La falsa neutralidad de la ciencia económica

ALBERTO DI CANDIA

 

En un reportaje publicado por la revista «Caras y Caretas» (18-I-02) y a la que alude el semanario «Brecha» (1-II-02), el presidente de la Federación Rural del Uruguay Gonzalo Gaggero se refirió a opiniones del ministro Bensión como propias de quienes sólo «poseen formación financiera o de intermediación financiera» y están «alejados de la realidad o (son) malintencionados». El ministro entendió haber sido ofendido públicamente por Gaggero y prohibió su asistencia a una reunión programada entre el propio contador Bensión y gremiales del sector productivo privado, a realizarse en el Ministerio. En otros términos pero sustentando conceptos similares a Gaggero, el senador Mujica expresó en el programa televisivo conducido por Sonia Breccia que Bensión no era un ministro de Economía y Finanzas, sino sólo de Finanzas (1-II-02).

En una apresurada y confusa cadena de prensa del 7-II-02, el presidente Batlle expuso a los fines de la presunta política económica futura que proyecta el gobierno sobre la base de tres pilares: mantener baja la inflación, alcanzar el equilibrio fiscal y mantener el grado inversor para los títulos de deuda emitidos por el Estado. Para ello anunció numerosos recortes del gasto, creación y aumento de una importante cantidad de impuestos, etc. Incluso desde un punto de vista estrechamente fiscalista o hacendístico, no hay duda de que estas medidas no lograrán las finalidades que –según se dice– busca el gobierno, sino los efectos contrarios (ver Daniel Olesker, «un ajuste fiscal que afecta a la población», en LA REPUBLICA del 9-II- 02).

Los llamados ajustes fiscales no constituyen, ni mucho menos, una política económica, sino sólo medios financieros y precarios que en nuestro país han sido profundamente inadecuados desde mucho tiempo atrás. Además, como tales medidas anunciadas por Batlle son regresivas y antipopulares, no pueden ser más que meros instrumentos de una política económica merecedora de los mismos adjetivos, según lo prueba la experiencia uruguaya que ya tiene demasiados años.

Ante todo esto, la tecnocracia sostiene que la economía es una ciencia que nos aporta el conocimiento de vallas infranqueables, opinión que sustenta la política según la cual «no se puede hacer otra cosa». Es cierto que la economía es una ciencia, más dentro de ella se albergan las más variadas y contradictorias formulaciones, doctrinas, escuelas, etc., algunas enfermas de un fundamentalismo ortodoxo y otras que –quizás a falta de mejores calificativos– cabría llamar abiertas y/o flexibles, sin perjuicio de los múltiples grados intermedios que existen o pueden existir entre todas ellas.

Pero si bien la economía es una ciencia –lo cual parece indiscutible– no puede desvinculársele de una ética social. La economía es una ciencia eminentemente social, por lo que no puede ser aplicada a la sociedad considerando a ésta como una simple agrupación gregaria. Quienes integramos la sociedad debemos ser profundamente solidarios, es decir, estamos obligados a cumplir el más noble de los deberes sociales. El Estado, por su parte, no es sólo «un poder que manda» ni «un poder que administra», sino la representación institucional pública por excelencia de la sociedad, como corolario de lo cual debe promover la solidaridad y ser él mismo solidario –y en el máximo grado–.

Quienes ven la economía como una ciencia neutral, lo hacen a sabiendas de que no lo es, y las políticas económicas que preconizan o aplican, con sus resultados discriminatorios, antipopulares e injustos, no hacen sino desmentir la pregonada neutralidad. Ninguna ciencia es neutral: no lo son la física, la biología, la química, la medicina, la agronomía, etc. Los que pretenden presentarlas como neutrales no sólo se equivocan groseramente, sino además a sabiendas. No hay ciencia que pueda considerarse liberada de tener un fundamento ético, y a quienes se nieguen a admitirlo, les recomendamos lo siguiente:

Primero. – Asistir al teatro «La Gaviota» para presenciar la obra del inglés Michael Frayn «Copenhague» («Florencio» al mejor espectáculo, director y actor de 2001, aún está en cartel), donde se cuestiona la pretendida neutralidad del científico frente a la política y la sociedad, a través de un encuentro ocurrido en 1941 entre los sabios Niels Bohr (danés, 1885-1962) y Werner Heisenberg (alemán, 1901-76) en la capital de Dinamarca bajo la ocupación nazi.

Segundo. – Leer la novela del gran escritor brasileño Joaquín María Machado de Assis (1839-1908) «El alienista» (1882), la cual posee una modernidad que sorprende. En ella un presunto eminente psiquiatra del Brasil del siglo XIX, el doctor Simón Bacamarte, cree tan ciegamente en la omnipotencia de la ciencia y sólo en ella, que entre otras muchas locuras contrae matrimonio con una viuda sin atractivo de especie alguna, doña Evarista de Costa, por quien no siente el más mínimo amor ni nada que tenga la más lejana relación con él, únicamente subyugado por sus «condiciones fisiológicas y anatómicas de primer orden», porque «digería con facilidad, dormía regularmente, tenía buen pulso y excelente vista» y era «apta por lo tanto para darle hijos robustos, sanos e inteligentes» (aunque en definitiva «no le dio hijos, ni robustos ni enclenques»).

Tercero. – Leer un pasaje de la primera Epístola de San Pablo a los Corintios (Nuevo Testamento, 13.2), que dice: «Y si teniendo el don de profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia, y tanta fe… si no tengo caridad, no soy nada». Los intérpretes modernos señalan que la palabra traducida por «caridad» deriva del latín «caro», vale decir «querido», «amado», y corresponde al vocablo griego «ágape», que generalmente alude a las reuniones fraternales que realizaban los primeros cristianos. O sea que para San Pablo ni siquiera la ciencia y el Dios que tanto venera son suficientes si no existe la caridad, que no es la limosna humillante ni la beneficiencia burguesa paternalista que empequeñece a quien la recibe, sino el amor verdadero al prójimo. ¿Y qué es esto en el fondo sino la esencia de la solidaridad social? Tengan todo ello en cuenta, señores economistas tecnocráticos, renuncien a pretender inculcarnos que su ciencia es aséptica y neutral, y que todo el que piense lo contrario es un moralista demagógico y sensiblero, ignorante de las sofisticadas técnicas de los «especialistas». *

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