Los derechos del pueblo palestino
LEOPOLDO AMONDARAIN
La civilización con su avance cultural y humanístico no ha podido superar el flagelo del terrorismo. Las ambiciones de poder y las riquezas que habilitan el acceso al mismo hacen que se silencien los excesos cuando provienen de las potencias imperiales. Nadie, incluyendo nuestro Parlamento o prensa grande, se expresa condenando los genocidios cometidos por los imperios o sus sucursales o secuaces. Casos recientes: los Balcanes, Irak, Afganistán; y ahora, contra el pueblo palestino por la máquina de guerra yanqui en manos del halcón Sharon. Pueblo palestino con su emblemático líder Arafat, cuyos orígenes se remontan en la zona a los primeros asentamientos en la región y que luchan como los irlandeses, vascos o chechenos por su derecho a su territorio y patria tradicional avalada por los milenios. Refresquemos la historia. A poco de leer un poco, fácil es darse cuenta que lo que guía al pueblo palestino es una profunda convicción de libertad, sacrificio y confianza en defensa de su identidad y genealogía en pro del derecho a su territorio legítimo. Su patrimonio arranca desde el fondo de la historia. Ya estaban en Samaria cuando David el primer Rey Sacerdote judío vence a Goliat y acuerda la unidad con los filisteos o palestinos. Pactan con Salomón a la muerte de David. Se quedan en la zona cuando el reino de Israel se divide en Israel y Judá. Se mantienen en esas tierras en que Nabucodonosor destroza Jerusalén. Siguen con tenacidad en la posterior conquista de Alejandro de Macedonia y en las mismas sufren las conquistas romanas, integrándose muchos a las columnas de Jesús. El emperador Tito posteriormente, año 70, destruye Jerusalén, y los palestinos no obstante se mantienen en la zona. Sobreviene Adriano que construye una ciudad pagana en Jerusalén y los palestinos se quedan pagando el derecho de piso. Más tarde, se encuentran en distintas administraciones árabes, de las cruzadas, mamelucos y turcos. Por supuesto que había una importante proporción palestina musulmana y hasta cristiana y hay quien sostiene que quedaba una pequeña minoría judía de no más de un 5% en la zona.
Y acá bueno es señalar un ítem histórico crucial. En 1905 se abre el primer pozo de petróleo y comienza el meollo de los conflictos. El futuro hogar judío se debate instalarlo en diferentes lugares. Uganda, Argentina, y hasta se dijo de Brasil entre otros muchos. Recordemos que una vez impuesto el motor a energía de subderivados del petróleo, los imperios y aliados se dirigen donde abunda el oro negro. Surge entonces la declaración de Balfour de 1917. Se le ofrece al sionista Rothschild cabeza del poder de la banca mundial de la hora, construir el hogar nacional judío. Muy legítimo por cierto. Había caído el imperio turco otomano (1917) y Palestina pasó al dominio inglés. Mandato que también cesa en las postrimerías de la Sociedad de Las Naciones (1947). Un año después, en la resolución Nº 181 de las Naciones Unidas con el voto fundamental del Uruguay, se aplicó un plan de partición de Palestina en dos futuros Estados. El 55% para Israel y el 45% a un Estado Palestino. Se declaraba además, a su capital Jerusalén como un Corpus Separatum dentro del Estado árabe palestino abierto a los sectores judíos y árabes como correspondía. Bueno es recordar que los palestinos habían sido aliados de las potencias occidentales en la guerra y se les había prometido, luego de la conflagración, lograr su independencia. Claro, los intereses económicos priman sobre las promesas previas. Señalemos que no obstante ser Uruguay con su voto fundamental para la creación de los dos estados, judío y palestino, es el único país en América que no ha reconocido a los palestinos. Quizá la compra de 50 millones de dólares de carne de segunda que Israel nos adquiere anualmente influya en los «principios». De ser así, lamentable y denigrante. De lo expuesto surgen claramente las razones de la milenaria Palestina y Arafat. Se lo condena y estigmatiza por un cargamento de armas presumiblemente para ellos y que fue requisado.
Y se oculta torpemente la sofisticación de un profuso armamento que los yanquis han proveído a los israelitas formando un ejército proporcionalmente tanto o más eficaz que el propio. Mientras, como en la época del Rey David, los palestinos luchan con piedras y hondas, Israel responde con helicópteros artillados, aviones a propulsión y cohetería de largo alcance entre otras menudencias. Baste contabilizar las víctimas de ambos lados para percatarse del genocidio yanqui-israelita. Ante la exultante figura del halcón Sharon, responsable de la invasión al Líbano y de las masacres de los campamentos de Sabra y Chatilla, juzgado por los tribunales internacionales en Bélgica, se levanta la solitaria pero romántica, justa corajuda imagen de Arafat, único caudillo vivo, héroe nacional de la resistencia, junto a su heroico pueblo palestino desde hace más de 50 años. Con el agravante de ser el único caudillo revolucionario de la zona que reconoció el derecho del Estado de Israel a su constitución, no obstante estar hoy acorralado en su propia tierra por la tecnología yanqui operada por Sharon, ese mismo Sharon cuyo primario interés en esta guerra es apoderarse del centro de poder estratégico que tiene Palestina definitivamente. Decía Menahem Begin el 27 de julio de 1967: «Los judíos pudimos estar en Uganda, Madagascar u otros lugares, para una patria judía, pero no queremos nada más que Palestina. No porque el Mar Muerto evaporado produzca por valor de 5 trillones de dólares en metales y metaloides, ni por la razón bíblica o religiosa, ni porque su subsuelo tenga veinte veces más petróleo que las dos Américas juntas, sino porque Palestina por todo, representa un centro de poder mundial». Para su logro hay que eliminar al pueblo palestino con su peligro de explosión demográfica que inevitablemente se produce.
Obsérvese que en los primeros nueve meses de la primera Intifada, a pesar de la destrucción de los yanquis, operada por Israel, murieron 97 palestinos y nacieron 4.178. Si bien las masacres a nivel de genocidio hoy siguen, los nacimientos también. Ese es el «alma» del problema de los halcones de Sharon. O exterminan a los palestinos o éstos, incluso pacíficamente dado el caso, acaban absorbiendo masivamente en poco tiempo, veinte o treinta años, a Israel. Todo un plan criminal en definitiva por el petróleo, pergeñado por el «eje» yanqui-israelita. ¡Viva Arafat, un nacionalista integral! *
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