827) (Fragmento de The Mariage or Heaven and Hell, 1793)

 

La utilización del cannabis, popularmente conocido como marihuana, con fines terapéuticos en medio centenar de pacientes uruguayos reavivó una vieja polémica en torno a su legalización.

El tema vuelve a poner en el tapete una discusión tan antigua como su consumo. En realidad, más allá de pacatas posturas sobre si es «políticamente correcto» su consumo (el tabaco y el alcohol pertenecen a la confusa categoría de «drogas legales» y son aceptados socialmente), una segunda lectura se relaciona directamente con las potestades del Estado y su derecho a coartar las libertades individuales.

A la probada ineficacia de las políticas de represión implementadas por la mayoría de los Estados que, como un efecto bumerán, ha generado más consumo –de hecho países como España, Dinamarca, Francia o Alemania han puesto en práctica programas de reducción de daños por el consumo, algo que aquí tibiamente comienza a esbozarse–, se le suma el imperio económico montado alrededor del tráfico y de la producción de sustancias, especialmente sintéticas, que mueve miles de millones de dólares al año.

La prohibición del aborto es otro ejemplo de esta irracionalidad: su prohibición no garantiza que no suceda. Por el contrario, garantiza que quienes tienen mayor poder adquisitivo puedan acceder a clínicas privadas en condiciones idóneas de asepsia. Los pobres, que en muchos casos deben decidir entre traer otro crío al mundo o alimentar a los que ya tienen, que se embromen. El número de mujeres de condición humilde que mueren por esta causa es un claro ejemplo.

Según estudios médicos, de cada cien muertes ocasionadas por la ingesta de sustancias tóxicas, el 85% corresponde al tabaco, el 10% al alcohol y sólo un 5% a las denominadas drogas ilegales. En el caso de la marihuana, no existen en el mundo científico estudios que avalen que su consumo sea más perjudicial que el del tabaco. En todo caso, un fumador de tabaco consume 20 o 30 cigarrillos por día lo que, proporcionalmente, hace del tabaco una droga más letal.

A quienes les rechina la legalización de la marihuana esgrimen como razón que el Estado debe garantizar y velar por la salud y calidad de vida de sus habitantes.

Personalmente, la preocupación del Estado me parece bien, siempre y cuando tanto gesto paternalista se canalice a través de la creación de fuentes de trabajo, acceso a viviendas dignas y a un sistema de salud acorde a la condición humana. Algo que, en teoría, sí esta garantizado por la Constitución de la República.

Prohibir por el simple hecho de prohibir suena, si se quiere, hasta naif. Es como barrer debajo de la alfombra. El polvo no se ve, pero eso no garantiza que, mágicamente, desaparezca. Uruguay, siempre tan proclive a mirar hacia la madre patria, tiene en Estados Unidos un buen ejemplo de esto.

En 1923, a través de la Ley Seca, se prohibió la producción de alcohol en todo el territorio norteamericano con el objetivo de disminuir su consumo. Lejos de ello, la prohibición trajo aparejado un sustancial aumento de la ingesta y, paradójicamente, la aparición de los gámsters. Si no, pregúntenle al FBI y a Al Capone. *

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